Ahora que veía en transmisión diferida los momentos más destacados de la ceremonia de inauguración de la XXXI Olimpiada de Río 2016, que entre paréntesis fue muy emotiva, espectacular, grandiosa en pocas palabras, rememoraba que el país carioca, desde siempre ha provocado en quien esto escribe asombro que viene desde la majestuosidad de su territorio. Antaño, ver plasmado en un globo terráqueo el contorno de ese inmenso país me dejaba admirado por no decir anonadado. Para darse una idea del tamaño del territorio de Brasil, es un poco más de cuatro veces más grande que el nuestro y apenas poco menos de dos millones de kilómetros cuadrados menor que el continente europeo. La amazonia o selva amazónica, con todo lo que ha sido castigada por la irracional explotación, tiene una superficie aproximada de 5.5 millones de km2 y por ella atraviesa el río que lleva su nombre, sinónimo de vida, biodiversidad, ecología y esperanza para el futuro y viabilidad de la vida en el planeta Tierra. Pero hay algo más, aparte de todo lo anterior y el fútbol brasileño de antaño que me ha atraído toda la vida, y eso es la música brasileira, fundamentalmente el Bossa-nova, que es un género que reinventó el viejo ritmo de la samba que los brasileños heredaron de la poderosa emigración forzada de esclavos negros del continente africano. Ya en otras ocasiones hemos hablado de la música y de la admiración que sentimos por Antonio Carlos Jobim, esa especie de héroe nacional musical de Brasil, al que la nación carioca le debe el lugar que la música brasileña tiene en el mundo. Es de tal magnitud la grandiosidad de Jobim, que ya lo habíamos dicho también aquí, el aeropuerto internacional de Río de Janeiro lleva en su honor su nombre. Pero de la música nos saltamos al cine, y ahí hago un paréntesis para señalar varias cosas relevantes de la cinematografía brasileña que me han dejado profundamente marcado, la primera, la película ‘Estación central’ (1998) de Walter Salles, que plasma una historia dramática y conmovedora del Brasil profundo, descarnado y desamparado, con la actuación notabilísima de la veterana actriz Fernanda Montenegro; la segunda, ‘Doña flor y sus dos maridos’, que más allá de que está basada en una novela hilarante de Jorge Amado, me descubrió una de las mujeres más hermosas y sensuales de la historia del cine: Sonia Braga, con eso les digo todo, la exuberancia hecha mujer; la tercera, el Brasil del 70, que es el once que mejor he visto practicando el juego de conjunto, sin sacrificar el juego bonito, cadencioso, potente, de toque, magia, filigrana, fantasía y gambeta, y espero no haberme quedado corto en los adjetivos. Lo escribió Marco Aurelio González Gama, directivo de este Portal.