Kiko. Por Pedro Chavarría. El Disector. 9 I26.

Kiko llegó con nosotros cuando era un cachorrito que apenas se podía parar y caminar. Lloraba mucho, parecía tener frío. Yo creo que extrañaba a su mamá, pero así es el destino de los perros: tempranamente los regalan, o los venden. Si tienen suerte, caen en buenas manos, si no, sufren toda clase de infortunios. Como si no fuera suficiente que recién llegados al mundo, sean destinados a vivir con humanos, seres tan diferentes a ellos, con tanto poder. Todos jalan del pescuezo y obligan a una serie de reglas y costumbres; castigan, aunque también premian. Difícil que nos entiendan, gente que toma decisiones, y sin embargo, nos aceptan y nos aman y nos motivan a amarlos.

Peor les va a los pequeños que nacen en la calle y su madre solo les dura por un tiempo, tras lo cual deben aprender a sobrevivir por su cuenta. Y peor todavía si son de raza pequeña, pues hasta un gato puede lesionarlos. Pero, Kiko, ni nació en la calle, ni era de raza pequeña. Nació en un criadero de perros y lo anunciaron en el periódico. Al principio lloraba mucho, pero luego encontró consuelo en la compañía de Titina, que, decididamente lo adoptó.

Empezó a caminar por su cuenta, poco a poco. Llegaba hasta donde estaba plano, pues no sabía qué hacer ante un escalón. Quince a diecisiete centímetros son muchos para un perrito tan joven. La primera vez que quiso bajar un escalón, brincó y cayó en el mismo lugar, por lo que chillaba, creo yo que por frustración, o miedo. Poco a poco aprendió, viendo a su madre adoptiva  y maestra. Dormían juntos y se daban calor uno al otro, más la mamá generaba calor, porque los boxer son de pelo muy corto.

Seguramente que Titina sufrió un revés al ver que el “hijo” crecía desmesuradamente. Quizá porque ella era ya muy adulta y él muy joven, desde un principio, la perra impuso sus condiciones y lo controlaba. Era muy divertido verlos, formaban una pareja muy asimétrica. Cuando Kiko empezó a tomar confianza en sí mismo y con nosotros, cuando empezó a correr, empezaron los problemas. Era muy tosco y al pasar, empujaba con fuerza; afortunadamente no tenía cola, bueno, se la cortaron chiquita, como se acostumbra con esa raza, gracias a lo cual no tiraba nada al moverla.

Kiko se fue volviendo muy travieso. Le gustaba mucho correr y dar vueltas, sin embargo, tenía cuidado con la perrita. En una ocasión estaba yo leyendo en la sala, sentado en un sillón. No vi llegar al perro. Calculo que se encarreró desde unos cinco metros, saltó y cayó encima de mí. Yo no lo esperaba, me tiró el libro, una pata del mueble se rompió y al suelo fuimos a dar los dos. En esa época yo creo que pesaba como 35kg y con el impulso, el impacto fue considerable. Él estaba muy contento y quería darme una lamidita. Cariñosaqmente, pretendía acompañarme.

En otra ocasión encontró en la cocina un paquete que mi madre dejó mal puesto y, cuando nadie lo estaba viendo, se apoderó de él. Mi madre, en esa época, guisaba con manteca, costumbre que luego cambió por aceite. Pero ella compraba un kilogramo de manteca, que le despachaban en papel de estraza y encima lo envolvían con un periódico. Así se despachaban la carne, el chorizo y la manteca. Hoy ya ni periódicos hay. Bueno, ya casi ni carnicerías. Las redes digitales acabaron con el papel periódico y los supermercados acabaron con las carnicerías, Todo cambió. Hoy la carne se vende ya cortada y empacada en charolas de plástico o unicel. La manteca ya no se comercializa. Nadie guisa ya con manteca. Compramos toda clase de aceites “comestibles” industrializados. La manteca se vendía en grandes latas cuadradas que, una vez cumplida su misión original, eran muy valoradas por los albañiles. En ellas se subía revoltura de concreto para colar techos. Hoy, los albañiles usan cubetas de plástico. Todo cambia. Del bote de albañil a la cubeta plástica.

Pero en esos años se vendía manteca de cerdo en las carnicerías. Hoy, la gente joven, yo creo que ni conoce la manteca. Mi madre dejó el bulto de manteca en una mesa baja y el perro la encontró. Se la comió toda. Fuimos a encontrar solo los papeles mordisqueados y aceitosos. Si todo hubiera quedado ahí, no estaría contándoles esto. Pero sufrimos las consecuencias como dos semanas. El perro vomitaba por todos lados plastazos mantecosos, muy desagradables de ver y de limpiar. Finalmente, un día dejó de vomitar. Había devuelto todo el malhadado banquete que una vez se dio.

