Tras semanas de espera, los resultados de la encuesta de Morena para elegir a su candidato a gobernar la Ciudad de México se dieron a conocer la semana pasada, confirmando lo que los observadores venían adelantando: No sería el perfil más calificado, ni la trayectoria más destacada lo que contaría en el proceso, sino la lealtad probada, es decir la ausencia de riesgo. De ahí que la decisión recayera en Claudia Shainbaum, fiel colaboradora de AMLO desde el año 2000

Si atendemos el curso de los acontecimientos, la encuesta de Morena podría haber sido una mera ficción. Con el parapeto de proteger la imagen de los cuatro aspirantes, la dirigencia de Morena no dio a conocer quien realizó la encuesta, su metodología, ni donde ni cuando ocurrió. Las encuestas paralelas que llevaron a cabo empresas prestigiadas, e incluso la que estuvo a cargo de reconocidos académicos de la UNAM, en la mayoría de las cuales Ricardo Monreal llevaba por mucho la delantera, fueron descalificadas por la dirigencia de Morena, dejando ver a las claras, que todo fue un ejercicio “a modo” del dueño de ese partido, Andrés Manuel López Obrador.

Los motivos saltan a la vista. AMLO un hombre obstinado, que buscará de nueva cuenta la presidencia de la República, tampoco se chupa el dedo, y sabe bien que ante una eventual derrota, la existencia de Morena solo será posible si tiene en la Ciudad de México su principal bastión.

De los cuatro aspirantes a la Jefatura de gobierno, solo Claudia Shainbaum garantizaba a AMLO su plena influencia en el gobierno capitalino, el segundo más importante después de la presidencia de la República.

Ricardo Monreal el aguerrido político zacatecano, que ha sabido manejarse con extraordinario acierto, sorteando en diversas ocasiones el rechazo y la exclusión de sus adversarios políticos; un hombre capaz de negociar con tirios y troyanos, constituyó desde un principio un grave riesgo a los ojos de López Obrador, por eso le cerró el paso.

Los otros dos aspirantes meros alfiles en este juego de ligas mayores, actuaron conforme al guion preparado: Martí Batres desempeño muy bien su papel de corifeo, consiguiendo la candidatura al Senado, y Mario Delgado, escudero de Marcelo Ebrard, su cuestionado arribo de último momento, fue para ampliar la baraja de aspirantes, buscando agregar con su posterior reconocimiento y apoyo a Shainbaum, visos de legitimidad a la polémica encuesta.

¿Qué sigue? La reacción de Monreal ha sido de gran firmeza, declarando que no busca premios de consolación sino que la dirigencia de Morena transparente la elección para corregir desaciertos. No se quedará en declaraciones, lo sabemos todos. Se trata de un perfil ganador con enorme arrastre popular sobre todo entre la población joven, de ahí que su próximo movimiento, sea que acepte ser postulado por alguna de las coaliciones, o que decida contender como candidato independiente, generará divisionismo en las huestes de la izquierda de la Ciudad de México, debilitando a Morena.

Ese es el punto que no calculó suficientemente López Obrador, acostumbrado a dictar su voluntad ante su pléyade de vasallos, no pudo o no quiso ver en Ricardo Monreal la horma de su zapato. Queriendo asegurar a toda costa su injerencia en el poderoso gobierno capitalino, ahora el riesgo de perder ese importante bastión de Morena, es infinitamente mayor. Al tiempo.

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