A 101 años de distancia. Por Pedro Chavarría Xicoténcatl. 23 II 26.

El 25 de febrero de 1925 nació mi madre. Se dice fácil, pero muy pocas personas alcanzan esta edad. Dirían de los centenarios: “Son de buena madera”. Mis abuelos maternos murieron también a edad avanzada, igual que un tío, su hermano; sin embargo, nadie había llegado a los 101 años.

Alicia festejó su centésimo primer aniversario, serena, como es su talante habitual desde hace ya décadas, gozando de cabal capacidad mental, capaz aún de declamar poesías que aprendió en su infancia y juventud, pero igual está al tanto de todo lo actual y recuerda muy bien a sus tres bisnietos y hasta sus fechas de nacimiento.

Alicia nació en Xalapa, hija de Sofía Morales Aparicio y de Daniel Xicoténcatl Castro, en un Xalapa del que ya queda muy poco. Estudió en el Colegio Preparatorio, actual Preparatoria Juárez, en la esquina de Revolución y Juárez. Posteriormente estudió una carrera técnica comercial. Desde muy joven tuvo muy clara su vocación: ella quería ser madre y criar a sus hijos, y aunque esté un poco mal que yo lo diga, hizo un estupendo trabajo. Dedicó su vida a cuidar de sus hijos y de su casa. Aunque tuvimos épocas difíciles, nunca faltó alimento en nuestra mesa, ni ropa limpia, ni insumos escolares. Así se mantuvo muchos años, como esposa y madre.

Cuando se le presentó una oportunidad, supo aprovecharla exitosamente, y en una propiedad heredada de su padre, construyó unos locales comerciales y transformó lo que una vez fue un cuartel de la época revolucionaria y luego un vetusto patio de vecindad, en un estacionamiento de vehículos en transitada avenida. De esto hace ya más de cincuenta años y hasta la fecha, ambos emprendimientos siguen siendo un negocio familiar en el que ella misma, nuestro padre, yo y, mayormente, mi hermano, hemos trabajado.

A lo largo de su vida, mi madre ha repetido dos o tres frases que han guiado su actuar y de las que yo he aprendido valiosas lecciones. Una de ellas es “dando palos de ciego”, con lo que ella siempre quiso decir algo que resulta muy importante, más allá de cualquier posible interpretación festiva. Así como un ciego se vale de un palo, o bastón, para tantear el camino y abrirse paso sorteando todo tipo de obstáculos, así puede uno hacer al enfrentarse a tareas que se antojan muy difíciles, o para las que uno no se encuentra preparado o informado.

Si no sabes, pregunta, que “preguntando se llega a Roma”. Y así llegamos a Roma en varias ocasiones. Recuerdo dos o tres situaciones complicadas. En una de ellas llegamos hasta Palacio Nacional sin conocer realmente la ciudad de México, ni mucho menos el imponente Palacio. Buscábamos a un importante funcionario de la época, Oficial Mayor de la Presidencia, que había sido vecino suyo cuando niños. Con el palo del ciego llegamos a la oficina, mi madre se identificó y anunció su intención. Terminamos comiendo con él en casa de su madre, recordando los tiempos pasados, cuando yo no figuraba todavía ni como proyecto.

Ser arrendadores acarrea conflictos y problemas varios. Entre ellos nos vimos involucrados en algún litigio con inquilinos morosos        que no se ajustaban al contrato firmado. Los tuvimos que demandar y estos, mañosamente, se ampararon ante la Suprema Corte de Justicia, a fin de ganar tiempo. Allá fue a dar el asunto y, como era de esperarse, se empantanó. Desesperada, mi madre, una vez más pidió prestado el palo al ciego y partimos al Distrito Federal. Llegamos al imponente edificio, vecino del Palacio Nacional. Una vez en su interior, encontramos innumerables pasillos con decenas de puertas cerradas. Tras cada una se alojaba una sala con muchos escritorios y funcionarios que resolvían quién sabe cuántos asuntos. Preguntando, llegamos a la sala correspondiente, dimos con el encargado y mi madre expuso su asunto. Para mi gran sorpresa, el hombre aquel dijo serenamente: “Sí, cómo no. Aquí tengo su expediente” y del fondo de un cajón extrajo una carpeta.

El expediente, n me pregunten por qué, pero ya se imaginarán, estaba sepultado. No supe cómo hizo mi madre, pero el asunto de inmediato se activó y la Corte emitió el único veredicto que sabíamos que podía emitir: “La Corte se declara incompetente”. El asunto fue regresado a un Tribunal de Circuito en Veracruz, donde pudo atenderlo debidamente y ganó el caso. Los morosos inquilinos tuvieron que desalojar.

En otra ocasión, rentamos los locales a una empresa cuya matriz estaba en el Distrito Federal. No se nos quitaba la mala maña de rentarle al gobierno. Por una cosa o por otra, entramos en conflicto y mi madre no quedaba conforme con los términos del contrato, por lo que tuvimos que ir nuevamente a la gran capital, esta vez a la avenida Ermita Iztapalapa, armados nuevamente de la extensión del invidente. Por esas épocas estaba yo en la prepa, medio había aprendido a andar en metro -subir y baajar- y en mis manos cayó un mapa de la ciudad con calles y estaciones del tren subterráneo. Con esa mínima información llegamos hasta el inicio de la larguísima avenida. Recorrimos como 50 cuadras, que se me hicieron eternas.

