Últimamente he reflexionado mucho acerca de este tema, o quizá llevo toda la vida haciéndolo. La bondad.

Cuando pequeños, siempre la tenemos presente: “Se bueno”, “Los niños deben ser buenos”, “Hay que ser buenos con los otros niños”. Y aunque no entendíamos el concepto a cabalidad, sabíamos que tenía algo que ver con obedecer a nuestros padres, prestarles nuestros juguetes a otros niños y no hacer berrinches.

Y después, con el paso de los años, se le iban incorporando otras cláusulas como “Haz la tarea”, “Estudia y aprende”, “Controla tus impulsos adolescentes”, “Ve a misa con buena cara”, “Llega temprano a casa”, “No te pases de cariñoso con el novio o la novia”, etc, etc, etc.

A simple vista, tal parecía que ser buenos consistía en cumplir una larga serie de obligaciones e instrucciones que nos mantuvieran alejados de los problemas.

Entonces viene la adultez, y nos arroja del nido violentamente para que despleguemos las alas y vivamos lo que será “nuestra vida”.

Y todos nos convertimos en algo: un cónyuge, un profesor o profesora, una madre o un padre, una empleada o empleado, una jefa o jefe, un empresario o empresaria, un gobernante, y muchas más opciones.

Entonces es cuando empezamos a practicar nuestros valores, cuales quiera que estos sean, ya sin la tutela de los padres y los maestros, ya sin las rueditas de entrenamiento, solitos y vulnerables.

Y la bondad, esa que aprendimos con el libro de las reglas, se convierte en el reto más grande que vamos a enfrentar el resto de nuestras vidas. ¿Por qué? porque ya no hay nadie que nos diga qué debemos hacer, cómo debemos actuar. Porque es ahí, en la adultez, cuando poco a poco, experiencia tras experiencia y error tras error, que entendemos que la bondad no es una regla, no es nada parecido a una obligación, ni siquiera viene de la razón; la bondad es, y ya. Existe o no dentro de nosotros si es que sabemos hacerla florecer.

Cuando nos damos cuenta de que muchas veces el ser buenos se pelea con nuestras obligaciones, con nuestra economía, con nuestros planes inclusive, es cuando tenemos que elegir entre ser buenos o no. Y eso es algo bien difícil.

Los adultos somos los líderes del mundo, la clase alfa en el progreso de las sociedades. Y eso muchas veces nos hace sentir poderosos: “Yo soy una mujer o un hombre independiente, libre, nadie me dice que hacer con mi vida, mi carácter ya está formado y nadie puede cambiar mi esencia, soy el rey de mi destino y alguien único y especial, el mundo está a mis pies para conquistarlo”.

Ese es el lema de las mujeres y los hombres modernos, los hijos de la sociedad capitalista y tecnológica. No voy a decir que esté mal pensar así, pero definitivamente existen muchos factores, muchas variables, que no encajan en ese modelo y que todos olvidamos de vez en cuando.

Ser un adulto bueno, volviendo a nuestro tema, es lo que más se pelea con este esquema.

¿Por qué? porque la bondad viene muchas veces del sacrificio, y eso es algo que pocas personas “empoderadas” están dispuestas a hacer.

Siendo esta una reflexión personal, trataré de expresar lo que para mí es ser bueno, practicar la bondad.

Ser bueno es: doblegar el ego. Y ya.

Sí, suena como una gran empresa. Pero eso es lo único que hay que hacer para descubrir la bondad. Olvidarnos del yo.

Quizá para la cultura oriental esto no es novedoso, pero los occidentales amamos eso del “yo soy”, abrazamos nuestro ego como si fuera lo que nos constituye, como si nuestra identidad fuese lo más importante del mundo. ¿Lo es? Pongamos ejemplos:
Cuando en nuestros círculos sociales encontramos gente que no nos agrada, es el ego el que nos conduce a convertir las diferencias en abismos. Cuando criticamos a alguien sin conocerlo, lo hacemos desde lo que nosotros creemos es lo correcto. Y la bondad queda descartada, porque la bondad no es “tolerar a este pelmazo por educación”, la bondad es destruir nuestros prejuicios y hablarle al pelmazo, romper sus prejuicios sobre ti también, conocer su historia y ponerse en sus zapatos, descubrir lo maravilloso que es la diversidad de pensamientos, y verla como algo interesante, no estresante. Quién sabe si hablando con esta persona descubrirás que no es lo que tú pensabas, que se parece más a ti de lo que te imaginabas y que tiene los mismos miedos y esperanzas que tú. Y eso aplica para todas las relaciones humanas: familia, vecindario, escuela, trabajo, nación.

Otro aspecto que nuestro ego controla es nuestro tiempo. Lo consideramos algo muy valioso, sin embargo, son cada vez más las personas que confunden aprovechar el tiempo con dedicar toda la vida a buscar el éxito. Lo vemos con los adictos al trabajo, que abandonan familia y amigos, que se abandonan a sí mismos en pro de esta meta imaginaria: el éxito. Pero, ¿tiene éxito una persona que asciende en su profesión pero no tiene ya amigos con lo que disfrutar una larga charla? ¿Es éxito no conocer a tus hijos y no verlos crecer en el día a día? ¿Éxito significa exponer la salud y muchas veces la integridad para conseguir un mejor sueldo?

Una persona buena es aquella que pasa tiempo con sus semejantes, aún a costa del ego. Yo creo que tiene más éxito profesional un tendero que se siente feliz con lo que hace y que dedica parte de su tiempo a sus relaciones personales, que un hombre o mujer poderosos que lo único que tienen es su carrera, y muchas frustraciones y estrés a cuestas.

La bondad es un sentimiento que nace del sacrificio del ego, en el momento en que dejamos a un lado nuestras necesidades y pensamos en el mundo que nos rodea.

Ser bueno no es dar donativos a los asilos de ancianos cada cierto tiempo y publicarlo en redes sociales. Ser bueno es visitar a tus propios abuelos, a tus padres ancianos, quererlos y cuidarlos; ser bueno es dejar a un lado cada vez que puedas tu “tarde de relax” o tu “junta de negocios” y llevar a tu hermano o hermana al cine, o al café, ayudar a tus hijos con la tarea, llevarlos al parque, comprar boletos sorpresa para la aburrida película de romance o de acción que tu novia o novio quiere ver y tú no. Ser bueno es dejar pacientemente que la vecina te platique de vez en cuando sobre su proyecto de mejoras a la cuadra; es contestar el saludo de buenos días de la más odiosa de tu oficina.

Ser bueno no es decir amén más fuerte que el resto, ni decir diez veces al día “yo soy una persona buena”, ser bueno es darte cuenta de lo malo que eres a veces con los demás, y tratar de cambiarlo todos los días.
La bondad llega cuando el ego se calla.

yurcamo@nullhotmail.com