Penal de Islas María, allá por el año 1932. El barco Progreso había bordeado la isla María Cleofas, y momentos más tarde, bordeó a la María Magdalena. Navegaba con cierta lentitud cautelosa, se podría decir tímidamente. Sobre cubierta los marineros ya maniobraban aprestando el ancla, acomodando cuerdas. ¡Las islas! La María Magdalena quedó atrás y el barco Progreso viró entonces del sur de la isla María Madre hacia su costado este, allá donde las olas se estrellaban con grandiosa majestad. Al bajar a tierra un terrible miedo se apoderó de todos los presos. Los “políticos” se formaban en el último extremo, atendiendo a la voz de mando que decía: ustedes aparte, dijo un oficial a los “políticos”, vienen muy bien “recomendados”. El paisaje que se ofrecía era majestuoso e imponente. De un lado el mar azul, con esa hermosa transparencia que permitía ver la quebrada arena del fondo, las móviles estrellas marinas y todo ese mundo caprichoso de las conchas y los caracoles. Del otro, una vegetación exuberante, con un verde intenso que trepaba por el cielo mágicamente emulando una decoración de teatro suspendida en el aire por invisibles alfileres. Una brisa aromática soplaba del norte y era tan singular aquello, que el pensamiento volaba por el océano aproximando las distancias e imaginando tierras remotas. Islas verdes y azules con tonalidades cambiantes al ritmo del movimiento continuo de las olas. En la isla, el polvo era fino y caliente. Los pies, que sudaban dentro de los zapatos, se hundían con desesperada fatiga en el camino blanco e infernal bajo aquella atmósfera ahogada. Las zarzas, sedientas y malévolas, bordeaban aquella cinta blanca. Por el Borbollón, un calor infernal parecía introducirse en las articulaciones de los huesos y en las ventanas de la nariz donde se mezclaba con resecas mucosidades. El monte era nutrido, compacto. Por entre sus altas ramas no se advertía el cielo y apenas unos rayos de luz oblicua, verde, sombría como la que se cuela en los templos, entraba sordamente. El Chato descendió por fin de su caballo dispuesto a esperar que los colonos formasen. Entre tanto Maciel le daba toda clase de pormenores sobre el Charro y las causas por las que se le infligió un castigo tan ejemplar. Los colonos, cerca de doscientos hombres, ya estaban formados en doble fila, listos para escuchar al oficial. Al pie de la incipiente arquitectura de la comandancia, había un grupo examinando algo tendido en el suelo. Eliezarrarás, inclinado sobre aquello, hacía movimientos presurosos como si una cosa muy grande se le fuese a escapar. Era el cuerpo tendido de un hombre, con pies descomunalmente hinchados, de un pecho enorme como panza de caballo. Respiraba este hombre con trabajo y con terror sin pronunciar una sola sílaba. Haciendo de enfermera, estaba la madre Conchita, que formaba parte de los “políticos”. La madre Conchita era la asesina intelectual de Obregón en aquel hecho de la Bombilla. En un rincón de la barraca de mujeres, Soledad lloraba sin descanso. Los cabellos castaños de Soledad le caían por encima de la frente inclinada, y parecía como si en lugar de lágrimas fuesen los propios cabellos los que brotaban de sus ojos. El campamento estaba en paz. Las luciérnagas se apagaban y encendían como retando a la oscuridad.
Tales fragmentos forman parte de Los Muros de Agua, aquella obra literaria de José Revueltas en donde desnuda en escena por primera vez sus dos compromisos: el político y el literario. Los Muros de Agua fue escrita en 1940 y publicada al año siguiente. Los Muros de Agua recogen algunas de las impresiones durante dos forzadas estancias que José Revueltas pasó en las Islas Marías, la primera en 1932 y la segunda en 1934. En vez de hablar sobre la obra citada de José Revueltas, Los Muros de Agua, preferí transcribir párrafos de la misma. Desencajé del texto literario de José Revueltas, partes de su obra para difundir la magnitud de la pluma del autor. Pido comprensión, si en algo tergiversé alguna idea sin pretenderlo. Con Muros de Agua, como con otras obras como El Apando, el gran José Revueltas vive con nosotros. Hoy el penal de Islas Marías después de casi un siglo de ser un centro penitenciario fue cerrado para siempre y guarda en sus tierras aquellas historias que en su mayoría fueron de terror y de sufrimiento. Gracias Zazil. Doy fe.