Se estrenó ‘Vice’ (‘El vicepresidente: Más allá del poder’ en México y parece que en toda Latinoamérica) es un retrato –biopic se diría hoy- perfectamente logrado sobre Richard Dick Cheney, quien fue el vicepresidente (46) de los Estados Unidos en ese azaroso periodo presidencial de George Walker Bush. La película fue dirigida –y escrita- por Adam McKay y es protagonizada por un elenco estelar que encabezan un formidable Christian Bale como Dick Cheney y por Amy Adams como su esposa, además de Steve Carell (‘Superagente 86’), Sam Rockwell (sensacional encarnando a George W. Bush) y Bill Pullman (‘El Día de la Independencia’). La trama cuenta la historia del ex vicepresidente de EUA, Richard Cheney, mejor conocido por el alias ‘Dick’.

Cuando uno ve una película como esta, que pone a la (verdadera) naturaleza del poder político y a los hombres del poder a trasluz, resulta que es cuando más se da uno cuenta de su ambigüedad. Y es que el poder, probablemente la mejor herramienta inventada por el hombre para organizar al tejido social, es, por propia naturaleza, contradictorio, irracional las más de las veces, salvaje, implacable, colérico y violento, muy alejado de los ideales aristotélicos de que las tareas del gobierno las deben asumir los mejores, los mejor preparados, los mejor dotados intelectualmente hablando.

Con ‘El vicepresidente: Más allá del poder’, se confirma la idea del Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz, de que la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios, es decir, si los tienes úsalos, con eso vas a justificar a los fines. La ética del poder para algunos líderes políticos estadounidenses es muy distinta de la ética política que tienen otros líderes en el mundo. Los gringos tienen muy metido en la cabeza que ellos son el vértice (el entrecruce) que ha moldeado al mundo desde el nacimiento de su nación cosa que el propio Benjamín Franklin enarbolaba cuando sentenció que el “por qué de Estados Unidos era (fue) el por qué de la humanidad” (Letras libres 31 de mayo de 2003).

Ese es el resumen que McKay nos pinta la naturaleza despiadada del poder en una muy bien construida cinta que es, para los que nos gusta estudiar el poder y la política, como la reedición de ‘El Príncipe’ de Maquiavelo llevada a las pantallas cinematográficas. El camaleónico actor Christian Bale está más que espléndidamente repudiable en su papel de Cheney. Por cierto, para que vean el tamaño de su interpretación, Bale al recibir el Golden Globe como Mejor Actor en la categoría de comedia, le agradeció a Satán haberlo inspirado para tan diabólico papel, alusión que no pasó desapercibida para la organización satanista “The church of Satan” quien a través de su cuenta oficial de Twitter señaló: “Para nosotros, Satanás es un símbolo de orgullo, libertad e individualismo, y sirve como una proyección metafórica externa de nuestro mayor potencial personal. Como el talento y la habilidad del señor Bale le ganaron el premio, esto es apropiado. ¡Salve, Christian! ¡Salve Satanás!”.

Y es que no es para menos. Su excelsa actuación que describe cómo un obscuro y mediocre aprendiz de halcón empieza a trepar eludiendo hábilmente los entresijos de la política estadounidense, y de cómo va escalando posiciones burocráticas a partir de un perdido rincón de la Casa Blanca hasta lograr convertirse en el vicepresidente probablemente más poderoso de la historia reciente de los Estados Unidos, y también, en el más catastrófico y costoso que movía atrás mano los hilos del poder manipulando a su antojo y de acuerdo a sus intereses al probablemente más débil de los presidentes estadounidenses.

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@marcogonzalezga