—Disculpe, Maestro, pero voy a mover mi silla para no mirar a este tipo que me quedó de frente. No lo va a creer, pero fuimos amigos muy cercanos hace tiempo, hasta que tuvimos un problema que nos alejó definitivamente. Tiene años que no nos hablamos, y cuando coincidimos en un lugar yo lo ignoro completamente, como si no existiera.
—Ni lo ves ni lo oyes —comentó el maestro a manera de respuesta.
—Sí, considero que es lo mejor, porque es tanto mi enojo con él que si interactuáramos de alguna manera, terminaríamos confrontándonos violentamente, de palabra o por acción —dije mientras me ponía de espaldas de manera ostensible, para que mi enemigo se diera cuenta de mi movimiento.
—Vaya que debió haber sido muy grave el problema que tuvieron… —deslizó el filósofo, preguntando sin cuestionar.
—Nada que valga la pena mencionar aquí. Fue un asunto que prefiero dejar por olvidado y evito por eso hablar de él —contesté a su cuestionamiento sin pregunta.
—Bueno, mi querido Salta, pero si ya lo tienes en el olvido, si no lo guardas en tu memoria, ¿por qué sigues manteniendo el distanciamiento con esa persona? Olvidado el conflicto, se debería terminar la rencilla, ¿no?
—Olvido, pero no perdono, maestro —le traté de explicar mi posición.
—¿Olvido sin perdón? ¿Perdón sin olvido? —reflexionó el pensador en voz alta, se quedó en vilo un largo minuto y prosiguió—. No se me hace que sea una buena alternativa. Si al olvidar mantienes el recuerdo de la injuria, en realidad sigues recordando todo. Si el perdón no es integral, total, universal, no sirve de nada.
En estas alturas de la conversación me empecé a dar cuenta de que iba a desembocar en un consejo del Gurú para que arreglara cuentas con mi enemigo y me amistara con él nuevamente. Así que traté de cortar sus intenciones.
—Mire, maestro, estoy de acuerdo con su concepto del perdón y el olvido (aunque se me hace peligrosamente cercano a la concepción católica, jeje). Creo que lo podría aplicar en cualquier caso, excepto en éste. A ese individuo yo lo ayudé mucho durante muchos años, y a cambio solamente recibí ingratitudes y traiciones. A pesar de que gozaba de mi afecto, nunca dejé de saber que era un hombre muy conflictivo. A causa de su soberbio carácter y una gran irresponsabilidad profesional, no duraba en ningún empleo y no dudaba en pedirme que lo recomendara para otro cuando finalmente era despedido. Nunca, escúchelo bien, nunca me agradeció los trabajos que le conseguí, y con varias amistades comunes daba una versión diferente de los hechos, en la que resultaba que él era el que me había ayudado a mí. En su mundo inventado, los patos le tiraban a las escopetas.
—Haz el bien sin mirar a quien… si seguimos en el ámbito de la Biblia —acotó el pensador.
—Y en ese caso lo hice por años, hasta que un día me hartó. Cayó la gota que derramó el vaso cuando cuestionó mi amistad y pretendió que el malagradecido era yo. En ese momento me di cuenta de que toda la vida yo había sido el objeto de su envidia.
—Ajá, así que el problema fue porque tú lo ayudaste mucho y él nunca lo quiso reconocer. Debe ser una persona que sufre mucho, porque se mantiene a dos aguas entre el rencor y el afecto; entre el desprecio y la admiración.
En ese momento, el pensador miró su reloj, pidió la cuenta al mesero del café en el que estábamos, escuchó cómo le decía yo que pagaría el consumo, se levantó y me dijo a manera de despido:
—Mira, aquí ha salido otro par de conceptos sobre el que podríamos bordar un bonito análisis: la envidia y el agradecimiento —me detuvo el Gurú—, pero te propongo que lo dejemos para mañana, pues debo retirarme en este momento.
Y sin más se fue.
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