—Te viste muy eficaz ayer, porque fuiste alimentando mi entusiasmo y ya me estabas haciendo caer en los oscuros senderos del pensamiento místico. Confieso que terminé por decir que “los celulares son mi karma”, cuando sabes que no creo en esas patrañas —el maestro me recibió con esas frases a manera de saludo—, y en las prisas hasta se me olvidó pagar el libro de Bakunin que me llevé ayer, pero en este momento acabo de cumplir mi deber de lector honesto, antes de que tú llegaras a la librería.
—No cree en el karma… —respondí entre preguntando y afirmando.
—Claro que no, ni en la reencarnación. Mi preparación como un científico humanista me lleva a ser objetivo, a creer en lo que existe, en lo que podemos ver y mensurar, y explicar racionalmente. No obstante, respeto a quienes tienen esas creencias, del mismo modo que exijo que respeten las mías (o mi falta de ellas, porque de creer, más bien no creo en nada). Aunque tengamos tantos ejemplos en contra, tantas muestras de hasta dónde puede llegar la maldad de ciertos individuos, yo tengo fe en el hombre, en sus acciones, en su bondad intrínseca. Y creo en la fuerza del pensamiento…
En ese momento sonó el celular del maestro, se le quedó viendo fijamente unos momentos y decidió tomar la llamada. Escuchó, dijo sí y no algunas veces como respuesta, y colgó… o más bien, terminó la llamada, porque “colgar el teléfono” era algo que se podía hacer cuando el auricular pendía de un aparato empotrado en la pared.
—¿Ves lo que te digo qué pasa con el celular? La llamada que tomé interrumpió mi línea de pensamiento y la sabrosa conversación que estábamos iniciando —me explicó, visiblemente molesto por la interrupción de que había sido objeto— ¡Y me llamaron para tratar ofrecerme en promoción una nueva línea telefónica! Como si no tuviera de más con la que padezco y debo pagar cada mes. Por eso trato de mantenerme alejado de la tecnología. Casi todas las comunicaciones que establecemos por la vía de los aparatos son basura: recibes memes, chistes prefabricados, conversaciones insulsas de personas desocupadas, promociones y anuncios engañosos, videos mal hechos, oraciones y buenos deseos totalmente innecesarios, composiciones cursis que te desean lo mejor de todo en la vida, consejos inapropiados… y encima está la amenaza permanente de ser objeto de un fraude cibernético o de un acoso telefónico o informático.
En ese momento, yo ya tenía ganas de aventar mi celular al bote de la basura, contagiado de las aprensiones del pensador. Hasta empecé a pensar en dar de baja la tablet que traía en mi portafolios, pero la plática del Gurú dio un vuelco.
—Y sin embargo… se mueve. Es cierto lo de la invasión de los imbéciles, es real que se desaprovecha en futilidades el 90 por ciento de lo que podría utilizarse de las redes … pero ¡qué maravilloso es el 10 por ciento restante! Tenemos en la mano y en un celular todo el conocimiento humano a nuestro alcance. Las tablets son una ventana al universo. Las computadoras nos permiten multiplicar geométricamente las posibilidades de nuestro trabajo, en el área que sea. Nunca como antes -y ya imagino cómo será en el futuro cercano- el hombre había tenido tal acceso a la información y a la comunicación con sus semejantes.
El maestro volteó, pidió la cuenta, hizo la pausa y exclamó como despedida:
—Es cierto que los aparatos tecnológicos son una molestia, que no nos dejan conversar, que nos quitan espacio y oportunidades para la reflexión, pero qué maravilla que podamos usarlos y aprovecharlos convenientemente.
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