Para quienes gusta el deporte blanco (tenis), van a estar de acuerdo con lo que a continuación voy a escribir. De finales de los años 60, que fue cuando el deporte de las raquetas me empezó a llamar la atención. En todo ese tiempo siguiendo los principales torneos –Grand Slam (golpe), se les dice-, en donde he tenido la oportunidad de ver un tenis de muy alta factura con exponentes como Jimmy Connors, Ivan Lendl, Björn Borg, Pete Sampras, Andre Agassi, John McEnroe, Ilie Nastase, Boris Becker, Mats Wilander y Stefan Edberg, entre otros grandes tenistas, la generación actual que domina los principales torneos, es, sin duda, la de mayor brillantez en la historia del deporte blanco a nivel profesional, sino mire usted: Rafa Nadal, impresionante fuerza, pundonor y coraje; Novak Djokovic, frío, preciso y calculador; Andy Murray, alma, vida y corazón; Juan Martín del Potro, orgullo, coraje y entrega, pero el que está por encima de estos y de los ya históricos anteriormente nombrados es la “maquinaria de precisión suiza”, Roger Federer, a quien he venido siguiendo en estos días a través del Australia Open y ¡qué bárbaro, qué jugador!, sin par. En cuatro palabras y a sus 37 años lo describiría: genial, elegante, sereno y muy efectivo. Qué clase de atleta nos tocó ver desempeñarse sobre los rectángulos de 8.23 metros por 23.77. Si viviera y lo hubiera visto jugar, estoy seguro que ya le hubiera compuesto un pasodoble el flaco de oro, Agustín Lara. Lo escribe Marco Aurelio González Gama, directivo de este Portal.