Provengo de una familia, me refiero a la rama González Gama, en donde la presencia de mi padre era muy fuerte, pero en casa nunca vivimos un patriarcado de hecho, mi papá nunca fue un patriarca. Por el contrario, todos en mi casa provenimos de un matriarcado que viene desde las épocas de mi abuela materna, María, que nació, nada más fíjense ustedes, en 1880. Su fortaleza de espíritu y de mujer digna hecha a sí misma dejó profundamente marcados a sus seis hijas y dos hijos, a muchos nietos, y cuando digo muchos, ¡muchos! Mi abuela María fue una mujer además de trabajo, de un orgullo rígido, con la espalda derecha y con la frente siempre en alto. El hambre la pudo doblar, pero nunca la quebró. El orgullo y su valor de mujer digna siempre la pusieron en pie. A pesar de ser del “mercado” era una mujer respetada y respetable entre la señorío cordobés. Solo a la menor de sus hijos le pudo dar estudios superiores, pero a mi madre le dejó como algo natural de que no había mejor herencia que el estudio, que el único dinero bueno es el que procede del trabajo duro y constante. Una mujer así, ¡por supuesto que marca! Mi madre contaba con orgullo cómo levantaba a todas sus hijas a las 5 de la mañana para ir a atender el puesto al mercado: ¡CONCHA, GUADALUPE, ROSA, MARGARITA, VICTORIA!, una mujer así deja una huella a su estirpe, deja una impronta indeleble. Esa era mi abuela de la que tengo muy, pero muy vagos recuerdos. Pero fue una mandona preciosa a la que mi madre y todos sus hermanos adoraron y respetaron a pesar de su rigidez y áspera personalidad. Mi madre, otra feminista, me dejó muchas cosas, desde aprender a planchar, pero ¡como se debía tanto las camisas como los pantalones!, entre otras prendas, y de ahí pal real, con mucho orgullo. Lo escribe Marco Aurelio González Gama, directivo de este Portal.