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Crónica del Poder

El Espíritu Santo. En este día, 20 de mayo de 2018, celebramos el Domingo de Pentecostés, ciclo B, en la liturgia de la Iglesia Católica. El Prefacio de esta misa clarifica el sentido de esta solemnidad: “Porque tú, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, para llevar a su plenitud el misterio pascual, has enviado hoy al Espíritu Santo sobre aquellos a quienes adoptaste como hijos al injertarlos en Cristo, tu Unigénito. Este mismo Espíritu fue quien, al nacer la Iglesia, dio a conocer a todos los pueblos el misterio del Dios verdadero y unió la diversidad de las lenguas en la confesión de una misma fe”. Jesucristo Resucitado entrega a su amada Iglesia el don maravilloso de su Espíritu Santo, el otro Paráclito o Abogado, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el asistente y consejero que conduce a la verdad completa y da testimonio de Cristo. Entre los múltiples títulos que recibe el Espíritu Santo, resaltamos algunos mencionados por la hermosa Secuencia de este día: “Padre de los pobres, luz que penetra las almas, dador de todos los dones, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo, pausa en el trabajo, brisa en el fuego, consuelo en el llanto y fuente de todo consuelo”.

El Paráclito. El pasaje evangélico de hoy es de San Juan. En su primera parte (15, 26-27) dice: “Jesús dijo a sus discípulos: ‘Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo”. La palabra ‘Paráclito’ se traduce como Consolador, o como Abogado, y designa tres aspectos de la actuación del Espíritu Santo, los cuales son la presencia viva de Jesús, la defensa de la persona y la misión de Jesús, y la memoria viva de la Iglesia que le permite actualizar lo que Jesús dijo. El Paráclito es presentado como testigo de Jesús, tanto en el interior de los discípulos como en el testimonio exterior, que los discípulos deberán presentar ante los tribunales religiosos o civiles. El Espíritu Santo siempre ha inspirado e iluminado a todos los discípulos y misioneros de Jesucristo, especialmente a los mártires y a los perseguidos por la defensa de los valores evangélicos y los derechos humanos.

La verdad plena. La segunda parte del texto evangélico de Juan (16, 12-15) dice: “Aun tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. Él me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”. Jesús es el Revelador del Padre celestial y de la realidad divina. La acción del Espíritu Paráclito, por su presencia e iluminación, consiste en clarificar el misterio de Jesús y de su revelación. Por tanto, la aportación del Espíritu está en la línea de la verdad y del conocimiento de la palabra de Jesús. La verdad completa o plena se refiere a la revelación de Cristo, entendida como totalidad universal y trascendente, que el Espíritu Santo recibirá de Jesús y la comunicará a sus discípulos.

Las Lecturas. La primera es del libro de los Hechos (2,1-11) y dice que en el día de Pentecostés estaban reunidos todos los discípulos de Jesús en un mismo lugar. De repente, escucharon un gran ruido procedente del cielo, semejante a un ventarrón y aparecieron lenguas de fuego que se posaron sobre ellos, se llenaron todos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otros idiomas. Al ser todos ellos galileos, asombraron a los peregrinos que estaban en Jerusalén pues los escuchaban hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. La segunda lectura, es de la primera Carta a los Corintios (12, 3-7.12-13). San Pablo dice que nadie puede llamar “Señor” a Jesús si no es movido por el Espíritu Santo. También expresa que en la comunidad eclesial hay diferentes dones, distintas actividades y servicios, pero todos se orientan a la unidad y al bien común porque proceden de un mismo Espíritu y de un mismo Señor. Por eso, aunque seamos de diferentes razas, procedencias y condiciones sociales, los cristianos formamos un solo cuerpo en Cristo ya que hemos sido bautizados en un mismo Espíritu.

+Hipólito Reyes Larios
Arzobispo de Xalapa