Por Ramón Durón Ruíz (†)

El mundo del mexicano es maravilloso gira entre dos extremos: lo espiritual y el sentido del humor. En lo espiritual, la religión y la muerte son nuestros referentes más válidos, el 1 y 2 de noviembre acudimos puntuales a la cita con nuestros difuntos, a refrendarles nuestra gratitud y amor, sabiendo como dicta un dicho australiano “todos estamos de visita en este momento y lugar. Sólo estamos de paso. Hemos venido a aprender, crecer, amar y volver a casa.”
En lo religioso somos un pueblo creyente por naturaleza, la religión está enraizada en lo más íntimo de nuestro ser. A mi oficina llega una maestra jubilada –presencia que me llena de gusto– pues hace una oración por quienes trabajamos en ella y llena de humildad se retira como llegó, dejando tras ella una estela de luz y bendiciones.
Cierta ocasión me dijo:
–– Te has puesto a pensar ¿cómo rezaría Dios el Padre Nuestro? y colocando ambas manos frente al pecho y con un misticismo sin par continuó con una oración maravillosa:
“Hijo mío que estás en la tierra, preocupado, confundido, desorientado, solitario, triste, angustiado, yo conozco tu nombre, lo santifico y lo bendigo amorosamente porque te amo, porque no estás solo… yo habito en ti.
Juntos construiremos este reino del que tú vas a ser mi heredero.
Deseo que siempre hagas mi voluntad, porque mi voluntad es que tú seas feliz.
Debes saber que cuentas siempre conmigo porque nunca te abandonaré, yo colocaré el pan nuestro de cada día en tu mesa. No te preocupes que yo estoy contigo, para que se multipliquen tus dones, como yo multipliqué los panes, sólo te pido que lo compartas con tus hermanos.
Debes saber que siempre perdono todas tus ofensas, antes incluso de que las cometas, aun sabiendo que lo harás, por lo que te pido que hagas lo mismo con el prójimo.
Yo que soy tu Padre de amor, cuido de ti para que nunca caigas en la tentación, toma fuerte de mi mano y siempre aférrate a mí, que del mal yo te libraré.
Recuerda que soy tu Padre y te concedo la paz, te amo desde el comienzo de tus días y te amaré hasta el final de los mismos.
Mi bendición queda contigo.”
Por otra parte el secreto de que los mexicanos seamos un pueblo feliz, radica en que no perdemos el tiempo lamentándonos por los hechos del pasado –de ser así ya hubiésemos cambiado a nuestros políticos con sus devaluaciones y crisis–, tampoco le damos demasiada importancia a nuestras adversidades o en extremo nos angustiamos por el futuro, sino que vivimos santa y serenamente el milagro irrepetible del HOY a plenitud.
Sabemos que si el paso del tiempo arruga el rostro, la ausencia del buen sentido del humor arruga el alma, por eso el poder del humor vive entre nosotros.
A propósito del humor, “cierto día el viejo campesino de allá mesmo se encontraba regando el florido jardín del patio de su casa, cuando hasta él llegó Eglantina, –la atenta enfermera de la clínica del IMSS– como siempre hermosa, agradable, coqueta y llena de seductora sensualidad.
Una vez agotado el tema de la visita, la joven se despide notando que él tenía la bragueta abierta, buscando el lenguaje más idóneo para la ocasión amablemente le dice:
–– Por cierto Filósofo, ¡La puerta de tu cuartel está abierta!
El campesino de Güémez por el momento no entendió el comentario; pero poniendo a funcionar su agudeza mental se dio cuenta de que el cierre de su pantalón estaba abajo. El gesto inteligente y sutil de Eglantina le hizo gracia y decidió aprovechar la oportunidad para coquetearle un poco:
–– Y dime, cuando observaste que la puerta de mi cuartel estaba abierta, por casualidad ¿no viste también a un vigoroso y macizo soldado en posición de firmes?
–– ¡Fíjate que no Filósofo! Lo único que vi fue un alicaído veterano de la revolución, todo sin fuerzas y… TIRADO ENTRE DOS VIEJAS MOCHILAS DE CAMPAÑA.”
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