Juan Noel Armenta López

Eran como las cinco de la mañana cuando salimos del pueblo de la montaña rumbo a la zona costera. Al llegar a la carretera sentimos de inmediato el aire suave y tibio que venía del mar. Bajo la higuera blanca esperamos el camión de pasajeros que nos traería a la ciudad. Enfrente de la parada del camión estaba la casa de doña Justina. Por las viejas tejas de la casa salía humo con sabroso olor a frijoles y epazote. Pusimos en el suelo los cartones amarrados con mecate en donde traíamos la ropa. Atrás habíamos dejado dolor en la familia por nuestra partida. Nos veníamos a Xalapa en busca de una mejor vida. ¡Váyanse de aquí!, no sean como la telaraña que está en esa alfajía y que desde que tengo uso de razón no se ha movido, dijo la abuela señalando el techo de la desvencijada casa. Encontramos acomodo para dormir en la Liga de Comunidades Agrarias. Don Agustín Alvarado, líder de la liga, siempre fue muy amable. Una carta del comisariado ejidal del pueblo, dirigida a don Agustín, fue la patente de corso protectora para asegurar un lugar de descanso. Encontramos trabajo en la granja La Paz de don Manuel Piñero. Trabajamos también en la dulcería La Campana de don Juan Morales. Cuando el hambre apretaba, nos íbamos de peones para echar el colado en las construcciones allá por el Museo de Antropología. También aprendimos a embobinar motores con el señor Miguel Matus. Pero lo que aprendimos bien fue a tomar alcohol en el espléndido bar El Submarino. Nos apuntamos en la secundaria nocturna para obreros. Y empezamos a conocer un mundo fascinante: la música de la Orquesta Sinfónica de Xalapa, exposiciones de pinturas y esculturas, teatro, conferencias, mesas redondas, congresos, y mucha literatura. Aunque admito que lo que más nos gustaba era oír hablar a la gente de Xalapa: esas voces armoniosas, moduladas, profundas, claras, voces cultas finalmente. Un día de noviembre entré al Café de la Parroquia, propiedad de don Abel, en busca de algo que mitigara las certeras puñaladas del frío. Sin duda había algún evento político porque mesas y pasillos estaban atestados de gente con traje y corbata. Los cristales del local sudaban por el calor corporal de tantas personas. Busqué mesa y no había. Pero al voltear hacia el lado derecho me encontré con un señor que tranquilamente sentado hojeaba un periódico. Al parecer el señor no se percataba de la algarabía política. Lo recuerdo bien, porque vestía una chamarra negra abrigadoramente cerrada, como yo había querido tener una para soltar ese suéter rayado que me amenazaba con encarnar. Y como luego dicen que la ignorancia es atrevida, y vaya que tienen razón quienes así lo dicen, pues me encaminé hacia donde estaba el señor. Le pedí permiso con mucho respeto para tomarme un café en su mesa. Claro, le dije, si eso no interrumpe sus pensamientos. El señor levantó la vista y me vio con curiosidad. Seguidamente esbozó una leve sonrisa. Siéntese por favor, le invitó el café, me dijo e hizo un ademán con la mano izquierda señalando una silla vacía. Muchas gracias, le respondí. Y como si entrara a su mundo con pasaporte abierto, omitiendo a los encorbatados presentes, le dije que yo era de un rancho llamado la Cruz de la Concordia. Se lo dije como presumiendo de mi rancho para poder iniciar una plática. Y luego le pregunté: ¿Y usted, de dónde es? De Misantla, me dijo, sin agregar más. Oiga, pues yo tengo familia en Misantla, quizás hasta conoce a alguno de ellos, soy de los Armenta, le dije con voz firme. Conozco algunos, me respondió, sin agregar más. Y como si el señor me hubiese preguntado, supuse ya en confianza, me solté hablado de mi pueblo: de las bellezas de los paisajes, de los arroyos, del cielo azul, y hasta de ese desgraciado ciclón que nos dejó desnudos cuando devastó la Sierra Madre. Volvió a sonreír el señor, y yo seguí hablando, claro que lo hice para pagar mi café aunque fuera con una “buena plática”. Después de un rato pagó la cuenta, nos paramos, le di las gracias, me extendió la mano, y al despedirse me dijo: si alguna vez le puedo ayudar, búsqueme, soy Froylán Flores Cancela. Esta bueno, le dije, y se fue. Nunca necesité ayuda, pero nunca olvidé que don Froylán me tendió su mano generosa dentro de un mundo adverso. Con el tiempo supe quién era don Froylán: supe de su impecable y proba trayectoria, su seriedad, la sabiduría de su pluma y, por supuesto, su gran generosidad. De lejos seguí viendo a don Froylán: su premio nacional de periodismo, sus sorprendentes análisis de la política, aquellas entrevistas con gente del más alto rango político y cultural. Pero todo lo que se pueda decir de don Froylán sería poco, comparado con su sólida calidad humana. Agradecido como muchos depositamos en su brillante testa una corona de laurel a su amplio don de gentes. Gracias Zazil.Doy fe.