—Atrás de todo, está la necesidad que tanta gente tiene de ejercer el control, un control, cualquier tipo de control. Es el azote de nuestro tiempo… —nos había dicho el Gurú antes de despedirse y pasaron dos días para que regresara a nuestra mesa.
Lo hizo como era su costumbre: llegaba y se sentaba como si siempre hubiera estado ahí, sin dar alguna explicación por sus ausencias. Y retomaba la plática muy en el espíritu de Fray Luis de León, quien después de estar cuatro años en la cárcel (del 27 de marzo de 1572 al 7 de diciembre de 1576) regresó a su cátedra en la Universidad de Salamanca, subió al estrado y, como si el tiempo no hubiera transcurrido, empezó su clase con la frase “Decíamos ayer”… (bueno, lo dijo en latín, porque se enseñaba en esa lengua; “Dicebamus hesterna die”…).
Así que el maestro se sentó a nuestra mesa y sin ningún rodeo siguió con la conversación que había dejado pendiente:
—La necesidad que tienen los seres humanos modernos de controlarlo todo, es el azote de nuestro tiempo. Viene por un lado de la costumbre que tienen los padres de controlar la vida de sus hijos, que viene a ser una extensión de la obligación de formarlos, impuesta por la ley natural pero también por las leyes humanas. Ese control, que surge de la experiencia de educar a los hijos mediante consejos sobre la vida cotidiana, es una forma de poder que muchos progenitores disfrutan y, en casos enfermizos, llega a ser excesivo por la vía de la violencia, ya física o mental.
Ese control muchos lo quieren extender hacia los demás, y de ahí surge nuestro deporte nacional: el de dar consejos gratuitos a quien se nos ponga enfrente.
En este momento, cada uno por su parte estaba pensando en darle un buen consejo a nuestro filósofo, pero él no soltó el hilo de la plática y nos dejó con las ganas de ejercer nuestro control.
—Y yo digo que ésa es una costumbre pecaminosa, y más porque regularmente quien da un consejo no tiene el conocimiento o la especialización necesarios: el paciente le dice al doctor qué medicina le conviene más, el lector le dice al escritor como mejorar su texto, el paria le dice al rico cómo manejar su caudal, el aficionado le dice al técnico como conducir a su equipo, el borracho le dice al cantinero cómo servir los tragos… Es nuestro deporte nacional, pero qué malos consejeros somos.
—Oiga, maestro —alcancé a comentar—, pero también dice el dicho que quien no oye consejos no llega a viejo.
—Para nada estoy en contra de un buen consejo. Y voy a tratar de decirte sus características: debe ser emitido con la mejor intención, que provenga de alguien que sea conocedor del tema y que se proponga no como una orden imperiosa, sino como una insinuación que el destinatario puede tomar en cuenta o no. El problema es con ese tipo de consejos que se dan solamente con el fin de imponernos sobre nuestro interlocutor: “Tú lo que debes hacer es…”
En ese momento, una mariposa llegó volando y se posó en el hombro del Gurú.
—Vean lo que acaba de suceder. Esta mariposa decidió posarse en mi hombro, pero podría decirles que lo hizo porque yo se lo ordené, gracias al poder de mi mente o de mi espíritu. Tenemos tal necesidad de controlar, que queremos que cualquier acto fútil de la naturaleza o de nuestros semejantes sea un resultado de nuestra voluntad personal.
El pensador se detuvo, tomó unos segundos para reflexionar y nos concedió su conclusión:
—He ahí una dicotomía: control y libertad. El controlador no deja que los demás sean libres, porque no los deja hacer las cosas por ellos mismos, y por ello no les permite que se desarrollen como seres humanos cabales. Pero él también se vuelve reo de su insensatez, porque pierde la más preciosa parte de su tiempo tratando de que los demás hagan lo que él quiere, exactamente como él quiere. El hombre feliz, el hombre completo, el hombre poderoso, es aquel que deja a todos que hagan su soberana voluntad, y así tiene tiempo de hacer la suya propia.
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