Por Ramón Durón Ruíz (†)

Hay una historia que hoy trascribo para ti: “Se cuenta que en un pueblo había el dueño de un modesto negocio, gozaba de la amistad del gran poeta brasileño Olavo Brás Martins Dos Gumaraes Bilac, −poseedor de un ingenio, una rima y métrica envidiable− cierto día lo encontró cuando caminaba por la calle y le pidió un favor:
–– Amigo estoy necesitando vender mi casa, que usted tan bien conoce. ¿Me podría ayudar redactándome el aviso para el diario?
El poeta puso manos a la obra e inmediatamente tomó lápiz y papel y escribió:
“Se vende encantadora propiedad, donde cantan los pájaros al amanecer en las extensas arboledas. Rodeado por las cristalinas aguas de un lindo riachuelo. La casa, bañada por el sol naciente, ofrece la sombra tranquila de las tardes en el balcón.”
Tiempo después, el poeta volvió a encontrarse con el comerciante y le preguntó si ya había vendido la casa.
–– No pensé más en eso, −dijo este− después que leí el aviso, me di cuenta de la maravilla que tenía.”
Cuántas veces por ir en busca del poder político, económico o social, de los bienes materiales o de lo superfluo de las marcas y de la moda, omitimos valorar en su exacta dimensión las bendiciones que la vida nos provee.
Es preciso que justipreciemos que nuestra vida está llena de maravillosos milagros que olvidamos valorar: la vida, la salud, la familia, la casa, los sagrados alimentos, los amigos, en síntesis la abundancia de bienes, vaya pues hasta que no seamos analfabetas y podamos compartir este artículo, mientras hay en el mundo más de 700 millones de seres humanos que se debaten en la pobreza del analfabetismo.
Para aprender a valorar los milagros que la vida te entrega se hace necesario que tengas la humildad de ejercer el poder de la gratitud, que auténticamente es eso, un poder que genera energía y te fortalece ante la vida.
Cuando estamos abiertos a dar las gracias hacemos uso de una ordenanza establecida para nuestro beneficio por el Señor, recuerda que mientras la ley de la gravedad atrae todo hacia el centro de la tierra, la ley del agradecimiento te eleva hasta el centro de la vida, que está en Dios.
En un acto de modesto encogimiento has una reflexión de las bendiciones por las que tienes que dar gracias a Dios el día de HOY; este viejo Filósofo da gracias por el milagro de la vida y la salud, por la familia y el amor, por el trabajo y la amistad, a ti por tomar el tiempo para leerme y a ésta mi casa Editora por la generosidad de darme un espacio para publicar mis artículos.
Que diferente sería tu existencia si cada nuevo amanecer inicias dando las gracias por las bendiciones que llenan tu ser, la palabra gracias además de que es medicina pura para el alma pues te sana hacia adentro y hacia afuera, es una expresión llena de la magia de la vida, que cuando se expresa desde el fondo del alma se vuelve extraordinaria.
Louise L. Hay, afirma que “aquellas personas que se han encontrado con fuertes retos y pruebas, como el sufrimiento, la enfermedad y la muerte de un ser querido, tienen un punto de referencia distinto. No se preocupan por las insignificancias y sienten especial gratitud por los más pequeños favores y bendiciones.”
Lo de la gratitud me recuerda la ocasión aquella en la que un borracho vio a una señora de negro que estaba sentada frente a él, tambaleante se le aproximó y le dijo:
–– ¡Hic! … mi negra vengo a darte las gracias porque hayas venido ¿Me permites bailar esta pieza contigo?
–– ¡NO!
–– ¡Hic! ¿Pero por qué no mi negra?
–– Por cuatro motivos muy simples −contestó la negra− primero porque está usted bien borracho, segundo, porque esto es un velorio, tercero, porque el Ave María no se baila y cuarto, porque mi negra será tu tiznada madre… ¡SOY EL CURA DE GÜÉMEZ!

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