Veo el reporte de la situación por la que atraviesan los institutos de salud pública, por lo demás heroicos, y se me cae el alma a pedazos. Aún recuerdo la primera vez que fui a pedir informes para que me atendieran de un padecimiento que ya se me estaba manifestando inquietantemente. Todo había comenzado años atrás con unos movimientos anormales de mis manos al comer que no me gustaban. Paso el tiempo y me hice un paciente asiduo del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía ‘Dr. Manuel Velazco Suárez’, y luego por fortuna leí ‘El cerebro de mi hermano’ de Rafael Pérez Gay y me hermané aún más a la institución. Me convencí de la grandeza de esa y de las demás instituciones de salud pública, que son como el último asidero que tenemos algunos con la vida plena, o a lo poco que le queda a muchos de ella. Ahí he presenciado las escenas más desoladoras de quienes padecen una enfermedad del cerebro, lo digo sin sentimentalismos por lo que el que esto escribe tiene. Es tanto el trabajo que desarrollan dada la cantidad de gente enferma que atienden, que me han hecho estudios de tomografía computarizada del cerebro a las ¡11 de la noche!, y admirablemente ahí están los médicos, los técnicos y las enfermeras al pie del cañón atendiendo pacientemente a los enfermos de ese misterio sin resolver aun que es el cerebro humano. Lo publica Marco Aurelio González Gama, directivo de este Portal. Foto de “Cubasi”.