¿Vería bien que le dieran el Premio Nobel de Literatura a alguien como Bob Dylan, que ha hecho más por la lectura que muchos de los escritores a los que se lo han dado?
Fernando Savater, siempre de respuestas inteligentes y rápidas, aunque no carentes de mordacidad, contestó: “No me parecería nada mal, como reconocimiento de esa otra literatura que se encuentra en canciones y poemas melódicos populares, que tanto ha significado en la vida de cualquiera de nosotros. Aunque debo confesar que prefiero las letras de José Alfredo Jiménez a las de Bob Dylan”. Hoy, Bob Dylan es Premio Nobel de Literatura y para Barack Obama, el presidente de la nación más poderosa del mundo, es un héroe. Y así lo reconoció hace cinco años al entregarle la Medalla de la Libertad, el máximo honor civil en Estados Unidos que la Casa Blanca otorga cada año a personalidades que se han destacado a lo largo de sus vidas por defender los derechos civiles y las libertades públicas en la sociedad. Entre los 13 galardonados (“Es justo reconocerles cómo cambiaron mi vida”, dixit Obama) estuvo también la Nobel de Literatura Toni Morrison, de quien recordó la lectura de su novela Songs of Solomon, “no sólo para tratar de aprender a escribir, sino para saber cómo ser y cómo pensar”. De Dylan dijo que lo escuchaba en la universidad y elogió sus letras: “Mi mundo creció –dijo– porque él capturó algo sumamente vital de este país”. Pero los halagos de Obama al legendario rockero son bien correspondidos: Bob Dylan declaró por aquella época al diario londinense Times que el primer presidente negro de Estados Unidos estaba redefiniendo la política de su país y trajo cambios a una nación conmocionada por la pobreza: “La pobreza es desmoralizadora. Usted no puede esperar que la gente tenga la virtud de la pureza cuando es pobre. Pero ahora tenemos a este tipo allí, que está redefiniendo la naturaleza de la política desde la raíz… Él está redefiniendo lo que es un político, por lo que tendremos que ver cómo salen las cosas. Tengo la esperanza de que puedan cambiar las cosas”. Barack Obama, de 55 años, también le llamó “mi ídolo” al músico de 75 años, cumplidos en mayo pasado, quien durante el reconocimiento siempre mantuvo incólume su rostro adusto, escondido tras una gafas oscuras y enfundado en un traje negro de chamarra con hebillas. Y es que Dylan tuvo que soportar la carga de ser dios en la época en la que Estados Unidos estaba muy necesitado de dioses, como fueron los sesenta, cuando nació la leyenda, el incombustible, el inconforme y rebelde, autor de más de 800 canciones escritas como poemas, que niega conocer a alguien que haya hecho un disco que suene decente en las últimas dos décadas, porque los escuchas y son atroces, llenos de sonido y nada está definido, ni siquiera la parte vocal, que es como si fueran ruidos parásitos: “Música y canciones que no valen nada”, le decía el cantante de voz nasal al narrador estadounidense Jonathan Lethem en una entrevista para Rolling Stone en ocasión de la salida de su disco Modern Times, y del que expresó: “He escrito estas canciones en un estado de trance, casi hipnótico. Están en mis genes y no podía impedir que salieran. No tengo un montón de astrólogos diciéndome que va a suceder. Sólo hago un movimiento tras otro. Es lo que me lleva, ahora que he estado estudiando el arte del amor”. Modern Times está producido por el propio Bob Dylan bajo el seudónimo de Jack Frost y contiene abundantes referencias a acontecimientos como el 11-S y el huracán Katrina: “Hubiera hecho este disco pasara lo que pasara en el mundo”, dice, y como canta en Thunder on the mountain, la canción que abre el álbum: Siento que mi alma está empezando a expandirse. Si miras en mi corazón, puedes llegar a comprenderlo. Pero él mismo es cuidadoso de las reflexiones dylanianas, porque como opina sobre el destino: “Es la sensación de que sabes algo sobre ti mismo que el resto del mundo ignora. La imagen de ti mismo que tienes en la mente acaba por hacerse realidad. En cierto modo es algo que debes mantener en secreto, porque es un sentimiento frágil, y si lo sacas a la luz, alguien lo destrozará. Más vale guardar todo eso dentro”. Pero el