El pasado 15 de agosto se cumplieron 100 años del nacimiento de quien fuera arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero. Al asumir su cargo, era un obispo muy conservador. Precisamente por eso se le nombró. En ese momento nadie podía pensar el cambio que después vivió.

El asesinato del padre jesuita Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977, que había conocido en el seminario de San José, en San Salvador, en ese entonces dirigido por los jesuitas, fue el principio de la transformación de su pensamiento y la manera de enfrentar su responsabilidad como obispo.

En protesta por ese asesinato, en manos de la organización neofascista los Escuadrones de la Muerte, monseñor Romero anuncia que en adelante no asistirá a ninguna ceremonia del gobierno y tampoco a reuniones con el presidente de la República, que era la costumbre, hasta que no se aclare la muerte del jesuita y sus dos acompañantes.

El domingo siguiente al asesinato, monseñor Romero suspende las misas en la arquidiócesis, para celebrarse sólo una a las afueras de la catedral de San Salvador concelebrada por 150 sacerdotes y con la asistencia de más de 100,000 personas. El obispo salvadoreño inicia entonces su proceso de cambio.

El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, en San Salvador, un francotirador le dispara desde la calle. La orden del asesinato viene del mayor Roberto D’Aubuisson, que después funda el partido Alianza Republicana Nacionalista. Él también es responsable intelectual de la muerte del padre Grande.

A la muerte de monseñor Romero pronto hay iniciativas para iniciar la causa de beatificación. Comienza el proceso, pero lo frena el papa Juan Pablo II, de mentalidad conservadora y poco capaz, en su anticomunismo producto de su experiencia polaca, de entender la realidad de América Latina. En su visión, monseñor Romero es un seguidor de la teología de la liberación y esto lo descalifica, para los altares.

En el pontificado de Benedicto XVI, también conservador pero ilustrado, se retoma la causa que se acelera con la llegada del papa Francisco, hombre con sensibilidad y compromiso social que entiende muy bien lo que significa la figura de monseñor Romero, para la iglesia de América Latina y también mundial.

Ahora el papa está comprometido con la causa de beatificación del padre jesuita Rutilio Grande, el amigo de monseñor Romero. El sucesor de Pedro, en su viaje a México, en la reunión que tuvo con el equipo de gobierno de los jesuitas mexicanos les dijo que el proceso iba muy avanzado.

El 23 de mayo del 2015, monseñor Romero fue beatificado en una misa al aire libre en San Salvador a la que asistieron miles de simpatizantes de este personaje singular, admirable por su congruencia. La iglesia, en él, ponía como ejemplo a seguir a alguien asesinado por su lucha a favor de la paz y la justicia.

En el 2018, se espera que monseñor Romero sea nombrado santo de la Iglesia católica.

Hoy se sigue oyendo con fuerza una frase dirigida a los militares en su última homilía en la catedral de San Salvador, días antes de ser asesinado: “En nombre de Dios y de este pueblo sufrido… les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, cese la represión”.

Twitter: @RubenAguilar