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Excélsior / JUAN CARLOS TALAVERA

El escritor turco Orhan Pamuk (Estambul, 1952) se autodefinió como un cazador de detalles cuya religión es la literatura, un autor que acude a la historia como una especie de imaginación romántica, que escribe por necesidad, que confía en la inmortalidad de las bibliotecas y que desea la libertad de expresión en Turquía. Así lo dijo ayer durante la apertura del Salón Literario Carlos Fuentes, en el marco de la 32 Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

“Escribo porque tengo una necesidad innata de escribir. Escribo porque no puedo hacer el trabajo normal como otras personas. Escribo porque quiero leer libros como los que escribo, porque estoy enojado con todos ustedes y estoy enojado con todo mundo”, expresó ante un auditorio lleno.

“Escribo porque me encanta estar encerrado todo el día. Escribo porque solamente puedo participar en la vida real cambiándola. Escribo porque quiero que todos sepan qué tipo de vida llevamos en Estambul, en Turquía. Escribo porque amo el olor del papel, la pluma y la tinta. Escribo porque creo en la literatura y en el arte de la novela más de lo que creo en cualquier otra cosa”, añadió antes de que le fuera impuesta la medalla Carlos Fuentes de manos de Silvia Lemus.

Autor de libros como Me llamo rojoNieve y El museo de la inocencia, reconoció que a menudo le preguntan cuál es su religión: “Esa es una pregunta provocadora en Europa, y mi respuesta directa es: mi religión es la literatura”.

Y luego continuó con su argumentación sobre las razones que lo llevan a escribir: “Escribo porque me gusta que me lean. Porque una vez que inicio una novela, un ensayo, una página… quiero terminarla. Escribo porque todo mundo espera que yo escriba, porque tengo la creencia infantil en la inmortalidad de las bibliotecas, en la manera como mis libros están asentados sobre un anaquel. Escribo porque es emocionante convertir todas las bellezas y maravillas de la vida en palabras.

“Escribo no para contar una historia, sino para componer, a veces, una historia y hacer a través de la acrobacia y la metafísica de la ficción. Hay tantas razones, pero hay una razón final: porque deseo escapar de mi sueño de que existe un lugar al que tengo que ir pero no logro llegar, es un tema continuo con el que estoy lidiando. Quiero ir a una parte y no puedo llegar. Así que escribo porque quiero a ese lugar y escribo porque nunca logro ser feliz, escribo para ser feliz”, añadió.

El Premio Nobel de Literatura 2006 agregó: “Soy un escritor feliz, aunque a lo mejor no soy una persona feliz, pero durante cuarenta años todas las mañanas me he levantado, me siento frente a la mesa y empiezo fresco”.

Recordó que cuando habla de escribir lo primero que le viene a la mente no es una novela o un poema, sino que se imagina como una persona que se encierra en una habitación, que se sienta frente a una mesa y, solitario, mira hacia dentro, porque el escritor es una persona que construye un mundo nuevo con las palabras.

“Y mientras estoy meses y años frente a mi mesa, agregando palabras a la página en blanco, siento como si estuviera creando un mundo nuevo, como si hiciera que cobrara vida a esa persona que vive en mi interior, de la misma manera como una persona construye un domo o un puente, piedra por piedra, palabra por palabra”.

FICCIÓN MODERNA

En su discurso –que comentó Jorge Volpi–, también habló sobre la inspiración: “El secreto del escritor no es la inspiración porque nunca queda claro de dónde surge. Es su terquedad y su paciencia; ese bonito dicho turco que se refiere a cavar un pozo con una aguja, estaba pensando en los escritores, en las viejas historias que me encantan, en la paciencia de los amantes que excavan montañas en aras del amor”.

Un escritor, añadió, debe tener la paciencia para encerrarse en sí mismo y tener la capacidad artística de contar las historias de otros como si fueran las propias y contar la historia propia como si fuera de otros.

“Yo empecé a escribir de gente que conozco, de mis amigos, de colonias y lugares en donde crecí. Al principio nunca me consideré un escritor de Estambul, pero siempre los temas eran los esenciales: la familia, las amistades y gente con la que uno convive, nuestros conocidos; todo escritor empieza con todo lo que conoce mejor… Yo quería escribir ficción moderna urbana, pero al principio escribía sobre mi colonia fundada a mediados del siglo XIX”.

En la última década, dijo, cambió su interés a otras partes de Estambul. “Quería decirle a mis lectores que sí soy un escritor de Estambul pero que en mi perspectiva existen dos caras de Estambul”. Tal como Carlos Fuentes vio lo mismo en  la Ciudad de México.

“Nunca olvidaré el día que empecé a leer La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, donde hay una influencia de la novela francesa narrada en  segunda persona del singular y un poco de historia. Me parece que leí este libro en inglés porque todavía no se había traducido al turco. Yo reconozco la importancia de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges y García Márquez.

“Estas influencias son importantes para mí porque cuando el boomlatinoamericano inició apenas comenzaba mi posición como autor y me sentía provincial, fuera del centro, el boom me ayudó a decirme a mí mismo que podía existir un boom literario musulmán”, expresó Pamuk.