«No se trata de negar la vejez. Llega nos guste o no, con sus arrugas y lentitud,  con su encantador olvido y su hábito de repetir historias. Hay vejeces que se cuidaron porque tuvieron luz y sombra. porque se vivieron cariñosamente. con libertad, con cierto humor.  Sí, humor, es, quizás,  el músculo más importante que hay que mantener. Porque reirse de uno mismo, de las meteduras de pata, de la pérdida de memoria, de los tropiezos, es una forma de desarmar el tiempo. La longevidad bien vivida, es como una tarde larga y luminosa. De esas en las que el sol tarda en ponerse y el tiempo parece suspendido entre un recuerdo y otro. No hay que apresurarse, ni competir. Simplemente ser plenos: cuerpo y alma en sintonía. La vejez no tiene que ser sinónimo de decadencia. Puede ser plenitud. Y envejecer bien no es un lujo ni una suerte.. es un esfuerzo diario.  Con cuidado corporal, sí, pero también con la ternura de nuestros recuerdos. Porque el secreto no es solo vivir mucho. Es hacer de la longevidad un arte íntimo, una delicada coordinación entre el tiempo y el deseo. Y que al final, al caer la noche, podamos decir con lucidez y alegría: Fue bueno haber vivido tanto. Pero aún mejor: haber vivido bien».  Es parte de lo que escribió el médico Mário Donato D’ Angelo. Foto de Terra Brasil Noticias.