¡Hay aves que cruzan el pantano…! Con estas palabras un escritor y poeta excelso describía magistralmente a todas aquellas personas moralmente incorruptibles. Hay personas buenas en el mundo, lamentablemente son las menos. Hay personas que hacen lo que tienen que hacer, pero hay personas que hacen cosas bondadosas más allá de lo que tienen que hacer, por eso destacan de entre los demás. De estos últimos, nacen pocos, pero sus huellas de paso por este mundo se quedan impresas para la posteridad. Martín del Campo, el sacerdote, pertenece a esta pléyade de hombres que se han distinguido por el valor de sus actos. Revestía a Martín del Campo esa sustancia axiológica inconmensurable y eterna. Martín del Campo está destinado a no morir, porque solo muere aquél que no es recordado. Daba Martín del Campo aliento a quienes hablaban con él para proseguir viviendo en la honrosa misericordia del creador. Martín del Campo, en su ministerio, fue implacable para mover conciencias y regresar al buen sendero a todo aquél que perdido divagaba por terrenos pantanosos. Camina por aguas mansas y no molestes al panal, le habría dicho en confesión a tío Baldomero aquella tarde en que pidió consejo al padre Martín del Campo. Y tío Baldomero entendió, acalló boca, no habló más de lo que no debía de hablar, y las cosas se calmaron, y las cosas tomaron su nivel estable que tanta falta hacía en el interior de su hogar. Y tío Baldomero desde entonces llamaba al padre Martín del Campo: hombre sabio y prudente, sacerdote bendito, consejero visionario. Martín del Campo, entre otras cosas, me enseñó a distinguir torpezas innecesarias que no llevan a buen puerto, comentó Vangela, el día del rezo. Marcaba Martín del Campo caminos de soluciones a problemas de cada uno de los feligreses que hablaban con él en busca de un consejo. Martín del Campo, a quien mi abuela Leopoldina trató de frente, daba testimonio de la grandeza del ciervo bendito para ayudar a sus semejantes. Martín del Campo trascendió así de lo meramente casuístico a ese espacio nítido a que lo obligaba su don de gente buena. Juan Manuel Martín del Campo, fue su nombre completo, sacerdote que nos dejó fuerzas para seguir viviendo y soportar el yugo inmisericorde de la oscuridad. “Que venga el muchacho de la Madre Paz”, de esa manera se dirigía el padre Rafael Guízar y Valencia para llamar al entonces seminarista Martín del Campo que había sido llevado al seminario por la Madre Paz. Tocó a Martín del Campo la persecución religiosa desatada por el gobernador de Veracruz Adalberto Tejeda allá por los años treinta. Era originario Martín del Campo de Lagos de Moreno, Jalisco, miembro de una familia numerosa de siete hermanos. Nació en la casa marcada con el número 36 de la calle Ramón Corona, donde residían sus padres. Apoyaba con denuedo Martín del Campo a Rafael Guízar y Valencia en el reparto de víveres a gente pobre, cuidando de no ser vistos para evitar represalias. Su misión siempre estuvo ligada a ayudar a los más desvalidos. Martín del Campo, el misionero, el humano, el de la civilidad, esencia pura y sacra de un hombre ontológicamente puro. El padre Rafael González, con el apoyo de la señora Margarita Roa de Acosta, del doctor Fausto Morales Hernández, con la venia de Hipólito Reyes Larios, arzobispo de Xalapa, publicó un ensayo interesante sobre momentos muy especiales del padre Martín del Campo. Recomendable es la entrevista en Facebook que el distinguido periodista Fernando Batiza Ortiz le hace al sacerdote Rafael González, postulador de Martín del Campo a los altares mayores. Vale la pena conocer más a quien no necesita presentación. Gracias Zazil. Doy fe.