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Charles Darwin (1809-1882) fue desde niño un apasionado de las ciencias naturales –”Nací naturalista”, dijo en su Autobiografía– que devoraba cuantos libros sobre ciencia encontraba a su paso. Pero fue la lectura de Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, del geógrafo, explorador y científico alemán Alexander von Humboldt (1769-1859), la que influyó a Darwin más que ninguna otra en su juventud. Y no sólo entonces, sino a lo largo de toda su vida, veneró el biólogo británico este libro y a su autor, al que llegaría a conocer.

Publicado en siete volúmenes, es el resultado de la expedición efectuada por Humboldt entre 1799 y 1804 por América y un texto fundamental por sus descubrimientos sobre el clima, la orografía, la vulcanología, etc. Darwin lo leyó por vez primera, parcialmente, cuando su profesor de Botánica en Cambridge, John Stevens Henslow, le prestó el primer volumen en marzo de 1831. El libro provocó en el joven el deseo de ser naturalista y recorrer el mundo. Y, cuando surgió la oportunidad para ambas cosas con el viaje del Beagle a finales de ese año, Henslow le regaló los siete tomos, que llevó consigo en el barco y leyó y anotó con avidez.

La relación entre Darwin y Humboldt fue más lejos: en 1840 el primero le envió al segundo un ejemplar del Diario del Beagle tras hacerle saber a través de J. D. Hooker que debía “todo el curso de su vida” a aquella lectura juvenil de su libro. El genio alemán le correspondió con una larguísima y afectuosa carta de agradecimiento, y en 1842 se entrevistaron brevemente en persona. Pero la prueba más definitiva y conmovedora de esta influencia es que, según todos los indicios, releer a Humboldt fue lo último que hizo Darwin en vida: junto a su lecho de muerte, se halló el libro con una anotación de ese mismo día.