Ahora que escribimos sobre el ‘Unabomber’ (bombardero de universidades y aerolíneas/University Airline Bomber), recordábamos del atentado de Oklahoma City ocurrido el lejano y cercano a la vez 19 de abril de 1995 (edificio Federal Alfred P. Murrah). Hace 25 años, lo que parece una eternidad. Este atentado, que cobró la vida de 168 personas, entre ellos diecinueve niños menores de seis años, hiriendo a más de 680; destruyó o dañó 324 edificios en un radio de 16 manzanas, causó daños parciales o totales a 86 coches y destrozó los vidrios en 258 edificios cercanos, causando un estimado de al menos 652 millones de dólares en daños1. Y todo provocado no por un extranjero, sino por un estadounidense, lo que me parece el más grave agravante y un terrible y desleal atentado en contra de connacionales. Timothy McVeight, el perpetrador y el que jaló el gatillo, digamos, porque fue una conspiración en donde participaron en su planeación otros cuatro estadounidenses cuando menos, era un “héroe” de la Guerra del Golfo. Para darse una idea del tamaño de la masacre, y de lo que cualquier ciudadano medio puede concebir, para el atentado se utilizaron 2,300 kilos de explosivos caseros. Pero de dónde viene tal propensión –apología- a la violencia. ¿Pero en dónde está el germen de todo este odio expresado de forma tan irracional y violenta? Sin duda en la segunda enmienda de la Constitución americana. Son seis los principios que la sustentan, todos, insisto, una apología a la violencia, pero la seis es muy clara: permitir a la gente a organizar sistemas de milicia. ¡Ufff! Timothy McVeight fue ejecutado mediante inyección letal el 11 de junio de 2001. La pregunta aquí es ¿muerto el perro se acabó la rabia? 1Wikipedia.