mundo no es tan cerrado como cree el compositor y cantante que retomó el nombre del poeta galés Dylan Thomas (“Si yo hubiera sido un fan de Dylan Thomas –suele decir cuando se lo refieren– me habría llamado Bob Thomas y cantaría sus poemas”) para herrar la memoria con el sello de Bob Dylan. Hace casi una década, el jurado que decidió otorgarle el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de las Artes, falló en su favor con el veredicto de que “es un mito viviente” y “faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo”, que ha conjugado “la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas” y ha sido “un reflejo del espíritu de una época que busca las respuestas en el viento”, aunque Bob Dylan piense que entonces “el mundo era absurdo, tenía muy poco en común y apenas sabía nada acerca de la generación a la que se suponía que mi voz representaba”. Y replicaba a quienes le querían ubicar en un ismo: “Estar junto a la gente que lucha por algo no significa ser político. Yo no era comunista: no sabía lo que significaban esos términos, ni veía a la gente en esos términos”, ha dicho quien se define a sí mismo como un “expedicionario musical” que aspira a escribir canciones que “inspiren”. Pero en el imaginario de sus seguidores es El Maestro, un mito, el profeta, y nadie ha contribuido más a la leyenda que el propio Bob Dylan: a pesar de ser un insoportable, de tener tres discos de contenido evangélico (“Les tengo noticias: están hasta las narices de mierda y ni siquiera lo saben. Cuidado, Dios volverá y todos sus mezquinos intereses serán cenizas en el viento”), de haber cantado para Juan Pablo II (“La respuesta no está en el viento. Está en la voz de Cristo”, dijo entonces el Papa ante 300 mil personas reunidas en Bolonia), su voz se sigue escuchando envuelta en la verdad de los poetas que no se resignan, como la de su maestro, el poeta galés Dylan Thomas: No vayas suave a la noche caliente / Rabia, rabia contra la muerte de la luz. Quizá eso es lo que valida las opiniones de otros sobre él: “Si Elvis liberó mi cuerpo, Dylan liberó mi mente”, ha dicho Bruce Springsteen. “Es un pozo sin fondo. Aun tiene mucho que decir”: Lou Reed. “Me impresiona su tono de voz, es como un cello”: Frank Sinatra. “Al oírle pensé que un alma cogía la antorcha de America”: Allen Ginsberg. “Nada de folkie o poeta, es la gran bestia del rocanrol”: Chuck Berry. “Es como Enstein, como un disparo divino”: Kris Kristofferson. “Su conciencia siempre le hace huir de lo comercial”: Eric Clapton. “Dylan tiene mucho mas que tres acordes y la verdad”: Bono. Aunque también están sus detractores, como Truman Capote, quien siempre lo consideró un farsante: “Es un oportunista que quiere hacer carrera y sabe muy bien donde va. Además, es un hipócrita. Nunca he comprendido por que le gusta a la gente. No sabe cantar”. Pero nadie ha contribuido más a la desmitificación de Bob Dylan que él mismo. A lo largo de toda su carrera ha vivido oculto bajo un halo de misterio y provocación que él mismo ha ido tejiendo con arrogancia, surrealismo y contestaciones impertinentes, con pensamientos y frases irreverentes y provocadoras como “Yo no tengo esperanzas de futuro y sólo espero tener suficientes botas para cambiarme”, “Los grandes cuadros no deberían estar en los museos, sino en los muros de los restaurantes, en las grandes superficies, en los espacios públicos… La música es la única cosa que esta en consonancia con lo que pasa. No es la bomba lo que debe desaparecer, sino los museos”, “He tenido que luchar con el pasado y cuando lo conjuro es algo casi masoquista”, “La política es una mierda, todo es irreal. Lo único real está en tu interior, en tus sentimientos”, “Todavía no he escrito nada que me haga dejar de escribir. No he llegado al lugar al que llego Rimbaud cuando decidió abandonar la poesía y se fue a vender armas a Africa”, “Desde el momento que pagas impuestos, ya eres parte del sistema”, “Con fuerza de voluntad se puede hacer cualquier cosa, incluso determinar su propio destino”, o como aquella ocasión en la que declaró: “Como toda la gente famosa, lo único que quiero es que me dejen tranquilo”.
Por eso, Bob Dylan ya es un Nobel.