Un cuento de Navidad, atrasadito. 

Marco aurelio González Gama

Antes de empezar con mi colaboración, quisiera expresar mi estupefacción –y un júbilo razonado para no abandonar el principio ‘de no contradicción’ de Luis Felipe Fabre– por lo sucedido en Venezuela, ya habrá tiempo de hacer una reflexión profunda. Pero vayamos a lo que me truje. De mi tierra podría escribir sinfín de cuentos de no ficción porque, para los cordobeses, hay una infinidad de personajes legendarios que, por sus características individuales, dan para hacer relatos o cuentos repletos de anécdotas, vivencias o incluso, tratándose de atributos físicos, me sobraría material porque para nadie es un secreto, por ejemplo, que en mi tierra han nacido mujeres hermosas, de época y también, por qué no, varones guapos, guapos, en verdad galanes como de película. Pero hoy les quiero relatar, a manera de cuento la historia de un personaje que no estoy seguro que haya sido cordobés, pero que su familia sentó sus reales en mi pueblo –procedían de un archipiélago de la península ibérica, eran españoles– e hicieron fortuna explotando el campo a gran escala. Construyeron una mansión en un lugar cercano al pueblo, una residencia de época, señorial, casi un castillo, con unos jardines espectaculares. La residencia sigue en pie tan campante hasta nuestros días. Cuando yo lo conocí siendo un chamaco, el hombre era un parroquiano al que le gustaba asistir por las noches a los cafés portaleros de la ciudad, en donde le gustaba deambular en las noches frías y de neblina buscando el refugio de una buena mesa en la jugar una buena partida de dominó. Se distinguía de la concurrencia por su elegancia en el vestir: camisas de seda, marroquinería fina (gamuza, mocasines, botas altas, ante, piel y pana, ah, y casi siempre con gazné como protección para el frío). Llamaba la atención porque era muy colorado, cabello gris alborotado y, a veces portaba boinas tipo españolas. Era un personaje excéntrico y hasta exótico y raro para los habituales portaleros de aquellos lejanos años. A Córdoba iba por temporadas, dicen quienes lo conocieron bien, que viajaba en ADO de la capital al pueblo para lo cual compraba seis asientos para que permaneciera aislado tanto adelante y atrás y, por supuesto, al lado. Corre la leyenda de que nunca trabajó en su vida –cosa que no me consta–, pero eso sí, en su mansión vivía a cuerpo de rey cuando la habitaba. Tuvo muchos hijos, algunos atendían el negocio familiar y, otros se convirtieron en famosos y prósperos restauranteros de conocido centro vacacional del Pacífico mexicano. El don era un personaje de novela.