¿Por qué existe el universo? Por Pedro Chavarría. El Disector.

Me encuentro con un artículo de divulgación con ese título. Lo abordo con avidez, tan solo para descubrir que la explicación ofrecida no se ajusta a la pregunta planteada. Desglosa una serie de eventos sucedidos muy al inicio, colisiones entre partículas y antipartículas -materia y antimateria-, con la extinción de gran parte de todo lo existente, de modo que quedó solo un residuo de materia y de ahí ha surgido el universo que habitamos.

La pregunta era “¿por qué?” y lo que nos explica es “Cómo”. Obviamente no es lo mismo. Por qué, se refiere a la causa y en realidad nos explica cómo ciertos cambios dieron lugar a lo que hoy conocemos como universo. Vamos por partes, como corresponde a un disector. Universo es el todo, todo lo que existe, y se refiere tradicionalmente a los hallazgos de la física y astronomía, desde lo muy pequeño, hasta la inmensidad de galaxias y cúmulos de estas. De todo esto tenemos evidencia a través de diversos instrumentos.

Por cálculos y modelos matemáticos surge la posibilidad de que existan innumerables universos paralelos al nuestro, aunque de ellos no tenemos evidencia física. Los modelos matemáticos penetran mucho más allá de lo que podemos constatar físicamente. Si ya el universo nos parecía inmenso y muy difícil, o imposible de imaginar, cuando nos hablan de tantos millones de kilómetros, hay que usar una medida más grande que un kilómetro como referencia. Imaginar un año-luz resulta prácticamente imposible. La luz recorre 300,000 kilómetros en un segundo. Un minuto tiene 60 segundos; multiplique 300 000 por 60 y obtenemos 18 millones de kilómetros en un minuto; los cálculos se vuelven gigantescos.  Ya ni vale la pena averiguar la distancia recorrida por la luz en un minuto (más de mil millones de kilómetros).

Inútil calcular esas cifras superiores a miles de millones de kilómetros. Baste saber que la luz del sol tarda 8 minutos en llegar hasta nosotros. Imagine la distancia cubierta en un año. Imposible. Y la estrella más cercana a nosotros está a algo así como cuatro años luz de distancia. Hace casi 50 años lanzamos una nave espacial (Voyager 1) que acaba de rebasar apenas la órbita de Plutón, que está a solo 4-7 horas luz de distancia (según su órbita elíptica).Y si nos dicen que hay estrellas y galaxias a millones de años luz de distancia… No hay manera de generar una imagen mental de eso.  Pero, bueno, ahí está todo eso, estudiado y calculado, lo que ya es un gran logro, con todas las fallas y obscuridades que aún tenemos, pero de eso a pretender descubrir la causa del universo, hay un trecho inmenso también.

Si apelamos a la ciencia, con sus poderosos instrumentos, como el fabuloso telescopio espacial James Webb, resulta que la pregunta sigue siendo prácticamente imposible de abordar. Puede pensarse que la ciencia todo lo puede, o podría, pero en ralidad no es así. Y no apelo a ninguna postura religiosa que destaque la humildad y sometimiento a una deidad, se trata de una situación aceptada en filosofía de la ciencia, que pocas veces nos detenemos a considerar. La ciencia en realidad no se ocupa de causas, sino de cómo se dan ciertas transformaciones, es decir, describe cambios, no lo que hay en el origen de estos.  Para que haya cambios, tiene que haber antes algo.

Aplastante. La ciencia se ocupa del cómo y no del por qué. Desde 1700 se discute la relación causal y no se ha encontrado tal nexo entre dos eventos, de modo que podamos asegurar que habiéndose presentado uno -la causa-, necesariamente se presentará el otro -la consecuencia-. Como no podemos descubrir el nexo causal, apelamos a métodos estadísticos para calcular la probabilidad de que dos eventos ocurran juntos, siempre uno primero y otro después. Y siempre bordamos en la incertidumbre, pero para efectos prácticos podemos encontrar que hay cierta relación causal entre dos fenómenos. A veces resulta que atribuimos la causa a un fenómeno, pero en realidad el responsable era otro asociado, que no habíamos identificado antes.

Si volvemos a la causa del universo, topamos con el asunto más espinoso. Veamos: el universo, postulan que surgió en un evento llamado el BigBang; una estructura singular, inmensamente condensada, se expandió y con esta expansión no solo apareció la materia, sino el tiempo y el espacio. Y nosotros entendemos la relación causal como aquella que se da entre dos eventos o fenómenos, uno primero y el otro después. ¿Cómo pensar en algo previo al BigBang, si con este surgieron materia, tiempo y espacio? ¿Qué había antes? Nada que podamos entender claramente. ¿Dónde pongo la causa del BigBang, si antes no había nada? Es algo que no se puede pensar.

Valga que algunos científicos apelan a que antes existían unas especies de membranas (sea lo que estas sean) y que al colisionar dos, se generó el BigBang.  ¿Eso explica el por qué? ¿O más bien, nuevamente, nos explica cómo ocurrieron ciertos eventos? Ahora me tendrían que decir por qué existían esas membranas. No hemo hecho más que desplazar el problema a otra instancia anterior, de la que no tenemos evidencia física, ni entendemos bien su naturaleza. La ciencia puede explicar cómo esas membranas pudieran colisionar y generar el universo que habitamos, y eso que vivimos en un rinconcito insignificante, desde el punto de vista de la astronomía.

