Ventana del laberinto del deseo

 

 

Escuchaba que alguien le decía al oído: “Amaré la dulce saliva que surge debajo de tu lengua, el polvo adherido detrás de los lóbulos de tus orejas, la sal y la miel que se esconden en tu pubis”. Luego del grave accidente que la dejó paralítica, jamás había vuelto a ser amada. Su imaginación eran veredas de largo recorrido, donde las ideas se extraviaban a cada paso. Continuó escuchando: “Besaré la resequedad que aguarda entre los dedos de tus pies luego de que caminas sobre el césped del jardín, el espeso flujo de tu vientre de almidón y almendra de durazno, el aroma inconfundible de anís fermentado y guayaba machacada de tus axilas, el sudor de almizcle que baja por la grieta de tus caderas”. Como resonando en el fondo de un cuarto vacío, escuchaba: “Lameré tus largos cabellos salvajes, las plantas de tus pies que saben a vinagre de cereza y tierra mojada por llovizna, el frágil rocío de tu botón de rosa”. Dejó de escuchar la tibia voz. Se estremeció. Alcanzó a mirar que entre el ramaje oscilante del abedul de la cerca copulaba una pareja de ardillas. Divagaba entumecida en su silla ortopédica. Sus pensamientos presurosos corrían dispersos y extraviados en el laberinto del deseo.

 

 

Manuel Antonio Santiago.

Foto de Víctor León.