La concesión del Nobel de Literatura 2008 al escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio era, según los pronosticadores literarios, la crónica de un premio anunciado. O filtrado, como reconoció entonces el mismo secretario permanente de la Academia Sueca, Horace Engdahl: “Tengo una fuerte sospecha de que esta vez hubo una filtración en el sistema”. La duda del responsable de anunciar al ganador del premio proviene de una sorpresiva cantidad de apostadores que desde tres años antes escogieron correctamente a Le Clézio como el candidato con más posibilidades para obtener el codiciado galardón de las letras universales, recibidas por la agencia de apuestas Ladbrokes los días previos al anuncio oficial el primer jueves del octubre de 2008. Ladbrokes vio un incremento tal en las conjeturas sobre Le Clézio que decidió interrumpir las apuestas un día antes: “De pronto había más y más apuestas por él. Las probabilidades se fueron de 15 a 1 a menos de 2 a 1. Ahí fue cuando decidimos cerrar”, dijo Lasse Dilschman, director de la división nórdica de Ladbrokes. Engdahl relató por su parte que el fin de semana previo al anuncio aquel octubre se encontraba en París y que estaba leyendo las últimas páginas de un libro de Le Clézio mientras se dirigía al aeropuerto para tomar un vuelo de regreso a Estocolmo. Sin embargo, negó que eso haya sido lo que provocó las conjeturas sobre el escritor galo, “porque cuando leía la más reciente obra de Le Clézio no dejé ver de qué libro se trataba”, contó Engdahl, quien declaró entonces que Estados Unidos era demasiado cerrado e ignorante como para competir con Europa como centro del mundo literario, por lo que muchos seguidores del Nobel de Literatura le apostaron a un ganador europeo y ese fue el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, autor de una media centena de libros nada convencionales, místicos y poéticos, entre novelas, ensayos, relatos breves, traducciones de la mitología amerindia, libros de fotos y cuentos para jóvenes y niños. Mucha de su obra es considerada de denuncia social, en la que arremete contra el materialismo del mundo desarrollado y denuncia la situación de los más débiles y los excluidos. De hecho, eso le valió la descripción que hizo la academia de su obra y lo definió a él como “un autor de nuevas corrientes, aventura poética y éxtasis sensual, explorador de una humanidad que trasciende la civilización reinante”, lo que el escritor galo consideró “muy laudatorio”. Luego de conocer la noticia, el autor de obras traducidas al castellano como El africano, El pez dorado, La cuarentena, Diego y Frida, El atestado, Onitsha, Desierto, El buscador de oro y El diluvio aseguró: “No estoy seguro de merecerlo”, para luego agregar: “Pero después de todo, ¿por qué no?”. En una conferencia de prensa en la sede de la editorial Gallimard en París, procedente de un vuelo de Corea y con rumbo a Canadá, Le Clézio negó en aquel entonces que las artes francesas hubieran perdido peso, como aseguraba un artículo de la revista Time bajo el título de La extinción de la cultura francesa: “Yo lo niego”, señaló el escritor considerado un trotamundos y quien en 2008 radicaba en Albuquerque, Nuevo México: “La cultura francesa es muy rica y muy diversa. No creo que corra el riesgo de desaparecer”, dijo. Él mismo constituye un símbolo de la diversidad francesa: aunque nació en Niza en 1940, tiene doble nacionalidad con la isla Mauricio, de donde es su familia: originaria de Bretaña, había emigrado a esta parte del mundo a finales del siglo XVIII, cuando todavía era una colonia francesa. Cuando pasó a manos británicas se convirtieron en súbditos de la corona. Por eso afirma que el Océano Índico es el lugar donde se siente más a gusto. Le Clézio, quien ha dicho que leía al escritor sueco Stig Dagerman cuando recibió la llamada que le informó que había ganado el Nobel, confesó ser un gran admirador de la cultura hispanoamericana y especialmente de los indígenas de México, donde vivió 12 años: “Esa experiencia cambió toda mi vida, mis ideas sobre el mundo del arte, mi manera de ser con los otros, de andar, de comer, de dormir, de amar y hasta de soñar”, dijo el escritor que en 1967 fue enviado a la Ciudad de México por el gobierno francés a cumplir su servicio militar e impartió clases de lengua y literatura francesas en el IFAL, después se trasladó a Michoacán, a los pueblos de Jacona y Angahuán, donde aprendió náhuatl, maya y purépecha. “El servicio militar era obligatorio para todos los jóvenes franceses, pero como no había guerra los estudiantes podíamos hacer el servicio de manera civil, es decir, trabajando para el gobierno francés pero en el extranjero”, recordó el investigador francomexicano Jean Meyer y quien conoció a Le Clézio mientras trabajaba en la biblioteca del CIDE. Siempre vestido de mezclilla, con camisas de manta y huaraches, el ahora Nobel comía una vez a la semana en casa de la familia Loaeza, donde conoció a Guadalupe, cuya progenitora era alumna suya. “Él siempre ha sido un hombre independiente, sin plaza en ningún lado, de tal manera que durante muchos años se las vio negras. Cuando andaba de pantalón de mezclilla y