Cuando antier me desperté poco antes de las 8 de la mañana para ver la final del torneo de Tenis de Wimbledon entre Su Majestad, el suizo Roger Federer, y el enfant terrible del deporte blanco, el serbio Novak Djokovic, después de dos sets divididos de intenso intercambio entre dos de los máximos exponentes del deporte, el número 3 y el 1 en el ranking mundial, algo me decía que iba a ser una final de alarido, como pocas veces vista antes. Y no me equivoqué en mi corazonada. Los que vieron la final del domingo del único torneo del Grand Slam que se juega sobre superficie de pasto en el centenario All England Lawn Tennis y Croquet Club de Londres, fueron testigos de una épica final entre dos de los más grandes tenistas de todos los tiempos. ¡Qué final, qué nivel de Tenis se vio antier! Ya sé que este deporte, que igual como sucede con el fútbol, es lo más importante de lo menos importante. Nadie se va a morir por ver o no ver un juego de Tenis, es algo totalmente prescindible. Para algunos quizá sea mejor matar el tiempo leyendo un libro o, para otros, ir de compras al súper mercado. Relax, cada quien es muy respetable la forma en la qué invierte su domingo, yo seguí escribiendo como siempre, pero en la pantalla estaba atento a esa lucha de poder a poder entre esos dos auténticos gladiadores de la raqueta. Casi 5 horas e igual número de sets de intenso raqueteo me confirmaron que el trío que forman el serbio, el suizo y el español constituyen ya la mejor terna de tenistas de la historia del deporte, muy por encima de los que me diga y mande, nadie como este trío. Y mientras tanto, porque también estuve atento, al otro lado del globo los clavadistas mexicanos confirmaron su estatus entre la élite mundial de clavados, dándose un quite en el reparto de medallas con los excelsos chinos, lo que ya son palabras mayores. Lo escribe Marco Aurelio Gonzáles Gama, directivo de este Portal.