No cabe duda que el pasado 1 de julio la pre determinación histórica volvió a darse, aunque no necesariamente como dicta la sentencia marxista del 18 Brumario, “primero como tragedia y después como farsa”. La premonitoria ley marxista según la cual se rige la marcha de la historia se confirma. La ley según la cual todas las luchas históricas, ya sea en el terreno político, en el religioso, en el filosófico o en otro terreno ideológico cualquiera, no son en realidad, más que la expresión de luchas entre clases sociales, y la existencia, y por tanto también los choques de estas clases, están condicionados, a su vez, por el grado de desarrollo de su circunstancia económica, por el modo de su producción y de su cambio.

Las lecturas e interpretaciones políticas y sociales del 1 de julio dan para muchos análisis, seguramente se van ir sucediendo en cascada conforme pase el tiempo y las aguas vuelvan a su curso. Todavía hay una especie como de estupor entre los diferentes analistas y teóricos del fenómeno político mexicano, como que no acaban de digerir qué fue lo que ocurrió aquel fatídico domingo en donde, a simple vista, parece que fue el final de una época en la historia de los movimientos y cambios políticos y sociales de nuestro país.

Aquí en Veracruz, hace unos días leí dos interesantes análisis sobre lo ocurrido: uno, de Eduardo de la Torre Jaramillo y, el segundo, de Emilio Cárdenas Escobosa, constituyen ambos digamos que un primer acercamiento al estudio de las condiciones materiales de esa elección y del porqué de sus resultados tan sorprendentes. Y es que lo que ocurrió fue una especie como de sacudimiento brutal. El viejo sistema que, se suponía había sido restaurado por Enrique Peña Nieto en 2012, se cimbró desde sus cimientos con una fractura de proporciones que pocos esperaban (mos).

Una obsesión de los analistas políticos es tratar de retratar los diferentes momentos históricos políticos y sociales que han marcado el devenir del mundo en al menos los últimos 300 años. Carlos Marx, al que se le podría catalogar como el padre del análisis de coyuntura y su principal adlátere Federico Engels, a través del 18 Brumario de Luis Bonaparte diseccionan una situación histórica determinada: la serie de circunstancias que precedieron al surgimiento de la II República Francesa entre 1848 y 1851.
Hagamos un poco de historia. Luis Felipe de Orleans, el último rey de Francia, gobernó entre 1830 y 1848, pero en los últimos años de su gobierno fue impulsor de reformas liberales acotadas. Éstas favorecían sólo a la alta burguesía, en perjuicio de los trabajadores, los intelectuales y la pequeña burguesía. El sufragio universal, la principal demanda que los sectores populares estaban buscando no se otorgó. Sólo tenían el derecho al voto los sectores vinculados a la alta burguesía, los terratenientes y los contribuyentes más altos al Estado.

La Francia de las libertades, sinónimo de la república como una institución que garantiza la igualdad de todos ante la ley, a partir de 1845 comenzó a experimentar una crisis económica: cerraron fábricas, el desempleo creció y la hambruna se generalizó (Los miserables de Víctor Hugo está inspirada en este periodo de la historia francesa). La pequeña burguesía y los estudiantes se unieron a las protestas de los obreros, y cuando el gobierno intentó reprimir la rebelión mediante el uso de la policía y de las fuerzas armadas, éstas se negaron, obligando al rey Luis Felipe a abdicar. De esta manera, se creó un gobierno provisional, que daría paso a la Segunda República Francesa y al surgimiento de un nuevo régimen.

¿Qué fue lo que pasó en México? Cito a Federico Guzmán Rubio: “En la deriva rápida de la historia unas décadas de atraso, una falta de reconocimiento del cambio de las circunstancias, lleva al enmohecimiento y al ridículo. Lo que antes eran prácticas y creencias llenas de vitalidad se convierten en rituales vacíos hablados en un lenguaje muerto. Lo que nos evocaba horizontes al alcance de la mano, llenos de significado, pasa a ser una árida y deslucida expresión que solo produce incomodidad, falsa emoción o, directamente, risa. Y la risa será mayor en proporción a la enormidad de la tragedia y la épica que la antecede, porque esa es también una regla de la dialéctica.”

La clase política gobernante encabezada por EPN y las burocracias partidistas no vieron o no quisieron ver esos signos, estas señales, los síntomas de una descomposición evidente. Las ignoraron tal vez en un mal cálculo, las despreciaron y, por lo tanto las subestimaron y las consecuencias están ahí. Una buena parte de la población, ahora sí que estamos hablando de la mayoría, no aguantó más y les pasó factura.

Una auténtica tragedia, con todo y drama.

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@marcogonzalezga