Sin fatalismo

He visto a personas obrar mal con mucha moral y compruebo todos los días que la honradez no necesita reglas“.

Albert Camus

Todas las épocas tienen sus propios temas conflictivos. Su propia silueta, un rosto particular, un fin preconcebido. No sé cómo terminará el nuestro, o qué estamos realmente haciendo para mejorar.

Lo cierto es que todo dependerá de nosotros. Bajo ese hilo conductor, concuerdo con José Vasconcelos, cuando expresaba que “no hay más que dos clases de hombres: los que destruyen y los que instruyen“.

Él mismo menciona, que solo hay una moral, la antigua y la eterna que cambia de nombre cada vez que se ve prostituida, pero se mantiene la misma en esencia. Hoy, de acuerdo con los tiempos, podríamos llamarla moral del servicio.

Según ella, habría también el hombre que sirve y el hombre que estorba. Aplíquese esta pauta no solo a la historia, sino a todas las gentes, al gobierno y al pueblo.

Llamemos servicio a todo rendimiento destinado a los otros, y reconozcamos que sirve aquel que produce un poco más de lo que consume y el que da un poco más de lo que recibe.

Agreguemos que no sirve, no solo el que nada produce, que bien puede ser un simple haragán, si no que no sirve tampoco el que acapara, ni el que crea, pero guarda con avaricia su producción.

En el diagnostico cualitativo para el caso mexicano de Ana Laura Magaloni pone el dedo en la llaga cuando afirma que la diferencia sustantiva para un cambio verdadero sería separar la justicia de la política. Para ello se requiere llevar a cabo juicios ejemplares que muestren a todos que el castigo no es venganza política o mera estrategia electoral.

Pero para ello, el Estado y la sociedad deben cambiar para crear empleos para erradicar la pobreza extrema, para que todos los mexicanos tengan acceso a servicios de calidad en un clima de libertades, concordia y seguridad. El cambio es, por eso, indispensable y adaptativo.

Transformar a México es también conjugar los esfuerzos individuales y de grupo, porque demuestra que cada uno tiene razones para sumar su parte a la de los demás, con sentido de justicia y respeto.

Lo anterior requerirá echar mano de la técnica con sentido social, misma que debe estar en la cabeza de los hacedores de políticas públicas, porque como decía J.C. R. Dow la política económica impacta al bienestar de la gente, y su éxito o fracaso en alcanzar los objetivos sociales es, al final de cualquier análisis, la única cuestión que importa.

La única cuestión que importa, es que la mayoría de la población viva en mejores condiciones, para eso hay que entender que encima de todo, debe privilegiarse el valor institucional, porqué las personas pasan, pero las instituciones perduran y los vaivenes del destino son impredecibles y no sabes dónde te pondrán.