Sin embargo, la pregunta ¿por qué?, no deja de ser subyugante y nos fascina. De todo queremos encontrar la causa, la vida nos va en ello. Al conocer qué desencadena ciertos eventos, tenemos la oportunidad dorada de evitarlos si nos afectan, o esperarlos si nos convienen. Pero aún más: conocer la causa permite manipularla y así, retrasar o precipitar la consecuencia. Y de eso vivimos: de propiciar todo aquello que nos conviene y retrasar o evitar lo que nos perjudica. A nivel fundamental, conocer la causa de algo es entenderlo. ¿Y qué mayor anhelo que entender de dónde venimos? Si no hubiera universo, nosotros tampoco.

Preguntar por los orígenes de algo es una tarea fundamental, nunca acabada, de la humanidad. Permite que nos acomodemos a diversas circunstancias, con una perspectiva más completa, al saber el origen de algo. Nos queda muy claro que este siempre está en el pasado. Si algo nos parece que será el origen de algo, eso es una predicción, está por verse, y en todo caso, hemos aprendido a predecir el futuro -que no a adivinar- porque hemos descubierto antes causas de eventos iguales o similares. Los orígenes, o causas se nos revelan porque hemos indagado en el pasado. Predecir el futuro es cosa del pasado.

De lo anterior, resulta que es muy importante, vital, conocer el pasado. Se atribuye al filósofo George Santayana la frase: “Quienes no conocen su pasado, están condenados a repetirlo”. Y nunca mejor dicho. La frase se extendería a los pueblos y su historia. Esta nos alerta sobre el futuro, aunque ya hemos dicho que está sujeto a leyes probabilísticas. En ciencias que tienen que ver con hechos, nada hay seguro, es decir, no hay certeza, de modo que siempre apostamos esperando acertar, pero ya sabemos que no siempre es así y las fallas en la predicción del futuro no dependen de cuánto empeño se ponga en ellas. Solo en lógica y matemáticas logramos certeza, pero estas no tratan con eventos, sino con ideas.

Como ejemplos de graves desaciertos tenemos la fallida misión del transbordador espacial Challenger que ocasionó la muerte de los siete tripulantes, así como el más reciente cohete, Starship en este año. Tenían los mejores equipos de expertos, estaban en juego millones de dólares y la vida de siete astronautas. Y fallaron.

Si estas empresas fallaron fue seguramente porque los datos del pasado no bastaron para predecir el futuro. Peor hubiera sido si no los hubieran tomado en cuenta. Por eso queremos conocer el origen-causa de todo. Si queremos entender algo, es imprescindible conocer su causa y esto suele ser una empresa complicada y, con frecuencia, cara. Cuando creemos haber descubierto la causa de algo, nos sentimos empoderados y avistamos un posible camino para entender más y adaptarnos mejor al fenómeno. Causa se acepta también como explicación.

Y si el fenómeno se llama “Universo”, indudablemente que es una empresa digna de todo esfuerzo. Pero aquí es donde la tenemos más difícil. Nos enfrentamos al origen de todo lo que podemos ver y conocer. No tiene sentido decir que el Universo se originó en el BigBang, a menos que me digan qué fue lo que hizo bang y de dónde salió. Todo sale de algo pre-existente, pero si bien se mira, con el nacimiento del Universo se acepta que nacieron también el tiempo y el espacio, de modo que no hay nada fuera de él, ni antes que él. ¿Entonces? Nuestra idea del origen-causa, algo tiene mal, o al menos no la entendemos del todo.

Si el Universo es lo primero que hay, ya no puede haber una causa. Al menos no como la entendemos. Tendría que haber algo previo, y entonces estaríamos obligados a encontrar su causa y caer así en una regresión infinita, lo cual repugna a la inteligencia humana; y con ello no pretendo asumir que esto sea definitivo, simplemente es lo que pensamos. La única salida posible, desde Aristóteles, Santo Tomás, Kalam, Kant y otros, es que hay una primera causa, incausada. Una causa primera, sin causa, que existe por sí misma, inmaterial, divina. De otro modo caemos en la regresión infinita de causas, que tanto nos repugna. Una causa anterior a todo, fuera del universo, del tiempo y el espacio.

Quizá me dirán que eso no se puede entender. Y tienen razón. Nuestro cerebro solo alcanza para esbozar la idea, no para comprenderla. Una entidad inmaterial, causa de todo, sin tener causa, tiene que ser omnipotente y divina. Filosofía y ciencia, de la mano nos llevan a una conclusión: Dios no solo existe, sino que es necesario, independientemente de las ideas de las distintas religiones y encarnaciones. Lo mejor que tenemos es el razonamiento, sin afirmar que sea algo extraordinario, sí es lo mejor que tenemos y nos lleva directo a la idea de Dios, más allá de ritos, fé, recompensas, castigos y milagros.

La idea clásica, al menos en el catolicismo es que hay una verdad absoluta, revelada, que viene de la divinidad al hombre: Dios existe y ha querido que lo sepamos. ¿Y si la vía fuera un tanto diferente? ¿Dios nos habría dado el poder de descubrir y pensar para que finalmente lo encontremos? Sin pretensiones de que esto nos vuelva todopoderosos, ni mucho menos soberbios, ni nos permita entenderlo, porque en esencia, es incomprensible para nuestras limitadas, y al mismo tiempo, poderosas capacidades. La ciencia y el pensamiento encuentran a Dios, más allá de una serie de reglas y rituales, estos dos van de abajo -nosotros- para arriba -Dios-. Y todo por leer un artículo de divulgación.

Why does the universe exist? Life’s Little Mysteries, Livescience. Sept 5 2025. Written by Tom Metcalfe, edited by Laura Geggel and Laura Mondragon.