Intermezzo mascotas. Por Pedro Chavarría. El Disector. 18 I 26
Después de Kiko decidimos ya no tener mascotas, se sufre mucho cuando algo les pasa; llegan a ser miembros de la familia y su partida nos afecta grandemente. Por eso, mi madre decidió no tener mascotas, y, sin embargo, se hizo con un conejo. No recuerdo cómo lo consiguió, pero un buen día la encuentro con un conejo. Yo siempre había tenido una pobre opinión de los conejos, pero hasta que conviví con uno, me pude dar cuenta de que tienen otras capacidades que o solemos ver.
Mi madre, entonces, se volvió cuidadora de un conejo. Creo recordar que lo recibió chiquito, como aquel pollito del primer capítulo de esta serie. El conejillo, blanco, fue creciendo. Por esos tiempos vivíamos en un departamento y yo estaba ya próximo a dejar la ciudad. Uno de los baños del piso lo usábamos muy poco, quién sabe por qué, pues era el más grande. Mi madre lo convirtió en aposento para su conejo. En el espacio de la regadera ponía su comida y unos yerbajos, para que no solo comiera, sino que se sintiera “en ambiente”.
Al parecer, muchas personas creen que los conejos son muy tiernos e inofensivos, pero yo firmemente creo que no es así. El conejo, innominado también, parecía tener cierta conexión con su dueña y una notable animadversión hacia mí. Esto último lo descubrí en una ocasión que quise establecer algún lazo afectivo con el animalito. Pero ni se dejó agarrar, ni mucho menos acariciar, como era mi intención hacer con él.
Con el paso de los días, se fue acrecentando la animadversión. Empezó por cerrarme el paso. Se atravesaba en mi camino, con la clara intención de no dejarme pasar. Aquello en un principio me desconcertó, luego medió risa y finalmente, le correspondí en sus malos modos conmigo. El asunto todavía habría de escalar a un nivel más alto, cuando el “tierno” animalito no solo me impedía el paso, sino que dio en morderme. Como lo único que tenía su alcance era mi pie, pues ahí me mordía, de modo que no podía andar en chanclas, pues una vez se las arregló para morderme un dedo. Así que un conejillo blanco condicionaba mi comodidad en mi propia casa. Mi madre lo dejaba hacer y deambulaba por todo el departamento, así que me lo topaba constantemente y siempre trataba de impedirme el paso.
Un día, la dueña del conejillo se dio cuenta de que no era justo tenerlo en un ambiente tan antinatural para un conejo, aun con los hierbajos que le ponía en el año cuando lo guardaba por las noches, así que decidió llevarlo todas las mañanas a un patio trasero del negocio frente al edificio donde vivíamos. Cruzaba una transitada calle, cargando su conejo, caminaba hasta el fondo del patio, situado como a 80 metros de la entrada y lo ponía en unos hierbazales, en cerrado en una gran jaula, que e sus mejores tiempos había resguardado unos grandes motores que proveían frío a unas grandes bodegas refrigeradas.
Una vez colocado en la jaula, mi madre regresaba a sus actividades cotidianas, entre las cales estaba preparar la comida. Desde que yo era un niño de primaria vi a mi madre cortar la carne con un cuchillo muy viejo, corto, provisto de una empuñadura ya medio desbaratada por el contacto frecuente con agua. La veía blandir aquel cuchillo de aspecto tan desgastado, y luchar contra un trozo de carne. Con el tiempo, mi padre le trajo un flamante cuchillo, de maca, nuevo, más grande, pero mi madre seguía usando su viejo cuchillo. Un día le pregunté dos cosas: ¿por qué usaba un cuchillo que, evidentemente, no tenía filo y por eso batallaba para cortar la carne? Y ¿por qué no usaba el nuevo y flamante utensilio, mucho más moderno y agilado? Su respuesta fue que el nuevo cuchillo tenía mucho filo, por lo que podría cortarse, y, además, le gustaba más su viejo cortador. Esto debió suceder hace unos 45 años. Todavía sigo viendo el moderno cuchillo en su cocina; acusa algún deslucimiento leve, pues se ha usado muy poco. Mi madre prefería cortar la carne, y quién sabe qué más, con un cuchillo que tenía el filo de una cuchara de peltre.
El caso es que el conejo era objeto de muchas atenciones, entre ellas, ser llevado todos los días a un ambiente más acorde a las necesidades y costumbres de un conejo. Un buen día llovió fuertemente y no pudo efectuarse el rescate del conejillo. La jaula estaba techada, así que se mojaría poco. Hasta ya muy entrada la tarde, ya oscureciendo, la responsable dueña partió en busca de su amado hijo. Cruzó todo el patio y, cuando llegó a lo que llamamos “la huerta”, ya en medio de la oscuridad, en un sitio arbolado, con matorrales y hierbajos, se inclinó para levantar la jaula y rescatar a su mascota, no fuera que algún gato lo atrapara y se lo cenara. Lo apresó y, al quererse incorporar, sintió que la detenían en esa postura.
