Ahora que murió Flor Silvestre (Salamanca, Guanajuato, 16 de agosto de 1930 – rancho El Soyate, Villanueva, Zacatecas, 25 de noviembre de 2020), que en realidad se llamaba Guillermina Jiménez Chabolla, que como todos ustedes saben, estimadas y estimados lectores, fue una actriz y cantante del género ranchero (también cultivó el huasteco y el tamborazo, que tiene su origen precisamente en la región de Villanueva y que también y tan bien cantó su marido Antonio Toni Aguilar), este escribano caía en cuenta de que con la partida de Flor, salvo por Aída Cuevas, las cantantes de ranchero prácticamente están extintas o, cuando menos, en vías de extinción. Y es que, ¡caray!, después de haber tenido a exponentes vernáculas de la talla de Lola Beltrán, Lucha Villa, Lucha Reyes, Chayito Valdés, Amalia Mendoza (la famosa Tariácuri), María de Lourdes, la Prieta Linda (hermana de Flor), Irma Dorantes, Rosa de Castilla y hasta Chavela Vargas y la mismísima Irma Serrano (Valentina), que es una como especie de prócer de la picaresca nacional –yo preguntaría que quién de mi generación no leyó su famoso best seller ‘A calzón quitado’-, repito, la única que sobrevive es Aída, porque en ese género no entra Paquita la del barrio –otra prócer-. Me parece que es un asunto menor pero que no por eso deja de ser si no grave, sí preocupante, es el género musical nacional. Ahí viene la hija del hijo de Flor, Pepe, me parece que se llama Ángela, que canta muy bonito, pero la chica como que le tira más al bolero y al bolero ranchero. Ya para terminar diré que en el caso de los varones está sucediendo exactamente igual porque ni Pepe Aguilar y Alejandro Fernández son charros de verdad. Que me perdonen y que me perdonen sus miles de fans. Cuando muera Chente, y ojalá nos dure muchos años más, se cerrará un capítulo importante de la música ranchera mexicana. Foto de la agencia EFE: Lo escribe Marco Aurelio González Gama, directivo de este Portal.