MUGUIRA: MORIR EN TODOS SANTOS
SONIA GARCÍA GARCÍA

Hace tres años entrevisté por última vez a Domingo Muguira. Quería que continuara su libro de memorias. Ya había yo escrito, por encargo, su libro Muguira: El juego de la vida, sobre sus vivencias en España. Pero él estaba ávido de seguir contando sus anécdotas, que me explicaba durante deliciosos desayunos en el restaurante de Fortín de las Flores.
Me explicó que este último libro no sería fácil, ni únicamente anecdótico, sino que además de lo biográfico, mezclara la realidad y la fantasía, la filosofía y la experiencia y, por qué no, hasta la poesía.
Durante sus tres libros anteriores había recorrido una gran parte de la realidad mexicana y española a través de sus ojos, la mirada de un octagenario, hijo de migrantes españoles, nacido en México, empresario y amante del café, que era capaz de contar sus recuerdos, experiencias, enfermedades, sueños y miedos.
Un hombre con muchas virtudes y defectos, siempre dispuesto a ayudar, leal a sus amigos, con principios y convicciones creados a partir de su propia experiencia, pero con la ductilidad suficiente para ir cambiando a través de su desarrollo personal, social y empresarial. Dicharachero, jovial, espontáneo, dispuesto a crear siempre. Respetuoso y al mismo tiempo burlón.
Ese día hablamos de la muerte. Con esa rapidez y desenvoltura me dijo: “yo cada vez pienso más en ese paso trascendental de la vida, que es la muerte. Es un asunto que se tiene que pensar. Y cada día lo pienso más y me da más miedo. Estoy ahora al final de la vida. Y uno medita, piensa por qué y para qué estuvimos aquí.
“Tenemos que pensarlo, quien no lo haga es un inconsciente. Al fin y al cabo es el paso más trascendental de nuestra vida. Así como fue el instante de nuestro nacimiento, así es el momento de morir. En ese prorrumpir la vida nos dieron la grandiosa oportunidad de que no nos enteramos, pero de la muerte sí que te enteras. Y yo tiemblo, tiemblo, porque ese paso debe ser muy difícil. Inevitable, pero difícil.
“Es la doble dimensión de la vida, una vertiente más. Está claro que para morir solo se necesita estar vivo. Ahora, aquel que diga que no tiene miedo de morir miente, porque todos tenemos miedo de irnos, de desaparecer.
“El valor de la vida en México es nulo”.
Los jóvenes no piensan en la muerte. Yo observo la vida en aquellos países que viven en guerra permanente o donde el régimen se lleva a los hijos al ejército a los 18 años o antes, y los chamacos se enfrentan por primera vez a la muerte. Los envían sin saber qué van a ir a defender, sin una causa.
Ese día suspendimos la charla porque estaba cansado, incluso se enfadó conmigo cuando le pregunté cómo deseaba ser recordado.
Al día siguiente añadió: es el momento más difícil de la vida de cualquiera, porque el fin no nos gusta.
“La gente vive para hacer historia. Y el hecho de escribir un libro o dejar reflejada parte de esa experiencia tiene el objetivo de que te recuerden tal como fuiste.
“Yo quiero que mis nietos me recuerden como lo he que sido. Yo he llevado una vida tan feliz, tan preciosa, que quisiera que la imitaran. Mi vida es de mucho trabajo, de muchas responsabilidades, pero siempre hacia adelante, con optimismo.
“Quiero ser recordado como un hombre optimista, como un hombre de mucho trabajo, que fui leal con mis amigos. Nunca hice daño a los que se creyeron mis enemigos”.
Con una sonrisa traviesa, agregó: “tal vez únicamente les desee que les fuese mal”.
“Yo no puedo trascender a la historia porque no he hecho nada sumamente importante o trascendente para que el mundo me conozca. Además, tengo la absoluta seguridad de que dentro de treinta años ya no se acordarán de mi. Ni tan solo los bisnietos que tanto deseo tener”.
“Para trascender en la historia necesita uno cimbrar al mundo para bien o para mal. Por otra parte, la gente se acuerda más de los malos que de los buenos.
Me queda clarísimo que no se puede perdurar o no todos podemos perdurar en la historia. El hombre trasciende a través de sus obras. Pero también éstas se caen, se destruyen: ¿de cuántas obras se puede uno acordar? Se construye una iglesia y ni saben después quién la construyó.
“Para concretar yo simplemente quiero que el poco recuerdo que van a tener de mí, siquiera llegara hasta mis nietos. Que ellos, al ver estos libros digan: Ah yo tenía un abuelo que escribió sus memorias. Y lean”. Lean porque Muguira era un ávido lector y siempre tenía un libro en las manos.
Muy amigo del periodista veracruzano Jorge Saldaña, también finado, lo puso de ejemplo: “es horroroso que entres a un restaurante y todo mundo te diga: don Jorge, don Jorge, lo veo todos los sábados en la televisión. Te harta”. Pero sabes qué es lo peor, que suceda lo contrario, que nadie te conozca, que no sepan quién eres.
Es muy triste. Eso es lo que me lleva a pensar, ahora que ya estoy a un paso de irme: “A dónde vamos? Y mi respuesta es al olvido, al olvido”.
Este sábado en Barcelona amaneció soleado. Despertamos aún con el alegre sabor de la celebración del Día de Muertos, cuando nos llegó la triste noticia.
El año pasado todavía nos encontramos en Córdoba y este verano ya estaba enfermo cuando estuvimos en México y no pude visitarlo. Me llamó ya cuando había regresado a Barcelona. Le envíe un gran abrazo, que hoy extiendo a toda su familia y a sus innumerables amigos, que lamentablemente poco a poco también se han ido yendo.
El me permitió comenzar una nueva vida en Barcelona. Y ser agradecida es de bien nacida. Buen viaje, señor Muguira.