Lo más importante del proceso electoral es la participación masiva y voluntaria de los ciudadanos, quienes votan para delegar una representación y dar un mandato a otros ciudadanos, en este caso dedicados a la política, recientemente o no. Es algo muy serio, no debiera disminuirse por ningún motivo, es el sustento de los ejes de la vida pública, es la acción de depositar en unos cuántos la confianza de todos. No siempre los partidos y los candidatos se colocan a la altura de la responsabilidad que adquieren por el sólo hecho de participar. Nunca estará de más insistir en la importancia de emitir el sufragio, hacerlo, además por siglas y personas concretas.

Hace 105 años se hizo la revolución con el lema de «sufragio efectivo, no reelección», para despedir a Porfirio Diaz y hacer valer el voto. Ese movimiento social nos hizo ganar el derecho al voto. Para honrar a esos valientes ahora hay que sufragar sin vacilaciones y sin conformismo, no caer en el fácil y hueco abstencionismo. Sobran razones para resistirse a la participación electoral, en especial el descrédito de buena parte de la clase política, nuestra casta autóctona; eso se puede compartir y entender, pero la ausencia no pesa al final, más allá de ciertos simbolismo. Las cuentas del sistema de partidos y la integración de la cámara de diputados se configuran a partir de los que votan, los abstencionistas y los analistas no determinan nada para esos efectos.

El voto es un derecho, el de decidir, de escoger al mejor o al menos peor, de premiar o castigar, de reconocer, de simpatía, útil, duro, blando, etcétera; el voto no es mercancía como lo acostumbran de manera corrupta y vil algunos en la práctica, envileciendo su esencia. Quienes llegan al cargo por la compra de votos son ilegítimos y en la práctica asumen compromisos ajenos a la ciudadanía. Esos representantes de papel se harán cargo de adulterar su función y corromper todo lo que los rodee. Se debe insistir mil veces más en que atrás de la credencial de elector se encuentra el poder popular, el que, en unos minutos, puede hacer ascender o descender a sus representantes, configurara la realidad política y hacer uso de un derecho fundamental: el de elegir para incidir en la vida pública, tan sana y normal como queramos a través de nuestra elección.

En el caso particular de Xalapa, estoy convencido de que se debe votar por la oposición, por lo menos por estas razones: a partir de mi experiencia independiente y eficaz, para propiciar equilibrios en nuestra vida pública y para expresar una sanción al partido tricolor por sus medidas negativas para nuestra comunidad. Escoger una oposición determinada ya entra en la libertad y simpatía del ciudadano, quien tendrá alguna idea concreta sobre el partido o persona a elegir. No me meto en lo particular con las candidaturas del partido oficial, por ahora podría ser cualquiera, para mi el problema de fondo es el sistema, que avasalla y abusa, que altera los equilibrios y que vuelve a la elección un proceso profundamente inequitativo. Elegir es un acto delicado, solemne y de gran responsabilidad, no se debe, por lo tanto, volverlo una rutina intrascendente.

Sin una elección libre, sobre la base de derechos e información, lo que surja de ella será irregular por definición, propiciando alejamiento de la gente y procesos de conformismo corrupto. La inercia no nos debe envolver, mucho menos atarnos de manos. Con todos los obstáculos, en medio de frivolidades, sin debates como tales, es mil veces preferible salir a votar; hacerlo con gusto, poner el ejemplo a los hijos, ser ciudadanos plenos, no dejar que otros decidan por nosotros. Al final, las leyes y los impuestos son aplicables para todos, no sólo para los votantes.

Evidentemente el PRI, caso Xalapa, le apuesta a una baja participación ciudadana y al predominio de su voto duro. Su prioridad es ganar la mayoría, como sea, aun sin cumplir con mínimos de una campaña: asistir a debates, registrar declaraciones patrimoniales y hacer propuestas serias. Nada de eso hay en la campaña del PRI en Xalapa, de tal manera que no justifica un voto a su favor. La acción gubernamental, con medidas incluso irracionales y de enorme costo para la ciudad, es un auténtico empujón para no votar por el partido tricolor.

Recadito: Mi voto es secreto, pero no lo haré por el PRI ni por el PRD.

Ufa.1959@nullgmail.com