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Crónica del Poder

La entrada en Jerusalén. En este día, 14 de abril de 2019, celebramos el Domingo de Ramos De la Pasión del Señor, Ciclo C, en la liturgia de la Iglesia Católica como inicio de la Semana Santa. En esta celebración, la Iglesia recuerda la entrada de nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén para consumar su misterio pascual. La ceremonia comienza con mucha alegría: ¡Hosanna al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¡Hosanna en el cielo! Enseguida, se proclama la siguiente exhortación: “Después de habernos preparado desde el principio de la Cuaresma con nuestra penitencia y nuestras obras de caridad, hoy nos reunimos para iniciar, unidos con toda la Iglesia, la celebración anual de los misterios de la pasión y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, misterios que empezaron con la entrada de Jesús en Jerusalén. Acompañemos con fe y devoción a nuestro Salvador en su entrada triunfal a la ciudad santa, para que, participando ahora de su cruz, podamos participar un día de su gloriosa resurrección y de su vida”. Posteriormente, se hace esta oración: “Dios todopoderoso y eterno, dígnate bendecir estos ramos y concede a cuantos acompañamos ahora jubilosos a Cristo, nuestro Rey y Señor, reunirnos con él en la Jerusalén del cielo”.

El Mesías humilde. En seguida, se proclama el pasaje evangélico del ingreso a Jerusalén, según San Lucas (19, 29-40). Jesús y sus discípulos se acercan a Betfagé y Betania, a la cabeza de la comitiva que se dirige a Jerusalén. Cuando está por llegar al Monte de los Olivos, situado al frente de la ciudad, envía a dos de sus discípulos para que le traigan un burrito nuevo, aun no montado por nadie. Jesús ha decidido entrar en Jerusalén montado en esa cabalgadura. En los cuatro evangelios, este relato muestra cómo Jesús ha querido cumplir la profecía de Zacarías (9, 9-10) cuyo relato anuncia la llegada de un Mesías justo y humilde, no a caballo ni en carro de guerra, sino montado en un asno y presentándose como el Príncipe de la paz (Is 9, 5). Mientras Jesús se dirige a la ciudad, los discípulos extienden sus mantos en el camino, tributándole el homenaje debido a los reyes. Cuando llegan a la bajada del monte, todos prorrumpen en cantos de alabanza a Dios y aclaman a Jesús como el Rey que llega. Los dirigentes del pueblo y algunos fariseos ordenan a Jesús que reprenda a sus discípulos por aclamarlo como rey. Sin embargo, Jesús los defiende: “Les aseguro que, si ellos se callan, gritarán las piedras”.
La Gloria y el Dolor. El Domingo de Ramos es una celebración de gloria y dolor. Empieza con una entrada triunfal y se vuelve sobria y dolorosa con las lecturas de la liturgia de la Palabra, que presentan el drama de la pasión y de la cruz. La lectura del Profeta Isaías (50, 4-7) habla del misterioso Siervo del Señor, que escucha con oídos de discípulo, que conforta con palabras de aliento al abatido, que es insultado y golpeado, pero que pone toda su confianza en Dios. El Salmo Responsorial 21, será recitado por Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado”? La Carta a los Filipenses (2, 6-11) presenta a Cristo, el cual, siendo Dios, no se aferró a las prerrogativas de su condición divina, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres. Se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó la muerte, y una muerte de cruz. Por eso todos deben reconocer que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. El relato de la Pasión, según San Lucas (22, 14-23. 56), recalca su inocencia declarada por Poncio Pilato y por el oficial romano que lo ve morir en la cruz. Lucas exhibe a las autoridades judías como incapaces de descubrir en Jesús al Mesías esperado; a Poncio Pilato como incapaz de respetar la verdad y actuar con justicia; al codicioso Judas como traidor de su amigo y Maestro; a Pedro, Santiago y Juan como dormilones incapaces de acompañar a Jesús en su amarga prueba; al presuntuoso Pedro negando tres veces conocer a Jesús. Finalmente, la Oración Colecta de esta misa nos exhorta: “Dios todopoderoso y eterno, que has querido entregarnos como ejemplo de humildad a Cristo, nuestro Salvador, hecho hombre y clavado en una cruz, concédenos vivir según las enseñanzas de su pasión, para participar con él de su gloriosa resurrección”.

+Hipólito Reyes Larios
Arzobispo de Xalapa

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