Caray, ¡cómo se me fue a pasar! El año pasado, concretamente el 18 de septiembre se cumplieron 50 años de la muerte del poeta León Felipe (Felipe Camino Galicia de la Rosa, Tábara, 11 de abril de 1884-CDMX, 18 de septiembre de 1968). Miren, vengo escuchando hablar de este gran poeta español desde las épocas de cuando fue secretario de gobernación Luis Echeverría Álvarez, que fue protector y admirador. Era yo muy chico como para comprender el tamaño de poeta que era el también exiliado –en realidad llegó al país desde el 22, gracias a Alfonso Reyes, se regresó a España para volver con el  exilio-, pero su imagen quijotesca –fue un quijote antiguo en nuestro tiempo-, de hidalgo, muy característica de un viejo sabio, sosegado y curtido por el el tiempo, ataviado con su boina inseparable que cubría su calva testa, anteojos de intelectual –¡y sí que lo era!- y una barba mediana en armonía con esa imagen de filósofo griego. Más tarde, me empecé a aficionar a sus poemas porque leí algunas décimas que al juglar le dedicó el Lic. Guillermo Cházaro Lagos, con esa lírica muy propia de los versadores de la Perla del Papaloapan. El poeta leonés fue admirado por otros grandes como Jorge Cuesta, Octavio Paz, Tomás Segovia, María Luisa Capella y Carlos Pellicer, ¡y por muchos otros, entre ellos el escribiente! Para terminar esta entrega reproduciré un breve poema que está entre mis favoritos del poeta: Hermano… tuya es la hacienda… / la casa, el caballo y la pistola… / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo… / más yo te dejo mudo… ¡mudo!… /  Y ¿cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción? Lo escribe Marco Aurelio González Gama, directivo de este Portal. Foto de “El Cultural”.