Gentrificación 2da parte

Pedro Chavarría

En fecha reciente abordé el asunto de la gentrificación desde la perspectiva que yo atestigüé en el que fue mi barrio alguna vez. Relataba cómo las casas antiguas fueron siendo sustituidas por otras modernas, con cocheras, despachos y oficinas y así los vecinos originales, que trabajaban en sus casas y abastecían muchas necesidades locales, fueron desapareciendo.

Nuevos habitantes, con mayor poder económico, con otras costumbres y formas de vida llegaron, compraron, rentaron, se establecieron y los vecinos de menos recursos vendieron, o simplemente se fueron a buscar otro lugar acorde a sus condiciones. Donde antes jugábamos unos 25 muchachos, armando improvisadas porterías, o bases para el beis bol, no quedó nadie. En el antiguo patio de juegos -la calle- hoy se ve una fila de autos que circulan mucho más lento de lo que quisieran los impacientes conductores.

Podría pensarse que se aplica muy bien la regla a este caso: un grupo de mayor poder económico desplazó al otro. Y sí. Pero no se necesita que el grupo desplazado sea de bajos recursos realmente; la clave está en el que llega, este debe tener más poder económico e imponer, con su sola presencia, otras situaciones, en especial relativas a su modo de vida.

Justo ayer me encontré inesperadamente con un ejemplo que resulta devastador. Se da en una comunidad de muy alto nivel económico, habitada ya por personas de alto poder: abogados, médicos, empresarios y otros profesionistas muy exitosos, con mansiones más que casas. Me refiero a Palo Alto, en California, USA.

Resulta un poco complicado imaginar que a esa comunidad de gente muy pudiente lleguen otros que los obligaran a salir y dejar sus mansiones, que para muchos de ellos tienen gran valor sentimental. Estas personas seguramente tienen millones de dólares en el banco y no tienen apuros económicos, ni pensarían en vender sus residencias. No tienen necesidad y se antoja difícil que pudieran “gentrificarlos”. Suena un poco extraña la acepción, pero sí se puede conjugar el verbo gentrificar.

El caso es que los habitantes de una colonia de Palo Alto, California, nunca imaginaron que podría llegar alguien con el poder suficiente para forzarlos a retirarse dejando sus amadas casas, pues simplemente, no tenían motivos para ello. Vivían en un lugar hermoso, con grandes casas, con sobrada solvencia económica. No tenían motivos ni necesidad de vender. Pero tuvieron que hacerlo.

Todo empezó cuando nuevos vecinos compraron una casa en esa colonia. Marc y Priscilla. Remodelaron la casa comprada, con lo que llenaron las calles con camiones y trabajadores, con intenso movimiento. En poco tiempo fueron comprando casas aledañas a la inicial, hasta conformar un bloque de varios predios contiguos. Los propietarios originales se vieron obligados a vender. Si te compran a precios muy superiores al valor real…

Algunas casas consideradas joyas arquitectónicas fueron demolidas y se levantaron otras más chicas, con grandes jardines, hasta una gran piscina que puede cubrirse para usarse como suelo. Se dieron construcciones y remodelaciones que no pasaron por la aprobación de las autoridades locales. El magnate daba fiestas muy frecuentes, al aire libre, con música con alto volumen hasta tarde. Inclusive, sin recabar permiso alguno, hizo funcionar en una de esas casas una escuela privada para sus hijos y otras cuantas familias allegadas, a pesar de que eso no estaba permitido en esa localidad.

El magnate nunca asistía a las juntas de vecinos, n interactuaba con ellos. A modo de disculpa por las molestias que ocasionaban sus fiestas, enviaba botellas de vino, o chocolates a los vecinos. No los amenazó para comprar sus casas, simplemente los compró; al grado que un vecino fue a ofrecer su casa, sabiendo los sobreprecios que pagaba sin chistar, aunque siempre  a nombre de compañías sin que él apareciera. No hostigó a los vecinos para que se fueran, simplemente desarrolló su estilo de vida.

Con las casas aparecieron múltiples empleados. Los vecinos se quejaron de coches extraños estacionados, bloqueando calles y entradas. El dueño concedió y pagó transporte especial para que los empleados no llevaran sus coches. Pero comenzaron a instalar muchas cámaras, algunas apuntando hacia las casas vecinas, así como vigilantes que de inmediato salían a alejar a la gente si se detenía en la banqueta frente a sus propiedades.

A estas alturas, si me han venido siguiendo, se estarán preguntando ¿quién es el magnate que tiene tanto dinero y poder para comprar a sobreprecios muy elevados y que impone un estilo de vida tan fastuoso, con tantas remodelaciones, empleados y vigilancia? Empezaré por decirles a cuánto asciende el patrimonio que le calculan oficialmente en público los medios que a eso se dedican: 257,000, 000,000 de dólares.

¡Sí. Doscientos cincuenta y siete mil millones de dólares! Con esa cifra en el banco, puede comprar todo Palo Alto. Es una cifra casi inimaginable. Convertida a pesos mexicanos, se multiplica por 20. 257 x 20 = 5, 140 000 000 000, o sea, poco más de cinco billones ciento cuarenta mil millones de pesos. Las cifras pueden variar, según la fuente consultada. Cantidad suficiente, en manos de un solo hombre, para pagar poco más de la cuarta parte de nuestra deuda, que en este momento es algo superior a diecisiete billones de pesos.

No hay muchas personas en el mundo que posean esa fortuna.  La cantidad que se calcula a Elon Musk es de 386,000 millones de dólares. La fortuna de Jeff Bezos es de 223,000 millones de dólares. La fortuna de Carlos Slim se calcula en 98,000 millones de dólares.  La de Donald Trump 5,100 millones de dólares. La de Ricardo Salinas Pliego en 4,900 millones de dólares. Este último resulta muy pequeño en comparación con los grandes magnates y aun así, son noventa y ocho mil millones de pesos. La fortuna de Canelo Álvarez se calcula en 275 millones de dólares. La fortuna de Shakira en 300 a 400 millones de dólares. La de Floyd Mayweather en 1,000 millones de dólares.

Las cifras marean con solo pronunciarlas. Hablamos de magnates y figuras del espectáculo que tienen negocios conocidos. Oros magnates no pueden declarar sus negocios, pues, o son abiertamente delincuentes, o se esconden para asociarse con estos.

El caso es que los habitantes de barrios de muy alto poder económico, pueden ser gentrificados. Aunque Ud no lo crea.

Ah, se me olvidaba decirles quién es el magnate capaz de semejante hazaña. Probablemente ya lo han deducido, pues solo él me faltó en la lista de billonarios. Tiene 41 años. No vende cosas, vende ideas. Es el dueño de meta (face book, instagram y whatsapp entre otros): Marc Zuckerberg.