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Crónica del Poder

El ciego de nacimiento. En este día, 22 de marzo de 2020, celebramos el Cuarto Domingo de Cuaresma, Ciclo A, en la liturgia de la Iglesia Católica. El pasaje evangélico de hoy es de San Juan (9, 1-41) el cual presenta a Jesús curando a un ciego. Jesús, al pasar, vio a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron si esa ceguera se debía al pecado propio o de los papás del ciego. Jesús les responde que ninguno de ellos ha pecado, que la enfermedad en ese caso no era el castigo por un pecado, sino la debilidad de la naturaleza humana para propiciar la manifestación de las obras de Dios. Jesús insiste en la necesidad de que Él haga las obras del Padre que lo ha enviado mientras es de día, porque en la noche ya nadie puede trabajar. Además, afirma: “Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”. Anteriormente, Jesús había dicho: “Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. La ceguera, en el Oriente antiguo, era considerada como castigo de Dios (Ex 4, 11; Jn 9, 2). La Ley de Moisés mandaba socorrer a los ciegos, pero muchos se veían obligados a mendigar. Su curación era considerada como un milagro extraordinario. En la presentación profética de la salvación como luz, la ceguera simboliza las tinieblas del espíritu y la dureza del corazón. Devolver la vista a los ciegos era un signo mesiánico. Quien reconoce este signo, comprende que Jesús es la luz del mundo y está dispuesto para recobrar la vista tanto en sus ojos como en su espíritu y en su corazón.

La ceguera y la luz. El relato evangélico continúa: “Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: Ve a lavarte en la piscina de Siloé, que significa Enviado. Él fue, se lavó y volvió con vista”. La saliva y el barro son alusiones a la creación de Adán y a la Encarnación de Jesús. El lavado de los ojos es visto como alusión al bautismo. La piscina de Siloé, El Enviado, recuerda el envío de Jesús por el Padre y el envío de los Apóstoles por Jesús: “Como el Padre me envió, así los envío yo”. La recuperación de la vista física es una milagrosa iluminación progresiva hacia la visión sobrenatural. Este progreso se advierte en lo que este hombre ciego va expresando de Jesús: “Ese hombre que se llama Jesús”; “Es un profeta”; “Viene de parte de Dios”; “El Hijo del hombre, el Señor”. El relato presenta varias escenas: El que había sido ciego y sus vecinos, los fariseos, sus papás y el encuentro con Jesús, el cual se enteró de que lo habían expulsado los fariseos y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, ¿para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ese es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró”. Este último paso constituye la plena iluminación espiritual, o sea la fe como reconocimiento y adhesión a la persona de Cristo, al descubrimiento de su divinidad envuelta en su humanidad. El relato termina con la ceguera contumaz de las autoridades judías totalmente contraria a la iluminación del que había sido ciego.

Jesús, luz del mundo. En la presentación profética de la salvación como luz, la ceguera simboliza las tinieblas del espíritu y la dureza del corazón. Por eso, Jesús, al devolver la vista a los ciegos, realiza un signo de los tiempos mesiánicos. Quien reconoce este signo, comprende que Jesús es la luz del mundo y está en disposición de recobrar la vista en sus ojos, en su espíritu y en su corazón. Jesús muestra un camino para pasar de la oscuridad a la luz, de la ceguera a la visión, del miedo a la fe. A nosotros nos corresponde reconocer y aceptar a Jesús como luz del mundo, recordar nuestro compromiso de bautizados y la necesidad de una constante conversión.

+Hipólito Reyes Larios
Arzobispo de Xalapa

Foto de Elsbeth Lenz