En otra ocasión encontró un pan que había sido horneado recientemente. Lo dejaron en alto, para evitar que lo alcanzara, pero brincó a una mesa y le llegó. No pudo bajarlo y quizá calculando que no nos diéramos cuenta, solo lo ruñó superficialmente todo alrededor. No nos explicamos cómo pudo hacerlo tan cuidadosamente, que no lo bajó, ni lo rompió, solo le comió una capa superficial. Cuando llegamos y encontramos los resultados del asalto, le enseñamos el pan y le preguntamos si él lo había mordido. Por toda respuesta bajó la cabeza y se fue muy despacito, como temiendo un golpe de castigo por su atrevimiento.

Para cuando creció más, ya lo llevábamos al estacionamiento que la familia administra desde hace más de 40 años. Aprendió a moverse entre los coches que entraban y salían y nunca le pasó nada, tampoco se salía a la calle. Para entretenerse, inventó un juego. Tomaba una corcholata del suelo y la arrojaba a los pies de algún cliente, para que se la tiraran y él iba por ella y la volvía a traer. Nadie le enseñó. Era famoso en el estacionamiento y muchos clientes jugaban con él.

Solo tenía una idea un poco rara. Bastaba con que a alguien le agitaran la pierna del pantalón, para que lo agarrara y lo revolcara. No mordía, pero sí revolcaba al del pantalón. Los empleados se hacían la broma entre ellos, pero la revolcada no era en broma. El que no sabía, se asustaba, pues era un perro muy fuerte. Un tiempo vivió en el estacionamiento y en alguna época dormía con el empleado de noche en la plataforma de una camioneta. En épocas de frío, dormía adentro.

Yo llegaba por él en las noches, para sacarlo a pasear. Al principio lo llevaba con correa, pero luego me dí cuenta que era muy obediente. Lo soltaba, corría, muy alegre por toda la banqueta, sin bajarse, pero al llegar a la esquina le decía yo: “Ey, ¿a dónde vas?, ahí espérame” y ahí se sentaba hasta que yo llegaba y solo cruzaba la calle cuando yo le hacía la seña, de otro modo ahí se quedaba, junto a mí. Como era de noche, había muy poca gente y no me preocupaba que fuera a espantar a alguien.

En una ocasión fueron unas compañeras de la facultad a la casa, creo que pasaron por ahí y entraron a saludarme. Llevaban unas paletas de hielo que iban disfrutando. El perro se acercó muy lentamente, a todas les pareció muy bonito y que se dejara tocar, pero no contaban con su apetito voraz, incluidos los dulces, así que les dio una probadita a las paletas. Las chicas, tan delicadas ellas, ya no quisieron sus paletas y se las dieron. Él, gustoso las engulló y quedó muy contento.

Cuando lo llevaba de visita le ponía la correa, pues en el día había muchos distractores y no quería arriesgarme a que se descontrolara y escapara o agrediera a alguien. En una visita a casa de una compañera, nos sentamos a platicar y Kiko me sorprendió con su estrategia. Se acostó junto a mí, pero apoyó su cabeza sobre mi zapato. Así podía cerrar los ojos y dormir tranquilo, sabiendo que me sentiría si me levantaba, no lo fuera yo a dejar. Varias veces hizo lo mismo, no había sido una casualidad.

Un día lo llevé al parque y le compré un globo. Fue muy divertido, pues se lo amarré a su collar y todo el tiempo se la pasó tratando de atraparlo. Como era de gas, flotaba lejos de su alcance. Mucha gente por la calle festejaba verlo tan entretenido con su globo. En otras ocasiones le compraba globos inflados con aire y se los daba. Se afanaba por morderlos, pero, chato como era, solo lo los abarcaba superficialmente y él mismo los lanzaba lejos, hasta que finalmente los reventaba, lo que siempre le sorprendía mucho, seguramente no entendía cómo había desaparecido su globo.

Era asiduo a tragar todo tipo de cosas, entre ellas recuerdo un olote. Tardó como una semana tratando de vomitarlo, por lo que se la pasaba arqueando, sin llegar a vomitar, hasta que lo expulsó, todo reblandecido. Un buen día asustó a mi madre, que muy angustiada, me llamó para que fuera yo a ver que se le estaba saliendo el intestino por la cola. Por el ano protruía una tripa roja que, efectivamente, parecía intestino. Pero, ya viendo con cuidado, resultó que era un globo rojo que se había tragado y lo estaba expulsando.

Kiko fue muy feliz y nos hizo muy felices. Fue envejeciendo y comenzó a perder la fabulosa musculatura que siempre tuvo. En sus últimas semanas ya no tenía fuerzas para levantarse, hasta que ya no tuvo fuerzas para seguir viviendo. Sufrimos mucho y ya no quisimos tener otra mascota. Me fui de la ciudad y ya no podía cuidar animales. Mi madre y mi hermano tuvieron otros perros. Pero esa es otra historia.