Allá por 1860, un médico inglés, Edward Jenner, inoculó al hijo de un jardinero, un niño de ocho años, la llamada viruela de las vacas, que diezmaba los establos pero poco daño hacía a los humanos. Y después le aplicó la viruela mortífera. Al niño no le pasó nada. .Así nació la vacuna, que debe su existencia a un niño de la servidumbre, convertido en conejo de laboratorio, y debe su nombre a la palabra latina vacca. Lo escribió Eduardo Galeano en su libro “Espejos”. Foto de “Alamy”.