Se heló la sangre dentro de la improvisada heroína y quedó petrificada. De esa huerta se cuentan historias extrañas, de esas de “aparecidos”. En tiempos de la Revolución, ahí operaba un cuartel “el cuartelito”, y se contaba que había habido muchos fusilamientos, lo que, ya de entrada, garantizaba la presencia de aparecidos, fantasmas y toda clase de engendros, polvo de aquellos lodos. Detenida por la espalda, en medio de la oscuridad, en la huerta y con el conejo en ristre, mi madre tomó una sabia decisión: huir a toda velocidad. Lo habría hecho, de no ser porque la tenían atorada. Su única salida fue sacarse el suéter y dejarlo ahí perdido antes que ser más aterrorizada, y hasta perder a su querido animalillo. Pues, como pudo, sin voltear, se quitó la prenda y salió a toda prisa.
El conejo fue rescatado exitosamente, la heroína a, a salvo, el suéter perdido y una historia más de fantasmas en Lahuerta. Al día siguiente, ya con luz de día, regresó a averiguar qué señas quedaban de la incursión fantasmagórica de la que había sido objeto. Y ahí estaba la evidencia de lo ocurrido. El suéter enganchado en la rama de un árbol. De todas maneras, no es que haya sido un simple atorón, sino que la espantaron, cmo suelen hacer los fantasmas, quizá por perversa diversión, ya que, al parecer, no tienen otra cosa mejor que hacer. Se me ocurre que los dichosos fantasmas son personas que no descansan en paz, como deberían, sino que padecen una especie de insomnio ultraterreno, que no los deja descansar en paz.
El conejillo aquel que ha dado pie a este relato, seguramente murió y mi madre acrecentó el panteón que ya existía en la huerta. Yacen ahí sepultados, un chivo y varios perros; ahora un nuevo inquilino: el conejo que tanto me odiaba; cumplió su ciclo vital y yo todavía aquí estoy, escribiendo esto. A propósito de panteones familiares, ahí yace también el Pirrín. Este era un perrillo blanco que un día entró al estacionamiento, de escapada, y se fue a refugiar bajo unas vigas centenarias, podridas y apolilladas, que mi abuelo estimaba en mucho, asegurando que eran muy buenas y que ya no se conseguían así. Nunca se usaron, ahí siguen, estorbando y mi hijo ya les ha echado el ojo para tirarlas a la basura. Pues el Pirrín, como más tarde sería bautizado, ahí se fue a refugiar, huyendo de no sabemos qué amenaza.
Al principio solo se veía una bola de pelos blancos. No se podía ver si era un gato o un conejo, o qué. Tuvieron que retirarse algunas vigas y palos viejos para sacar al refugiado. Resultó ser un pero pequeño, que involuntariamente, por su parte y por parte de mi madre, se convirtió en su siguiente mascota. Seguramente era un perro ya en senectud cuando llegó a la vida de nosotros, pues al poco recuerdo que pudimos constatar que estaba ciego. Deambulaba por toda la casa, topándose con muebles y paredes. Un dia, en su ciego deambular, llegó al balcón y se precipitó a través del barandal. Cayó a la calle, en medio de muchas personas que esperaban el autobús. La parada de este transporte es justo frente a la casa de mi madre, que está en altos.
Salió corriendo la heroína salvadora de conejos y ahora perros. Lo rescató y lo regresó cargando. Calculo que entonces mi madre tendría unos 75 años, pero como ella decía: “…a los 70, tenía la vida comprada”, así que se le prestaba eso de rescatar animalillos en peligro. Ciego y bien ciego, el Pirrín siguió caminando incesantemente hasta que la muerte, apiadada de u vejez y ceguera, se lo llevó… hasta la huerta, donde mi madre dispuso que se enterrara. Creo que eso de rescatar perros se ha vuelto, misteriosamente, un deporte familiar que mis hijos practican voluntariamente. Ya les platicaré, si tienen la indulgencia y la paciencia, de seguirme leyendo.
Por esas épocas, mi hermano volvió a las mascotas, tuvo varios perros de una raza asiática: akita inú. Perros grandes, de pelambre espeso. Nunca me cayeron bien, aunque yo los veía poco. Eran nada expresivos, poco te volteaban a ver y no daban a entender que te reconocían. Dice un amigo, eneterado de asuntos perrunos, que estos animales descienden de dos líneas: lobos y chacales dorados. Los que provienen de lobos, te ven como a un igual, o menos, pero nunca te reconocen como amo, a diferencia de los descendientes del chacal dorado. Nunca me he tomado la molestia de corroborar esta información, pero aquí dejo el dato, por si alguien se interesa.
De los tres o cuatro akitas que compró mi hermano, uno murió cachorro, otra desarrolló una dermatitis espantosa que le tiró todo el pelo, se rascaba y se ulceraba. Ya se imaginarán quién la cuidaba: que no se rascara y desinfectarle las heridas. Sin ánimo de bromear, hasta al hospital veterinario en el DF, fue a dar, como ese de los muppetts. Diagnosticaron ”alergia al piquete de insectos” y nunca mejoró. Murió y fue enterrada como ya se ha dicho. Ahí quedó Osaka. Tiempo después fue seguida por Goro, el otro akita. Perros muy simplones y aburridos.
Desencantado de los akita, mi hermano cambió a unos mastines: fila brasileiros. Entiendo que estos perros eran usados en las plantaciones en Brasil, para perseguir y destrozar a los esclavos que escapaban. Del nuevo Goro y una compañera cuyo nombre no mencionaré, surgieron unos siete cachorros, de los cuales yo me quedé con uno. Pero esa, es otra historia…