De acuerdo al historiador Enrique Krauze, en afirmaciones escritas después de que el PRI perdiera la presidencia de la República, afirmaciones que me atrevo a suscribir totalmente, en sus primeras tres décadas, los dirigentes del PRI mostraron -además de sentido común- tres sentidos no muy comunes: sentido histórico, sentido de Estado, sentido de la realidad. Se necesitaban todos para pensar y ejecutar la operación cohesiva que llevó a la fundación del PNR (1929), la no menos compleja incorporación al PRM de los sectores sociales y del Ejército (1938), y la transferencia pacífica y voluntaria de poder de los militares a los civiles durante la tercera refundación del partido (1946). Gracias a esos cimientos, en un marco internacional de turbulencia, México consolidó la paz, el estado social benefactor y un régimen civil. Y mientras América Latina se precipitaba en los toboganes de la dictadura o la anarquía, el país gozó de un largo período (1946-1968) de crecimiento económico con estabilidad política.
El PRI perdió el sentido cuando dejó de renovarse. Hasta 1968 había razones que explicaban la tutela colectiva (lastrada por la corrupción y el control corporativista) que ejercía sobre los ciudadanos. Pero en 1968 el sistema mostró la otra cara de su hegemonía: la petrificación. Las voces de crítica liberal que comenzaron a escucharse señalaron la necesidad de cambios, y como remedio no propusieron una reforma “desde afuera” del PRI (a través de la democracia electoral) sino “desde dentro”: poner límites a la omnipotencia presidencial mediante una apertura sustantiva de la libertad de expresión y el fortalecimiento de los dos poderes tradicionalmente domesticados, sobre todo el legislativo. Su crítica tenía sentido, pero el PRI no la asumió. Aunque hubo una reforma política limitada en 1979, la falta de diques al poder presidencial hizo crisis en 1982. El poder absoluto lo había corrompido absolutamente. Con el descrédito terminal del sistema, se cerró la opción de cambiar “por dentro”, y quedó como alternativa única la democracia sin más. Por desgracia, a diferencia de sus antecesores en 1929, 1938 y 1946, los gobiernos y dirigentes priistas optaron por ganar un tiempo que ya no tenían, y la olla estalló en 1994, cuando se generalizó la impresión de que el presidente Salinas había contravenido la regla número uno de la vida política mexicana: no te reelegirás, ni por interpósita persona.
En el sexenio del presidente Zedillo, no sin conflictos serios con la dirigencia priista, el gobierno admitió que el statu quo era ya insostenible y propició el tránsito a la democracia. A partir de entonces se consolidó el IFE y el país comenzó a vivir en un clima inusual de libertad de expresión. Los resultados de esa reforma a través de las urnas no se hicieron esperar. El PRI perdió el poder ejecutivo, pero un sector del electorado (que percibía en él un residuo de liderazgo y oficio político) le refrendó la confianza otorgándole una proporción sustancial de diputados, senadores, gobernadores y presidentes municipales. En medio del desánimo, pocos priistas advirtieron que en la dialéctica del poder, los resultados a largo plazo podían favorecerle. Muerto el sistema político (cortado el cordón umbilical del gobierno y del PRI con el presupuesto y el manejo electoral) el PRI podría contender en condiciones de equidad con los otros partidos. La democracia, literalmente, lo había salvado.
En la actualidad el PRI necesitará ejercer la autocrítica de su desempeño histórico, resolver sus querellas internas, ofrecer buenos candidatos, revisar su programa
El futuro del PRI ante los electores -sobre todo ante los electores jóvenes, que desprecian al viejo sistema y no piensan en términos ideológicos- depende del propio PRI, de sus candidatos, y de su contribución inmediata a un progreso tangible, medido en empleos, competitividad internacional, inversiones, viabilidad energética, infraestructura, legalidad y educación. Estos deben ser los nuevos paradigmas de un moderno nacionalismo mexicano. Sobre ellos debe refundarse el PRI, y así ocupar el centro vacante del espacio político nacional. O resignarse a su muerte por anacronismo.
La democracia interna puede ser nuevamente su salvación, parafraseando a Krauze.
La consulta a la base es la vía La propuesta no es nueva, ni novedosa, está en los estatutos de varios partidos políticos. Sin embargo, en cada partido significa cosas diferentes. El método está contemplado en las reglas básicas de las instituciones políticas electorales.
Que la militancia elija a sus candidatos de forma abierta es una propuesta real y viable. Sobre todo ahora que la propia militancia está dispuesta a luchar con todo para ganar la elección del 2018. La militancia partidista, quiere defender a su partido apoyando a los candidatos con los que se identifica, ha dicho Ivon Ortega, ex gobernadora de Yucatán y ex secretaria general del Comité Ejecutivo Nacional.
El sustento jurídico se encuentra en el párrafo siguiente de los estatutos que permite la consulta a la base:
Artículo 159. La determinación del método para la elección estatutaria de Presidente y Secretario General del Comité Ejecutivo Nacional, Comités Directivos Estatales y del Distrito Federal, Municipales y Delegacionales, se realizará por el Consejo Político del nivel que corresponda dentro de las opciones siguientes:
I. Para los Comités Ejecutivo Nacional, Directivos Estatales y del Distrito Federal:
a) Elección directa por la base militante.
Aplicando el mismo criterio para todos los puestos de elección popular que también se contempla en los mismos estatutos.
Pero no basta solo una consulta a la base, el PRI se tiene que abrir a la sociedad civil como en su momento lo han hecho otros partidos, con ciudadanos de todas las edades y clases, sin sombras de corrupción, que generen confianza interna y externa, haciendo a un lado a todos aquellos que se han enriquecido y ha hecho del partido un coto de caza para lograr fortunas inexplicables y que todos conocemos muy bien.
El partido debe de hacer suyas las propuestas de calificar a la corrupción como un delito grave, donde no haya fianzas de por medio ni prescripción alguna, también el nepotismo que resurgió con el PAN y sus clanes familiares, contagiando sin escrúpulo a los priistas, a los morenos y a todo mundo, debe sancionarse de pleno derecho expidiendo leyes que asi lo determinen.
La tarea es ardua y difícil, porque es como uno los doce trabajos de Hercules: limpiar los establos de Auriga.
Si no lo hace así el Partido Revolucionario Institucional tiene las horas contadas, los días y los años, y en el 18 serán sus funerales tanto en el estado como en la nación.
La refundación debe hacerse ya para no caer en una letanía de lánguidos lamentos en un futuro más cerca que lejano.