Al fin llegamos a las oficinas, localizamos el departamento y, en los pasillos, interceptamos, gracias al ciego, al funcionario de medio pelo, responsable del asunto. Salía del edificio y pretendió despacharnos en el pasillo porque llevaba prisa. Ya daba por perdida nuestra diligencia, pero, justo en ese momento, mi madre puso en práctica su segunda frase: “… me van a oír…”. Con toda calma y determinación le exigió que nos recibiera y atendiera como era debido.  El hombre se regresó, nos condujo a su oficina y nos escuchó.

Expuesta la solicitud de mi madre, aquel funcionario repuso: “No,. señora, yo no puedo poner eso en el contrato. Se van a reir de mí”. Grande fue mi sorpresa cuando mi madre contesto: “Eso a mí no me interesa. Ud le pone como le digo”. Ya se había asesorado. En el contrato apareció la cláusula como ella quería. Aquella frase -me van a oir-, venía de su padre, mi abuelo Daniel, una especie de patriarca en la familia, que trabajó en el Tribunal Superior de Justicia en una época en que había unos cuantos abogados en Xalapa; él, sin serlo, fungía como licenciado. Cuando le consultaban algo y le planteaban el dicho o demanda de alguien, él contestaba “…eso dicen ellos, pero las cosas no son así, van a ver…”

Alguna vez leí uno de los escritos del abuelo inconformándose de alguna resolución que le afectaba. No entendí nada. Jerga propia de asuntos legales y yo tendría unos ocho o nueve años. El caso es que mi madre aprendió a hacerse oír y de ahí aprendí yo, que nadie debe intimidarte y siempre debes hacer valer tus razones. Aprender a defender el propio punto de vista, apoyándose en estrategias y principios válidos. Toda mi vida me la he pasado preguntando y preguntándome, así como apoyando mis pretensiones con los mejores argumentos a los que puedo apelar. Y eso lo aprendí de mi madre, sin que ella me diera lecciones explícitas al respecto; su ejemplo fue una gran escuela.

Otra de sus frases y estrategias, era “estirar el dinero”. Desde niño aprendí que se debe ser muy responsable con el dinero y que, sobre todo, si no tienes mucho, hay que estirarlo. Si se gasta de manera justificada, es más probable que alcance, al menos lo suficiente para cubrir lo indispensable. Desde niño tuve mi alcancía y aprendí el valor del ahorro. Sin ser ricos, cuando niños, teníamos la televisión más grande de todo el barrio. Y solo había tres en nuestra cuadra y vivíamos a cuatro cuadras del Palacio de Gobierno. Igual pasó con el refrigerador. Nuestro barrio era modesto y seguramente que ya en los “fraccionamientos” nuevos había casas modernas y con personas pudientes, pero nosotros, gracias a la visión y administración de mi madre tuvimos lo necesario para vivir razonablemente bien, sin lujos, pero sin carencias importantes.

Alicia, no tuvo un título universitario, ni tuvo otro empleo que no fuera el de madre y ama de casa, pero esto no le impidió guiarnos y enseñarnos con su ejemplo; fue fiel a su vocación. Esposa y madre, comprometida con su proyecto de vida, centrado en sus hijos; atenta a las tareas escolares, a los escollos de la adolescencia, a las decisiones profesionalizantes y atinada en la inversión de sus recursos para lograr que se multiplicaran a lo largo de los años. Vive, hasta la fecha, una vida muy modesta, sin achicarse, sin desvivirse por tener lujos ni extravagancias. Nos legó el bastón del ciego, la fuerza de la propia voz, asistida por razones y la responsabilidad en el manejo del dinero.

No conforme con todo lo que ha hecho, y de muchas formas sigue haciendo, se mantiene razonablemente sana y sumamente lúcida en su avanzada edad, dando ejemplo de cómo una vida ordenada, guiada por principios simples y bien orientados, puede ser la clave no solo para la propia existencia, sino para influir positivamente en la de sus hijos, nietos y hasta bisnietos, como se espera de todos quienes tienen la vocación familiar. Aunque tuvo diversos achaques, nunca la vi deprimida, no hizo más ejercicio que atender su casa. No tuvo una gran vigilancia médica, pasó su menopausia naturalmente, sin aspavientos ni medicación. Mantuvo, y mantiene, una dieta simple. Apenas toma un antihipertensivo a dosis bajas.

De aquí vengo y me siento muy afortunado por ello. Las virtudes domésticas, ejercidas por Alicia, han sido una gran bendición para mí, mi hermano y los nietos y bisnietos que de ella hemos nacido.

¡Felicidades, mamá! ¡Cuánto te debemos!A 101 años de distancia

Foto a sus 15 años