Otra de José Bargés. Ya he platicado con anterioridad, que a mi escuela primaria íbamos a clases por las mañanas y por las tardes. En el turno matutino se desahogaba y estudiaba lo fuerte del curso escolar, por las tardes se repasaban lecturas, se leían textos en voz alta, el maestro siempre poniendo mucha atención a nuestra pronunciación, pero sobre todo enfatizaba entre líneas de la lectura, la importancia de la sintaxis, de leer correctamente el castellano, cuidando los puntos y seguido, los puntos y aparte, las comas y los puntos y comas, señalando –y enfatizando- la importancia de que estuvieran en el lugar correcto de la oración para que esta tuviera sentido y, en fin, la forma correcta de leer gramaticalmente para decir frases y oraciones cuya única finalidad es expresar significados, comunicar. En pocas palabras, aprender a leer y a escribir de manera correcta el idioma de Cervantes. Como ya lo dije también, el escribiente no era uno de los alumnos más destacados de la clase, estamos hablando del sexto año. Era demasiado inquieto, el colegio era mixto y la cercanía con mis compañeras, muchas de ellas muy bonitas, como ustedes comprenderán, me hacía ser aún más inquieto en el salón de clase. Pero, finalmente hacía un esfuerzo y me aplicaba porque las clases de José Bargés eran una verdadera cátedra y había que aprovecharlas a como diera lugar. La cosa es que una tarde, no recuerdo la razón ni el contexto, cuando salió a colación el diccionario enciclopédico UTEHA —ya se imaginarán esa pronunciación de mi querido maestro con su inconfundible acento catalán, con esas profundas y esas h mudas que en su voz se sentían aunque no se escucharan propiamente—, que con un timbre de inconfundible orgullo repitió unas dos veces ¡UTEHA, UTEHA!, para enseguida decirnos: «UTEHA quiere decir Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, yo sin saberlo, todos en el salón ignorábamos que nos estaba hablando de la más importante obra enciclopédica ilustrada y en español, en la cual, en su integración y redacción, habían participado muchos destacados exiliados españoles. ¡Carajo! Después supe, y nada más como para darse una idea de la calidad del diccionario, que entre los que participaron arrastrando el lápiz estuvo nada más y nada menos que LLuis Nicolau d’Olwer, quien fue ministro de economía y gobernador del Banco de España (durante la segunda República), y que se empleó en el exilio en este modesto pero importante trabajo como corrector. Cuento esta anécdota porque de ahí nació mi afición por revisar y adentrarme en el fascinante mundo de los diccionarios enciclopédicos, en cuanto tomo que caía en mis manos acariciaba sus páginas como si fueran un preciado tesoro. En la casa de ustedes de Córdoba, teníamos un Larousse de tres tomos, que por supuesto nada tenía que ver con la magna obra del UTEHA, que era una gigantesca enciclopedia compuesta de 10 grandes tomos, con trece mil páginas, más de 500,000 definiciones y acepciones, y alrededor de 200,000 ilustraciones. ¡Qué lejos estamos el día de hoy de esos materiales que alguna vez fueron vitales para nuestra existencia y para nuestra formación cultural! Para eso hoy tenemos Google,. Foto de «Todo colección». Lo escribe Marco Aurelio González Gama, directivo de este Portal.