FREUD Y LA SEGUNDA MENTE, A 80 AÑOS DE SU MUERTE. (IV)

“El Malestar en la cultura” es un libro provocador, incitador, alborotador, de lectura exquisita, exigente, pero al mismo tiempo atrayente. En este extraordinario ensayo publicado en 1930 tenemos a un Freud en pleno dominio de su teoría psicoanalítica, presentándonosla de manera clara, precisa y concisa. Y si bien la obra aborda los temas centrales de su teoría como lo son el inconsciente, el ello, el yo y superyó, el sentimiento de culpabilidad, las represiones, etc. Freud va más allá y discurre sobre temas que en su momento causaron enormes polémicas e incluso los planteamientos freudianos tuvieron un total rechazo por gran parte de la sociedad civil, la clase política, la religiosa y los propios colegas. Por lo hasta aquí afirmado podrían preguntarse: ¿Cuáles fueron esos temas que tuvieron casi un total rechazo? Me permitiré plantearlos y el lector decidirá su aceptación o repulsión.
En las primeras páginas del ensayo Freud afirma que: “la religión es una ilusión”, esta afirmación se la debate a Freud su amigo el escritor francés y Premio Nobel de Literatura Romain Rolland, quien comparte con Freud los juicios sobre la religión, pero le reprocha al neurólogo vienés que no comprenda la necesidad humana de poseer “el sentimiento de eternidad”, para Romain Rolland este sentimiento es innato al hombre, comprensible y hasta se antoja como un sentir “oceánico”, sosteniendo que aquí se encuentra el origen y las fuentes de las religiones.
Freud refuta lo argumentado por el escritor francés y nos cuenta que en su libro: “El porvenir de una ilusión”, lejos de estar investigando las fuentes de las religiones, lo que hace es describir como el hombre común concibe a la religión y literalmente escribe: “ Al sistema de doctrinas y promisiones que, por un lado, le explican con envidiable integridad los enigmas de este mundo, y por otro, le aseguran que una solícita Providencia guardará su vida y recompensará en una existencia ultraterrena las eventuales privaciones que sufra en ésta. El hombre común no puede representarse esta providencia sino bajo la forma de un padre grandiosamente exaltado, pues solo un padre semejante sería capaz de comprender las necesidades de la criatura humana, conmoverse ante sus ruegos, ser aplacado por las manifestaciones de su arrepentimiento. Todo esto es a tal punto infantil, tan incongruente con la realidad, que el más mínimo sentido humanitario nos tornará dolorosa la idea de que la gran mayoría de los mortales jamás podría elevarse por sobre semejante concepción de la vida.”
Freud señala que las necesidades de las religiones y la creación de un Dios, se encuentra en el siguiente planteamiento:
“En cuanto a las necesidades religiosas, considero irrefutable su derivación del desamparo infantil y de la nostalgia por el padre que aquél suscita, tanto más cuanto este sentimiento no se mantiene simplemente desde la infancia, sino que es reanimado sin cesar por la angustia ante la omnipotencia del destino. Me sería imposible indicar ninguna necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno. Con esto pasa a segundo plano el papel del sentimiento oceánico.” Por ello necesitamos crear un Dios que nos proteja, cuide, represente lo que nosotros no podemos ser, es decir, sea omnipotente, omnipresente, omnisapiente, y, así, quedan cubiertas las dos necesidades del hombre, por una parte la figura paternal protectora y por otra parte se incluye el sentimiento de eternidad planteado por Romain Rolland. (Llevando la anterior reflexión freudiana al terreno de la politología, fácilmente se comprende que no hemos alcanzado la mayoría de edad, porque creemos ilusoriamente, que en la política un superhombre, un mesías, al mismo estilo del Dios de las religiones, vendrá a resolver nuestros problemas, necesidades y angustias.) ¡Que ingenuidad!
Toda la problemática antes comentada se ha originado porque el hombre siempre se ha planteado y se sigue preguntando sobre el objetivo que tiene la vida humana, y a pesar de las soluciones que ofrecen las religiones como son la salvación, la eternidad, etc. El hombre sigue viviendo insatisfactoriamente y en un tremendo vacío, por ello Freud propone renunciar a la discusión aparentemente tan elevada y sugiere resolver una pregunta central en su ensayo que la considera más modesta pero esencial para comprender la insatisfacción humana, la pregunta es: “¿Qué fines y propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar en ella?”
Sobre esta importante pregunta Freud respondió: “Es difícil equivocar la respuesta: aspiran a la felicidad, quieren llegar felices, no quieren dejar de serlo. Esta aspiración tiene dos fases: un fin positivo y otro negativo: por un lado, evitar el dolor y el displacer; por el otro experimentar intensas sensaciones placenteras. En sentido estricto, el término felicidad sólo se aplica al segundo fin. Como se advierte, quien fija el objetivo vital es simplemente el programa del principio del placer; principio que rige las operaciones del aparato psíquico desde su mismo origen; principio de cuya adecuación y eficiencia no cabe dudar, por más que su programa esté en pugna con el mundo entero, tanto con el macrocosmos como con el microcosmos. Este programa ni siquiera es realizable, pues todo el orden del universo se le opone, y aun estaríamos por afirmar que el plan de la Creación no incluye el propósito de que el hombre sea feliz. Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole solo puede darse como fenómeno episódico. Así, nuestras facultades de felicidad están ya limitadas en principio por nuestra propia constitución. En cambio, nos es mucho menos difícil experimentar la desgracia. No nos asombre que el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, de haber sobrevivido al sufrimiento; que, en general, la finalidad de evitar el sufrimiento relegue a segundo plano la de lograr el placer.”
Lo antes desarrollado por Freud es absolutamente comprobable, el malestar en la cultura consiste en que el hombre común por su capacidad de razonar, pensar, crear, imaginar, se ha sentido el centro del universo, piensa y cree que todo lo puede, que todo lo merece, pero los grandes genios de la historia han pretendido educarnos y enseñarnos que si razonáramos con mayor humildad, equilibrio, serenidad, sensatez, sentido de realidad, nos evitaríamos muchos sufrimientos y angustias innecesarias, es decir, más que buscar la felicidad podríamos ir por la tranquilidad, en lugar de creer que somos la joya del universo, nos bastaría sólo recordar que Nicolás Copérnico nos expulsó del centro del universo, Darwin nos reveló que no somos una especie divina, sino que pertenecemos al mundo animal con la enorme ventaja de ser racional, y Freud da un durísimo golpe a nuestra soberbia al enseñarnos que ni si quiera somos dueños absolutos de nuestra propia casa, porque muchos de nuestros actos son dominados por el inconsciente. ¡Que tragedia! pero al mismo tiempo ¡Que liberación!

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