PIENSO, LUEGO ESCRIBO

 

CUANDO EL  CAFÉ ES VIDA

 

Por Akiles Boy*

 

Las cinco de la madrugada, una mañana fría de invierno. El sol todavía escondido en las grisáceas nubes que amenazan con una lluvia tempranera. Apenas ocupando un pequeño espacio en la finca de café, se ve una casa diminuta con paredes de añosos troncos de madera y techo revestido de teja. Una vieja lámpara, colgada en una esquina del alero, apenas iluminaba el frente, pero su luz servía un poco a la seguridad del lugar. La finca se le conocía como Vista Hermosa.

 

Justo en la zona de las altas montañas centrales del territorio veracruzano, esa finca tenía su historia, como todas. Su dueño Lorenzo Salazar la había heredado de sus padres, también cafeticultores, y por obligación y también por convicción, decidió seguir la tradición del café.

 

A sus más de ochenta años, con el cuerpo fatigado, la piel del rostro y las arrugadas manos delataban su descomunal esfuerzo, para mantener activo el patrimonio legado por Eloísa y Ruperto, sus progenitores, igual que él, criados en el generoso campo mexicano.

 

Lorenzo, un campesino de cepa, con profunda raíz en esa tierra, nunca pasó por su mente emigrar, fue de los pocos que no vendieron sus parcelas, ni las alquilaron o cambiaron de cultivo, tras la llegada de los ingenios azucareros a la región y la promesa de rentabilidad para la siembra de la caña de azúcar.

 

Siempre seguro, fiel a sus creencias religiosas y las de la vida rural, inmutable tomó la decisión de apostar por el café y continuar laborando en su pequeña finca de solo dos hectáreas de extensión, con la idea de aumentar la producción y negociarla por su cuenta. Quería evitar intermediarios, reducir gastos y reinvertir en mejorar la calidad de su café. Después, sería requerido por los creadores y comercializadores del café de alta especialidad. Un grano de exportación, obtenido desde el cuidado de la plantación, la cosecha, hasta llegar a la taza puesta en una mesa de las grandes cafeterías de la región de las montañas.

 

Lorenzo no cumplía con el prototipo del cafeticultor exitoso, era un hombre exageradamente sencillo, siempre enfundado en una vestimenta clásica campirana, con extrema austeridad. Se le veía recorrer, en su vieja camioneta de redilas, los pueblos mágicos de la comarca, entregando el aromático, con la bonhomía del campesino de épocas pasadas, pero también más adelante, con la capacidad de pedir un pago justo por su producto, logrado con mucho trabajo y dedicación.

 

Con una cabeza inquieta, de repente sentía nostalgia, trayendo a la memoria, los duros tiempos para el café, las épocas de crisis, de las plagas, de la caída de los precios, del triste fracaso de los programas institucionales para el mejoramiento del cultivo, del desencanto de las organizaciones de productores, en fin.

 

Sin embargo, continuó en su terco afán de conservar su finca, seguir en el mismo empeño de producir buen café. Amó el campo y nunca pensó abandonarlo para ir la ciudad y cambiar su forma de vida. Junto a sus granos de café, en cada costalilla, iban su bondad, pasión y vida por el café, que entregaba con orgullo y dignidad. En su amena plática, Lorenzo, viudo y sin hijos, reiteraba su gusto por ver el café madurar en la planta, con ese rojo singular, después cortarlo y transformarlo hasta saborearlo bien caliente en su jarro, con un pan de horno de leña que le llevaba su compadre Matías.

 

 

Marzo 16 de 2026

 

 

*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.

*Miembro de la Red de Escritores por el Arte y la Literatura, A.C.