Como cada año, el día 8 de marzo al celebrarse el Día Internacional de la Mujer se pone en la mesa de discusión de los medios y en todos los foros públicos el tema de la equidad de género y los avances alcanzados en nuestro país en la materia. En esta efeméride abundan los discursos, análisis y manifiestos que reivindican la lucha social y política de ellas para garantizar la igualdad de derechos.

En los años recientes se ha dado un importante impulso al tema que ha marcado por igual las discusiones académicas que a los movimientos sociales de todo signo ideológico. Hoy es políticamente correcto abrazar la causa de las mujeres, aunque en el terreno de los hechos, los gobiernos, los partidos y la sociedad en general hayamos avanzado muy poco.

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo hacerlo? Se ha dicho que las resistencias que obstaculizan la construcción social de la equidad de género como principio organizador de la democracia obedecen a varios factores, entre ellos, la inercia de sistemas de valores y de conocimiento construidos por y para los hombres, el rechazo del personal masculino a la competencia femenina en sus espacios públicos y privados, y, en gran medida, la resistencia de los hombres a aceptar que la irrupción de la mujer en la vida pública cuestiona en buena medida los contenidos atribuidos a la masculinidad y las prácticas sociales que se le asocian: el poder del jefe de familia, la supuesta fortaleza, inteligencia, audacia y sagacidad del hombre, el espíritu de competencia, entre muchos etcéteras que sería prolijo referir.

La realidad cotidiana nos muestra que aún nos falta mucho camino por recorrer. Al ser una cuestión fundamentalmente cultural, la búsqueda de la equidad de género choca con las visiones y prejuicios de los sectores dominantes, de los grupos de poder y con nuestras propias ataduras mentales. Véase si no, por citar algunos ejemplos, cómo los medios de comunicación y la Iglesia en sus mensajes y discursos reproducen invariablemente los estereotipos de desigualdad contra la mujer. Sea la utilización de ellas como objetos sexuales y decorativos o los llamados a rechazar su libre determinación reproductiva. Las mujeres, según estos cánones, además de incorporarse al mercado laboral, deben hacerse cargo del hogar y del cuidado de los hijos, vestidas a la moda y embellecidas para ellos, para cumplir con lo que pareciera su “obligación biológica”. Seguimos con los “talentos” de televisión, las chicas de calendario, las heroínas de los reallity shows, las buenas y villanas de telenovela, entre un sinfín de estereotipos que modelan nuestras mentes y que lastran el cambio de percepciones deseable sobre lo femenino.

Mientras, los datos duros y la estadística nos muestran la cotidianeidad de la violencia contra la mujeres, ya sea física, sicológica o emocional; ello sin dejar de mencionar el alarmante número de crímenes que han vuelto concepto de moda el de los feminicidios. Abundan los secuestros, asesinatos, desapariciones y ejecuciones de mujeres que nutren la nota policiaca en nuestro país, donde la impunidad ha sido, Veracruz incluido, el denominador común en estos hechos.

En otro frente, el político, en México si bien las mujeres obtuvieron el derecho a votar en 1947, y a ser votadas en 1953, las estadísticas muestran con claridad que son contadas las alcaldesas, legisladoras o gobernadoras, lo mismo que las funcionarias públicas en altos niveles burocráticos. A pesar de constituir más de la mitad de la población ciudadana, en nuestro país las mujeres no han logrado su plena participación política, es decir, el 30 por ciento de los cargos públicos que marcan los estándares establecidos por organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Como estas cifras que se dan en la política, algo similar existe en el terreno de las oportunidades profesionales otorgadas a la mujer sea en la empresa privada, la academia u otras organizaciones en que laboran en desigualdad de condiciones de salario, de seguridad en el empleo y de posibilidades de desarrollo profesional y personal. El reto que enfrentamos para lograr la equidad de género en nuestra sociedad es por tanto enorme. Se requieren grandes transformaciones que no limiten nunca más el papel de la mujer en las esferas social, económica, política y familiar.

Hoy, es claro que ninguna sociedad puede considerarse genuinamente plena, si no respeta el compromiso de la inclusión real de la mujer en todos los aspectos de la vida nacional.

La lucha política de las mujeres es una lucha inacabada, que exige de las instituciones públicas, los partidos políticos y de todas las organizaciones y sectores, contribuir a hacer realidad los cambios legales que posibiliten construir una nueva dinámica de relaciones sociales y culturales.

Tenemos una agenda pendiente que debe ser abordada con seriedad y compromiso por todos los actores públicos. Asuntos tales como la educación y cultura de la equidad; la salud sexual y reproductiva; la prevención de la violencia intrafamiliar; la incursión en los nuevos terrenos tecnológicos y de la economía, no pueden obviarse en el estudio y en las acciones orientadas a la equidad de género.

No basta sólo con la creación de instituciones u organismos públicos para las mujeres, o con asignarles determinadas cuotas al interior de los partidos políticos. No es con discursos falaces sobre el “empoderamiento” de las mujeres y con hacerles homenajes cada 8 de marzo como se va a avanzar en este sinuoso camino.

Comprometerse en la lucha por la equidad de género es tarea de hombres y mujeres. Es manifestación de una genuina voluntad de cambio. De dejar a un lado los estereotipos, de suprimir el lenguaje discriminatorio, de combatir el acoso sexual y el abuso de poder, de redistribuir equitativamente las actividades entre los sexos en los ámbitos público y privado, de valorar con justicia los distintos trabajos que realizan hombres y mujeres, de modificar las estructuras sociales, los mecanismos, reglas, prácticas y valores que reproducen la desigualdad, en suma, de fortalecer el poder de gestión y decisión de las mujeres.

La igualdad de género es un factor elemental para la modernidad de un país y su desarrollo democrático. Sin ellas, no lo lograremos.

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