Por Ramón Durón Ruíz (†)

En mi tierra, cuando la tarde languidece, es un placer para los sentidos regocijarse con la incomparable alegría de los niños y jóvenes, así como escuchar la suave algarabía de las urracas, al igual que llegar a sentarse en los viejos sillones de palma −ya amoldados al cuerpo por el uso diario y el paso de los años−, a platicar con los abuelos.
Hoy rindo un pequeño homenaje a esas escuelas de amor, esperanza y sabiduría llamadas abuelos, ellos enseñan –a quienes quieren abrevar en su inagotable sabiduría–, que la vida se vive en el milagro del HOY, en donde el secreto no es darle años a la vida, sino entusiasmo, luz, amor, frenesí, alegría, paz y… felicidad a cada uno de los años.
Tener la inteligencia de existir en la alta frecuencia del amor y la alegría, te llevará a reconciliarte con el pasado, a gozar tu presente, a vivir… no sólo sobrevivir, porque trabajas en tu felicidad y por ende, vibras con una mejor calidad de vida.
Las abuelas enseñan que hay que “vivir” las experiencias; que al igual que la enfermedad o el dolor, cuando los vives, tienes una percepción tácita de sensibilidad, de amor y positivismo hacia la existencia; esto se debe a que quienes han tenido un sufrimiento, una pena, la partida de un ser querido o una dolorosa enfermedad, transitan más fácilmente por el camino de la gratitud y le encuentran un maravilloso sentido a la policromía de la vida.
Esas academias vivientes que son los abuelos, amorosamente te invitan a creer en tus iniciativas, a echar a volar tu imaginación, aspirando a lo que quieres, a salir de tu zona de confort dejando por un momento de sentirte seguro en terreno firme; a que dejes de ser un burócrata que espera la quincena o el fin de mes –lo que sólo te lleva al letargo de tus poderes– o lo más grave, que llegue la jubilación –recuerda esa palabra viene de júbilo, alegría, gozo–, así que haz de cada día un espacio de dicha, desarrollando tu trabajo con agrado, viviendo lo que quieres ser y hacer… trabajando en tu vocación.
HOY, agradece con humildad aquellas situaciones que te llevaron por el camino de la alegría, pero no olvides las que condujeron al dolor, este se hace necesario que llegue a ti, nadie que haya triunfado… ha estado exento de dolor.
Recuerda que el ser humano busca vivir en lo placentero, en lo que le gusta, en lo que le agrada, no desea estar insatisfecho. Nada, absolutamente nada desdeñes, porque omitirás llevar sabiduría al cofre de tu divinidad interior, en donde toda lección y cada problema, te conducen a tu evolución y crecimiento espiritual.
En mis años mozos, se decía que la carrera de médico era la única manera de ayudar a un enfermo; ahora ese concepto ha sido rebasado, se le puede ayudar desde distintas profesiones y terapias, como el caso de quienes como yo, ejercemos el oficio de aprender a escribir sobre las bondades terapéuticas del amor y el humor y comunicar la esperanza de que lo que viene es lo mejor para ti.
Las abuelas dicen que hay dos emociones básicas: el miedo y el amor. Ambas –placenteras o no–, te pueden impulsar al perfeccionamiento personal. El miedo bien utilizado potencializa tus dones; mal utilizado debilita tus poderes.
A veces las emociones negativas te generan una sensación de vacío, de orfandad, de impotencia; entonces llegan unas ganas intensas de llorar; cuando así sea, no reprimas tu llanto, recuerda que llorar es una manera que la sabiduría que anida en tu interior te presenta, para sanar parte de tus penas y emociones reprimidas, para que de forma natural tengas la habilidad de procesar tu duelo.
El amor es la emoción más sanadora; además de enriquecer tu sistema inmunológico, eleva tu autoestima y te recuerda que estás aquí para triunfar y ser feliz… ¡lo demás déjalo en manos del Señor!
A propósito de felicidad, don Simpliano le dice a su compadre Audomaro:
–– Fíjese lo que son las cosas, anoche para estar a la altura de las circunstancias que plantean las campañas políticas, decidí leer un poema, era tan largo que hablaba de todas las cosas. Ya a media noche, cansado de leer, decidí cerrar el libro, fue entonces compadre, que me di cuenta que… ¡ERA UN DICCIONARIO!
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