La calidad de vida en un país puede verse a través del espejo de las instituciones con las que cuenta, ya que al ser entidades que representan los pilares fundamentales que sostienen el correcto funcionamiento de una sociedad determinada, son un reflejo de la esencia misma del país.
En esta ocasión, la institución que nos revelará dicha esencia será el Instituto Mexicano del Seguro Social o mejor conocido simplemente como IMSS, que es la fuente de inspiración del siguiente relato:
Mi travesía por este singular organismo comienza de manera virtual, al ser empresario tomé la determinación de afiliarme como patrón ante el IMSS para poder ofrecerles a mis colaboradores las prestaciones de ley y contribuir como empresa al desarrollo de la sociedad, pero me encontré con la ineptitud y la burocracia como obstáculos, ya que a pesar de que en su portal se anuncia como un trámite 100% en línea, desperdicié tres valiosas horas laborales intentando por todos los medios concluir mi trámite para evitar realizarlo de manera presencial, sin embargo, dificultades técnicas, información confusa y la simple ineficiencia del sitio web hicieron de una tarea sencilla, una empresa imposible.
Por lo que después de batallar tres horas, finalmente pude realizar el pre-registro que amablemente me exhortaba a concluir el trámite en la subdelegación administrativa más cercana, y además brindándome la maravillosa opción de agendar una cita para ser atendido y hacer más eficientes los trámites, al estilo del SAT.
Después de arribar a mi destino cinco minutos antes de la cita, pregunté por orientación al policía de la entrada y al no recibir absolutamente ninguna instrucción útil, deambulé por los distintos pisos del desvencijado edificio para eventualmente dar con el sitio correcto diez minutos tarde, pero el paisaje es desolador; más módulos cerrados que abiertos, tecnología obsoleta, no más de treinta asientos en malas condiciones para las más de ciento cincuenta personas repartidas en un espacio reducido y con mala ventilación. Entre todos estos elementos, un caos reinante entre personas de todos los estratos sociales desorientados, en intentos de filas sin orden aparente y un cierto aire de descontento.
Nuevamente pregunto a cuál módulo debo acudir para mi cita de las once de la mañana, para lo cual me indican que tome turno, que aquí no hay citas. Que falta más grande de respeto al tiempo de los demás personas y de mentirle al mismo tiempo ofreciendo un servicio que no cumple.
Son las doce con treinta minutos, han transcurrido dos horas y media desde que tomé mi turno y me encuentro resignado a sacrificar un día laboral en un trámite que debería ser ágil y sencillo por todos los beneficios que brinda como empresa. Me dispongo a pasar finalmente a mi “cita”.
Pero el IMSS me tenía preparada una sorpresa más, me faltaba uno de sus más de diez requisitos que no venía especificado en su portal, traté de conseguir el documento faltante por todos los medios posibles, pero debido a tecnicismos baratos y una clara falta de interés por parte del funcionario público por solucionarlo, no pude concluir mi trámite y perdí cuatro horas laborales que desgraciadamente no podré recuperar.
Mi molestia y más que molestia, tristeza, no es por mi caso particular, sino por el de todas aquellos mexicanos humildes, por nuestros ancianos, por aquellos con poca educación o entendimiento del México actual y sus instituciones, por todos ellos y muchos más ciudadanos que no tienen voz ni defensa alguna ante la burocracia, la corrupción, los atropellos y la tortura que en la regla y no en la excepción, representa enfrentarse a la pesadilla de las instituciones en México.
Si las instituciones son el reflejo de una nación, ¿En qué estado se encuentra nuestra sociedad?
Algo tiene que cambiar.
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