huaraches, no era una pose jipiosa es que no tenía dinero”, recordó Meyer. Le Clézio, autor de El sueño mexicano y El pensamiento interrumpido, concluyó su residencia en la capital y recomendado por Meyer ingresó como investigador a El Colegio de Michoacán, invitado por su entonces director Luis González y González. Ahí confirmó su interés por las comunidades indígenas que lo condujo a escribir una novela sobre la relación entre Antonin Artaud y los tarahumaras, manuscrito que nunca se publicó, ya que lo olvidó en un avión, comentó el filósofo michoacano Agustín Jacinto, colega y amigo del galardonado. “Le interesa la figura frágil del ser humano, que, en el caso de México se observa en las poblaciones autóctonas, los grupos que fueron aniquilados y devastados. Esa es una imagen que se refleja en varias de las ocho obras inspiradas en el país”, explicó la investigadora de la UAM Yvonne Cansigno, especialista en literatura francesa y autora del libro El indio y la indianidad en la obra de Jean-Marie Gustave Le Clézio. Las referencias de Le Clézio a lo mexicano se reflejan visiblemente en Urania, que narra la travesía de un geógrafo francés en un viaje de iniciación que lo cruza con distintos personajes de la realidad michoacana. Entre los personajes es posible distinguir la figura de Luis González y González y del investigador Francisco Miranda. En 2000 Le Clézio y el Grupo de los Cien, dirigido por Homero Aridjis, lograron detener la construcción de una salinera en la Laguna de San Ignacio, Baja California, lugar de reproducción de las ballenas. El francés escribió entonces Pawan, título que significa ballena en nattick, una antigua lengua india de Norteamérica y que fue su “pequeño combate ecológico”. Aridjis, por su parte, recordó que el último francés premiado por la Academia Sueca había sido Claude Simon, en 1985: “Simon era abstracto y retórico, y Le Clézio es de una generación distinta a la tradicional francesa, que a veces es más intelectual, de discusiones teóricas; es un escritor muy abierto al mundo”. En el mismo sentido opinó José de la Colina, uno de los traductores mexicanos de la obra del laureado escritor francés: “Antes de que empezara a escribir, Le Clézio tenía un cansancio por los lugares comunes de la literatura europea y se convirtió en un explorador de otras culturas, de otras mitologías, quizá la razón por la que le han dado el Nobel fue por su preocupación ecologista, fuera de cualquier movimiento ecológico”. De ahí que Le Clézio también hablara en su conferencia de prensa por la noticia del Nobel de su combate ecologista años antes en defensa de las ballenas en México junto a Homero Aridjis, de quien dijo: “También merece el Nobel”. Al conocer la noticia, el desaparecido Carlos Fuentes, también su amigo, declaró: “Felicito a Le Clézio por un Premio Nobel particularmente bien dado. Le Clézio resume la extraordinaria tradición de la literatura francesa, que él representa hoy en su más alto nivel. Por otra parte, él es un enamorado de México, mi país. Sus libros sobre el pasado indígena son una maravilla de percepción histórica y de belleza literaria. Lo conozco, lo aprecio y le felicito”. Le Clézio reveló en aquel entonces que su escritura se inspira de una mezcla de recuerdos de niño, impresiones de adulto y en lo que constato a cada instante: “Para escribir es indispensable cierta ingenuidad y frescura. Escribir no es sólo estar sentado en tu mesa contigo mismo, es escuchar el ruido del mundo. Cuando estás en la posición del escritor se percibe mejor el ruido del mundo, vas al encuentro del mundo. El novelista no es un filósofo ni un técnico del lenguaje sino alguien que cuestiona el mundo con sus ficciones, alguien que plantea interrogantes”, aseveró. Y así lo constata en el principio de uno de sus libros publicados en español, El africano: “Tengo algunas cosas que decir del rostro que recibí al nacer. En primer lugar, que debí aceptarlo. Aceptar que no lo quería habría sido darle una importancia que no tenía cuando era un niño. No lo odiaba, lo ignoraba, lo evitaba. No lo miraba en los espejos. Durante años creí que nunca lo había visto. En las fotos, apartaba los ojos, como si otro me hubiera reemplazado. Más o menos a los ocho años viví en el África occidental, en Nigeria, en una región bastante aislada donde, fuera de mi madre y de mi padre, no había europeos y, para el niño que yo era, toda la humanidad se componía únicamente de ibos y de yorubas. En la cabaña en la que vivíamos (la palabra cabaña tiene algo colonial que hoy puede chocar, pero que describe muy bien la vivienda oficial que el Gobierno inglés había previsto para los médicos militares, una losa de cemento para el suelo, cuatro paredes de piedra sin revestimiento, un techo de chapa ondulada cubierto de hojas, ninguna decoración…), en esa cabaña, pues, no había espejos, ni cuadros, nada que pudiera recordarnos el mundo en el que habíamos vivido hasta entonces. Allí aprendí a olvidar”.

 

* Ensayo sobre el escritor francés, quien en septiembre inaugurará el Hay Festival Querétaro 2016, tomado del libro Pasajeros con destino. De escritores y otros viajeros (2011), de la editorial Hojas de Papel Volando.