Murió un guapo guapo de a de veras
Marco Aurelio González Gama
El pasado 16 de septiembre –fecha insignia de nuestro calendario cívico patrio–, nos levantamos con la muy lamentable noticia de la muerte del actor estadounidiense Robert Redford. Miren ustedes, estimados lectores, el que muera un actor gringo no debiera ser un tema fundamental en el espectro de la conversación nacional e internacional porque el hecho de que alguien muera, en este caso un actor, pues pasa todos los días y ocurre en cualquier momento. Platón afirmaba que la muerte es la transformación o liberación del alma del cuerpo mortal, mientras que Sócrates la veía como la posibilidad de la no existencia y el descanso (eterno). Y ya no hablar del Gran Tzompantli de Tenochtitlan, para el cual, la muerte, tenía un profundo simbolismo religioso y cultural, pero también significaba la continuidad y renovación de los ciclos vitales. En resumen, la vida y la muerte son las dos caras de una misma moneda, la segunda es irremediable, más allá de cualquier interpretación, la muerte es tan natural como la misma vida, pero ya no me quiero meter en más honduras filosóficas ancestrales, la cosa es que murió Robert Redford, una leyenda cinematográfica y uno de los actores con más imán de la historia del Séptimo arte, un guapo guapo de a de veras. Pero más allá de esa imagen del galán rubio destrozacorazones se escondía una vida profundamente atormentada –y más que eso, diría que dolorosa– porque, avatares del destino, la desgracia familiar se ensañó terriblemente con este impar actor. Un hijo se le murió de muerte súbita a los 5 meses de edad y otro, ambos de su primer matrimonio, ya adulto, falleció de una complicación hepática. Estos terribles sucesos lo alejaron de la fama y los reflectores de Hollywood y buscó refugio en las hermosas montañas del estado de Utah, en donde compró un rancho para luego fundar el festival Sundance de cine independiente con el fin de promover nuevos valores. Del Sundance surgió, por ejemplo, Quentin Tarantino. Pero además de todo lo que he narrado sobre Redford, él encarnó a los más grandes valores de los Estados Unidos, fue un liberal y demócrata convencido, comprometido con su país en la lucha contra el conservadurismo a ultranza, la derecha radical y el nativismo, es decir, todo lo que significa Trump y su movimiento MAGA (Make America Great Again). Vi en la pantalla a Redford por primera vez en La jauría humana (1966), por supuesto que algunos años después, tendría unos 15 años. Lo seguí en todos sus éxitos cinematográficos, desde Los años felices, pasando por Butch Cassidy and the Sundance Kid, El Golpe y Los tres días del Cóndor, pero me quiero detener en una película en especial, Todos los hombres del presidente (All the President’s Man, 1976, Alan J. Pakula), que es la historia del caso Watergate, una trama de intrigas y espionaje que desembocaron en la renuncia de Richard M. Nixon a la presidencia de los EUA en 1974, en esta Redford protagonizó al periodista Bob Woodward, ganador dos veces del Pulitzer. Bueno, la cosa es que el actor se metió tanto en su papel que cuando la película se estaba cocinando apenas, Redford intentó en varias ocasiones en entrevistarse con el célebre periodista del Post y, cuenta Woodward, que recibía llamadas al periódico de lo que él suponía se trataba de un lunático que se hacía pasar por Robert Redford. Woodward pensaba, cuando la secretaria le decía que le había llamado el famoso actor, «¿Pero que broma es esta, quién carajos es este loco que se hace pasar por Redford? ¡bah!, al rato me va a llamar diciendo que es Nicholson», y no, en verdad era Robert que quería entrevistarse con él para compenetrarse más del personaje. De ese tamaño era el profesionalismo y compromiso de este más que deslumbrante actor. Ya para terminar diré que Woodward estuvo en Xalapa, en donde ofreció una platica sobre periodismo en el marco del «Hay festival». El encuentro fue en la biblioteca Carlos Fuentes, debió ser en el penúltimo o último año del gobierno de Fidel.