El pellizco de nostalgia boomer
Por Marco Aurelio González Gama
«Si a los 60 años no aceptas que vas a morir pronto, estás en un problema». Jodie Foster (63)
Sí, lo asumo, fui un infante privilegiado, porque vivir la infancia en un lugar estratégicamente ubicado de una ciudad de tamaño medio –tirando a pequeña cuando hablamos de los años 60–, fue una experiencia extraordinaria si la vida se ve desde un plano puramente existencial. Y no es presunción de este aprendiz de escritor que tenía su casa familiar en el primer cuadro de aquella vieja Córdoba que tenía un casi permanente olor a caña molida, café, galletas y ajonjolí recién tostado, que eran la base del comercio y la industria local (son aromas que guardo permanentemente en un rincón de la memoria). No engaño a nadie, ya saben ustedes, quienes me han hecho el favor de leer mis textos durante estos años, que evocar tiempos pretéritos en primera persona es una de mis aficiones favoritas. La definición de evocación no deja lugar a dudas. Si uno ‘googlea’ ese vocablo se va a encontrar con una definición así: Es el acto de traer a la memoria recuerdos, sensaciones e imágenes del pasado, voluntaria o espontáneamente, proceso esencial para el aprendizaje porque fortalece la información almacenada en el cerebro. Y, ciertamente vivía en un lugar en donde todo quedaba cerca, lo tenía al alcance de la mano. Pared con pared mi casa colindaba con el ADO, que era la línea de autobuses que permitía al pueblo comunicarse con medio mundo. Inmediatamente, a la vuelta estaba la antigua capilla de Santa María y enfrente de la terminal se encontraba el restaurante de moda, Los Ponce, a su vez, en la acera frontal el negocio de gases industriales y medicinales más importante del país, Oxígeno de Córdoba, con su oficina matriz. En la esquina subsecuente, de la misma manzana, estaba la agencia de autos Ford, el hotel Palacio (en donde se hospedaba el gobernador Rafael Murillo Vidal cuando iba a ver a sus hermanas, a quienes cariñosamente la gente las distinguía como las ‘hermanitas Murillo Vidal), y así sucesivamente: el Siboney, la cafetería que marcó a varias generaciones de cordobeses, mi escuela primaria, el Cervantes; la oficina de correos con sus apartados postales –¿se acuerdan?– y, luego, el palacio municipal, el parque central y la hoy Catedral de la Inmaculada Concepción, es decir, el centro vital de mi ciudad. Pero en medio había todo tipo de establecimientos (paleterías, panaderías, imprentas, billares, tiendas de enseres domésticos, misceláneas, rosticerías, bares, etc.) Y, lo que son las cosas, la estación del ferrocarril, que sí estaba alejada de casa, pero no las vías, las cuales las tenía a unas 15 cuadras al poniente por lo que todas las madrugadas escuchaba el pitido inconfundible de la poderosa máquina de ‘El mexicano’ que partía con dirección a la Ciudad de México. Así las cosas con esta memoria que no se rinde ante la nostalgia.
|
|