Primera de dos partes

Hace mucho tiempo probamos las delicias literarias de un enorme poeta hindú: Rabindranath Tagore. Chitra y Pájaros Perdi¬dos fueron libros que consumimos con avidez, gusto y satisfacción. Recordamos la eterna lucha del invierno por alcan¬zar la primavera y, con nostalgia, saboreamos todos los intentos de ese viejo descarnado por lograr tan bello y elevado ideal. Nunca pudo hacerlo, pero las figuras retóricas de Tagore nos alimentaron esa esperanza.

A Tagore se le reconoce universalmente como genio, su obra va más allá de la poesía, pues igualmente cultivó el cuento, la novela, el drama, la música y en sus últimos años también se dis¬tinguió como pintor. Fue un hombre que buscó la perfección y la unidad de la existencia, por eso se preocupó siempre de los problemas políticos, sociales y económicos de su época. Su inquietud intelectual no conoció límites.

Es admirable, para nosotros, escuchar al poeta hablar¬ sobre educación. ÉI deseaba que los niños se emocionaran al contemplar el ocaso, profundizaran en esa gama de colores que los creativos del idioma bautizaron con el nombre de sílfide; asimismo, quería que los niños disfrutaran del esplendente sol, jugaran con las agua cristalinas, conocieran y amaran la naturaleza: soñó y luchó por una educación ideal, pero la primavera de sus creencias jamás llegó a tocar el invierno del vetusto sistema educativo.

Veamos qué mensaje nos dejó este maestro de la humani¬dad sobre algunos aspectos educacionales: «Lo que hoy en día llama¬mos aquí una escuela en realidad es una factoría, y los profesores forman parte de ella. A las diez, y media de la mañana la fábrica abre sus puertas al toque de campana; después, y a medida que los profesores comienzan a hablar la máquina empieza a funcionar. Los profesores dejan de hablar a las cuatro de la tarde, hora en que la factoría se cierra y los alumnos vuelven a sus casas llevándose algunas dosis de un saber manufacturado. Más tarde, este saber es probado mediante un examen y seguidamente etiquetado”.

En nuestra sociedad, los niños llegan a la escuela a las ocho de la mañana y se retiran a sus hogares a las 13 horas, cuando muy tarde. Los docentes hacen lo mismo. Colegios hay donde controlan la asistencia con un reloj checador, tanto para entrar como para salir.

Esto ya significa un progreso en el mundo tecnificado en que vivimos. Pero para algunos, y respetamos su postura, todo es perfecto y nada se debe cambiar. Que sigan así hasta que se jubilen.
Para el educador hindú la escuela debe desempeñar un papel secundario, porque lo principal se encuentra en la vida misma. La educa¬ción, decía, no debe estar divorciada de la vida, porque es parte de ella.

Tagore conoció la historia de su pueblo, estudió sus costumbres y tradiciones y siempre se resistió a aceptar en la India la imitación extra lógica y mal aplicada de las instituciones europeas, fundamentalmente de Inglaterra. Él pensaba que la imitación no es el camino para ser auténtico y que ese acto (el de imitar) coloca al hombre en una posición servil; en las nuestras, afirmaba, las materias que se enseñan son áridas, aburridas y pesadas, difíciles de aprender y completamente inútiles; nada hay de común entre las lecciones que engullen los alumnos desde las diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde y la vida del país en que habitan; ninguna concordancia, y sí en cambio constantes contradicciones entre lo que en la escuela se les enseña y lo que en casa oyen hablar a sus padres y familiares. Tales escuelas no son más que fábricas de robots.

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